Visión holística del proceso evolutivo
Dra. Ana María González Garza
El paradigma holístico.
La voz griega (ὅλος holos) se expresa en castellano como prefijo: hol u holo que significa todo, completo, entero y, a su vez, se emplea para expresar lo íntegro y organizado. Como pensamiento universal ha estado presente a lo largo de la historia a través de la cual grandes pensadores han dado testimonio de la unidad que subyace en la diversidad de formas. El axioma “el todo es más que la suma de sus partes” planteada por Aristóteles en su Metafísica es, sin duda, una idea que nos invita a reflexionar sobre la realidad del ser.
Jan Christian Smuts (1926) en su obra Holism and Evolution acuña el término holismo para referirse a la tendencia natural que, a través de la evolución creadora, construye sistemas que en muchos aspectos son superiores y más complejos que la suma de sus partes. Según este autor, los procesos evolutivos se caracterizan por una actividad dinámica que se orienta hacia un fin trascendente. En esta obra Smuts pretende construir un puente entre la visión filosófica de la vida y el mundo y la ciencia. A mediados del siglo XX Arthur Koestler (1967), se refiere al holón como una totalidad en un contexto determinado que simultáneamente forma parte de otro más amplio, más complejo y más profundo. Sostiene que no existen partes separadas en ningún nivel de la escala evolutiva en la que, cada holón, como totalidad-parte, constituye una expresión concreta de una única y misma totalidad. Parte de la tesis que sostiene que todos los elementos que conforman un sistema completo ya sea biológico, psicológico, químico, social, lingüístico, político, religioso, económico, entre otros muchos, por pequeño o grande que sea, se comporta de manera distinta que la suma de sus partes, razón por la cual, en muchos casos, llega a influenciar o a determinar la función de éstas.
Desde esta perspectiva el holismo constituye un paradigma epistemológico interdisciplinar que permite descubrir las profundas pautas que conectan todos los mapas o elementos en un sólo territorio integral. Constituye la unidad de referencia para el estudio y comprensión de toda realidad, de todo fenómeno, de todo método en un contexto de interacciones y relaciones multidimensionales constantes, así como de particularidades y procesos conformados por infinidad de totalidades-parte en constante interacción que, como hilos invisibles, van conformando la urdimbre del Universo entrelazando todas las disciplinas, las ciencias, las artes, los credos, las culturas y la esencia de todas las Tradiciones Sagradas integrándolo todo en el fascinante universo de lo humano a través del cual el ser se manifiesta sensible y plásticamente.
Entre los principios que rigen la concepción holística de la realidad se encuentran:
- Principio de unidad del Plantea que existe una sola realidad que se expresa a través de miríada de diversas manifestaciones únicas que ocurren en un determinado tiempo-espacio que no vuelve a repetirse. Por lo tanto, el análisis de la realidad requiere de la integración de los diferentes aspectos de unicidad, sin olvidar que cada totalidad-parte se encuentra conectada con aquellas otras con las cuales interactúa.
- Principio de universalidad. Se refiere a la trama del universo en la que el tiempo y el espacio se entreveran orgánicamente.
- Principio de unicidad. Sostiene la singularidad y la particularidad de todos los seres, objetos, personas, situaciones, eventos y circunstancias.
- Principio de identidad. Se encuentra determinado por las características propias de la interrelación del ser o el evento con otros seres y/o eventos que ocurre a través de procesos dinámicos. La noción de identidad o mismidad constituye un proceso continuo, creativo y de mayor complejidad.
- Principio de continuidad. Alude al constante devenir del holos y corresponde al principio que sostiene que aquello que parecería un fin no es más que el principio de algo nuevo. En este sentido, toda conclusión se transforma en un punto de partida.
- Principio de la totalidad y complejidad. Plantea que en todo análisis, comprensión o experiencia la totalidad (holo) requiere de ser interpretado a la luz del contexto en el que se presenta.
Tomando en consideración que la realidad es una totalidad múltiple, variada y relacional que se encuentra conformada por totalidades/partes, el análisis de cualquier holo ha de ser hecho teniendo en cuenta tanto su singularidad como su complejidad. Es decir, requiere de la integración de los diferentes aspectos de su unicidad pero sin olvidar que éste se encuentra profundamente conectdo con otras totalidades-parte con las que interactúa.
La realidad dual.
La vida transcurre en un mundo fragmentado por la ley que rige la materia en el que la totalidad del Universo se fractura debido a que la condición humana obliga a nombrar las cosas, a definirlas y explicarlas separando la unidad en una multiplicidad de polaridades contempladas como dos principios independientes, contrapuestos e irreductibles. La primera dualidad de la que se desprenden innumerables polaridades es la separación sujeto/objeto, entre las que se encuentran: vida/muerte, conocimiento/experiencia, mente/cerebro, individual/universal, ser/no-ser, conocimiento/experiencia, materia/espíritu… Sin embargo, cuando se observa a cada una de las polaridades en las que nuestro mundo se encuentra dividido cobramos consciencia de que al dejar de existir una de estas, la otra desaparece automáticamente. Por lo tanto, aunque aparentemente se contraponen la realidad es que se trata de polaridades complementarias e inseparables.
Carl Rogers (1966) sostiene que en el universo existe una tendencia evolutiva a la que se refiere como tendencia actualizante. Esta se dirige a un mayor orden, una mayor complejidad e interacción del campo perceptual de la experiencia que integra todo lo que el organismo experimenta consciente o inconscientemente. La esfera de la experiencia que integra la vida física y psíquica ocurre al interior de la envoltura del organismo conformando el sí mismo, un mundo personal, privado, individual, que puede estar en consonancia y correspondencia o no con la realidad explícita objetiva y observada del mundo del que forma parte y participa. Una de las características del self o sí mismo personal es la función selectiva que ejerce al filtrar los acontecimientos, las situaciones y los estímulos de la realidad explícita que percibe, dejando pasar únicamente aquello que le resulta conveniente, aceptable, seguro o favorable, proyectando al exterior todo aquello que le resulta amenazante, ajeno, inaceptable o destructivo. De esta manera, el mundo del ser se construye separándose del mundo del que forma parte.
En este mismo sentido, David Bohm (1988) plantea la existencia del orden explicado, o desplegado que se refiere a la realidad externa, a ese mundo de los seres y las cosas en el que nos encontramos inmersos, y el orden implicado o plegado que corresponde al mundo privado, invisible, inobservable y fenoménico de la conciencia. Menciona que el aparente estado de las cosas que el sujeto percibe no siempre estan en correspondencia con la realidad que se encuentra fuera y que, la frontera que existe entre lo explícito e implicito se disuelven a traves del discernimiento, la discriminación y las habilidades que surgen cuando se supera el pensamiento egocentrista.
A partir de esta realidad dual se desprende que nuestra vida transcurre en dos universos de los cuales la piel es la frontera:
- El universo de la realidad implícita, atemporal, intangible, fenomenológica de la conciencia que se manifiesta a través tanto a las sensaciones, funciones y procesos fisiológicos como psicológicos, así como de la experiencia que resulta de la percepción de la realidad física de su entorno.
- El universo externo de la realidad sensible y perceptible conformado por el conjunto de los fenómenos físicos, biológicos y psíquicos que conforman la realidad temporal externa.
Fig. 1
El universo explícito. Holón cósmico.
De la misma manera que una oruga empieza a tejer su capullo, así el viejo cosmos pasó al crisol, a punto de ser moldeado de nuevo. Y, la mariposa que emerge es la visión en cosmogénesis. Teilhard de Chardinse refiere a esta cuando se expresa diciendo: “… el cosmos se encuentra sometido a un devenir paulatino en el que se va constituyendo en lo que debe ser a través de un proceso en el que los elementos más perfectos del mundo se van formando en medio de los menos evolucionados y a partir de los estados inferiores de la existencia. Así contemplada, la evolución se concibe como un sistema dinámico, orientado y convergente que se encuentra en continua formación y transformación desde el principio de los tiempos”[1]. Esta concepción moderna y revolucionaria del Universo claramente se opone a la visión del cosmos estático de la cosmología medieval e introduce la cosmogénesis como representación de un Universo observado como un fenómeno temporal en un continuo proceso de evolución.
En este proceso, al que Teilhard (1967) se refiere como la ley de recurrencia a través de la cual las energías se repliegan sobre sí mismas por la acción de un fenómeno en espiral de enrollamiento y de convergencia que se observa a lo largo de un proceso de miríada de años a través de los cuales el cosmos evoluciona en términos de complejidad creciente. Plantea la historia a traves de cuatro etapas evolutivas:
- La fiosfera en la que el campo de la materia tiene una historia y un desarrollo a través del cual se conforma el reino de la materia inanimada, de todo aquello que ocupa un lugar en el espacio.
- La fiosfera. La biosfera se refiere al ámbito de la vida, emerge de las estructuras materiales y se despliega, ordena y se hace cada vez más compleja hasta transformase en infinidad de seres vivos que se desarrollan desde los organismos unicelulares hasta las más imponentes especies del reino vegetal y el reino animal.
- La noosfera se refiere a la esfera del hombre y de su pensamiento. Constituye la capa pensante de la Tierra por ser la que introduce el paso radical en el que la consciencia difusa se convierte en una consciencia centrada y un pensamiento reflejo vuelto hacia sí mismo, cada vez más complejo y más consciente. El tránsito de la hominización a la humanización se contempla como el poder adquirido por una conciencia que al cobrar consciencia de su valor particular le perminte no sólo conocer, sino conocerse, no sólo saber, sino saber que se sabe.
- La teosfera se distingue por la capacidad humana de ver más allá de las limitaciones que marcan las diferencias sociales, ideológicas, dogmáticas e imperialistas y profundiza en el campo del significado de las cosas, de los seres, de las experiencias y de los valores. Teilhard de Chardin (1967a, p 61) declara que a lo largo del proceso evolutivo «… el Espíritu ya no es el antípoda, sino el polo superior de la Materia…». A partir de este salto cuántico la conciencia humana como núcleo personal de libertad, capaz de creación consciente y de novedad indefinida, se abre a lo absoluto universal de los valores ampliando su horizonte hacia el ámbito de lo espiritual[2]. en la que los holones avanzan a al nivel de complejidad, de orden y de conciencia más elevado al que se ha llamado Conciencia Cósmica.

Fig. 2
La evolución así contemplada constituye una totalidad conformado por infinidad de holones que emergen en una secuencia ascendente en la que lo inferior constituye como la base y el sustento de lo superior y, lo superior, abre nuevas posibilidades a lo inferior dando así origen a la evolución de organismos cada vez más diferenciados, organizados, complejos, centrados y conscientes. Ken Wilber (1996), rescata la visión pitagórica el término griego (κόσμος) Kosmos para referirse a la kosmogénesis que consiste en esa Totalidad ordenada de la existencia que incluye los reinos biológicos, mentales, emocionales, sociales y espirituales. Sostiene que la Realidad última trasciende la visión del cosmos concebido como una dimensión estrictamente física para contemplarlo como una totalidad viva, dinámica y ordenada que incliuye la materia, el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu[3]. Así contemplado el Kosmos, como el holón que todo lo contiene, Wilber sostiene que las totalidades-parte no pueden ser comprendidas sin su relación con el Todo en el que en su conjunto se encuentran dinámicamente interconectados tanto en el tiempo como en el espacio, así como que, el conocimento con todas sus facetas y elementos se conjuga con la esencia de lo emocional, lo intuitivo, lo experiencial y lo espiritual en una relación en la que se complementan y potencian. Carl Sagan sostiene que el Cosmos es todo lo que es, lo que siempre ha sido y lo que será en su extraordinaria obra titulada Cosmos. Un viaje personal, a través de la cual nos conduce a una aventura a través del Universo cuando se expresa diciendo: “Nuestras más ligeras contemplaciones del cosmos nos hacen estremecer. Sentimos como un cosquilleo nos llena los nervios, una voz muda, una ligera sensación como de un recuerdo lejano o como si cayéramos desde gran altura. Sabemos que nos aproximamos al más grande de los misterios… El estudio del universo es un viaje para auto-descubrirnos. Somos el medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo. “Somos polvo de estrellas.” [4]
El universo implícito: Holón humano.
“El hombre, como centro y clave del universo evolutivo, brota del cosmos y es la flecha de la evolución… Sostenido por infinitos tanteos orgánicos, el animal pensante deja de ser una excepción de la naturaleza; representa simplemente el estadio embrionario más elevado que conocemos en el crecimiento del Espíritu sobre la Tierra. De un solo golpe, el Hombre se encuentra situado en el eje principal del Universo.”[5]
A partir de la visión de cosmogénesis en el que los elementos más perfectos del mundo se van formando en medio de los menos evolucionados, se desprende el concepto que sobre la naturaleza humana plantea el paradigma holístico. Como corriente integral, retoma e integra los puntos convergentes de diversas disciplinas y corrientes que estudian al ser humano abriendo con ello caminos alternativos a nuevas elaboraciones filosóficas, psicológicas, pedagógicas, científicas y espirituales que permiten una visión y una consciencia más amplia, integradora y justa de esta obra de arte original de la naturaleza, de este microcosmos que forma parte y participa del macrocosmos: el ser humano. Esta corriente de pensamiento considera que pretender definir al hombre se convierte en un dilema debido a que toda definición implica encerrar al objeto de estudio en un concepto estático, compararlo con otros objetos semejantes, establecer características fijas que le son propias, clasificarlo y etiquetarlo. Por lo tanto, si se parte de la premisa que toda persona es un ser en proceso, en constante movimiento y transformación, no es posible encerrarlo en una definición que circunscribe al objeto que se pretende explicar, determinando sus alcances y limitaciones y reduciendo sus posibilidades y potencialidades. En otros términos, no es posible comprender y explicar quien es el ser humano a partir de un qué es como lo han hecho las ciencias biológicas, psicológicas y sociales, sino que, para ser comprendido en su totalidad es necesario preguntarnos: ¿quién es el ser humano? ¿en dónde radica su humanidad, su dignidad y su capacidad de ser consciente? ¿quién es el responsable de su ser, estar y actuar en el mundo? ¿cuál es la esencia constitutiva del hombre en la que todos coincidimos?
González Garza retoma el pensamiento de Teilhard de Chardin para desarrollar una descripción sobre la naturaleza humana que encaja perfectamente dentro de la cosmovisión holista al afirmar que el ser humano es un ser en proceso de llegar a ser lo que es en esencia.
“Con la aparición del hombre, no sólo el cosmos florece en él, sino que la vida alcanza un estado nuevo, o mejor dicho, una nueva naturaleza. El hombre es en sí un ser en proceso, un ser inacabado que experimenta una gran pasión por crecer, por ser más; un hambre insaciable por saber, por hacer; una sed infinita de eternidad, de plenitud y un deseo profundo de completarse por medio de algo que lo sea todo. Se alza como la rama principal del árbol de la vida terrestre, se constituye a la vez como centro de perspectiva y centro o elemento de estabilización, de fijación y de construcción del universo. De aquí se desprende que la trascendencia del hombre se encuentre dialécticamente ligada a su inserción en el universo. Como microcosmos, se encuentra en correspondencia y en resonancia con el cosmos entero”.[6]
Como ya se ha mencionado anteriormente, la noosfera, contemplada como una fase evolutiva del cosmos, trae consigo el desarrollo de la capacidad de reflexión que permite al ser humano replegarse sobre el sí mismo que aparece en su conciencia. Siendo ésta una característica eminentemente humana, da a la conciencia el poder de cobrar consciencia de sí, es decir, de darse cuenta de su valor particular que le conduce no sólo conocer, sino conocerse, no sólo saber, sino saber que sabe. Así, a partir de la aparición del ser humano en la Tierra, la evolución se guía no solamente por la selección natural como es el caso de las especies animales sino por la reflexión que le conduce a ser consciente de su progreso y ser capaz de dirigirlo.
El holón humano, dotado de una gran complejidad constituye una totalidad-parte que integra cuatro dimensiones o esferas (a) la biológica que corresponde a la energía densa de la materia, constituye el vehículo a través del cual se manifiestan la mente y el espíritu, (b) la psicológica, en la que se despliega la mente y sus procesos cognitivos y afectivo-emocionales, así como las experiencias y vivencias personales, (c) la social, energía relacional que favorece y potencia la interacción e interrelación del individuo con los demás y (d) la espiritual se distingue por su facultad de ver más allá de las limitaciones humanas que marcan las diferencias sociales, ideológicas, dogmáticas e imperialistas y profundiza en el campo del significado de las cosas, de los seres, de las experiencias y de los valores.
Fig. 3
Las cuatro dimensiones forman una totalidad unificada e inseparable, un holón que, como parte del proceso evolutivo del cosmos se encuentra sujeto a la ley de la centro-complejidad, por lo que no puede ser comprendida plenamente fuera del contexto de una totalidad más amplia interconectada e interdependiente. Cada esfera posee sus propios elementos, sus propias funciones, necesidades, motivaciones y valores específicos; así como actitudes, comportamientos y modos o maneras de percibirse y de percibir, interpretar, aprehender y comprender la realidad.
Espiral de la conciencia.
La espiral, como símbolo de eternidad, ha sido una metáfora común para expresar el proceso de autorrealización hacia la trascendencia. La espiral de la conciencia, del darse cuenta, se desprende de la conciencia total y a ella regresa. A lo largo del proceso evolutivo la conciencia en cada giro giro muere a un estado reducido del ser y renace a nueva forma de existencia. En su constante girar sobre sí misa se expande, se contrae en un movimiento de involución-evoluión, de inmanencia-trascendencia en mosteriosa unidad siempre anhelante de regresar a casa.
Todo florecimiento se da a partir de una semilla, un núcleo que contiene en sí mismo la totalidad de los elementos necesarios para que ésta germine y se desarrolle hasta alcanzar su plenitud. Ante esta realidad innegable, que se observa en todos los seres vivos, el proceso evolutivo de la conciencia a la que hemos llamado humana consiste en la transformación que se inicia en el momento de la concepción y progresa, secuencialmente, a través de diferentes etapas que conducen a la realización integral del potencial innato que reside en las dimensiones que conforman su naturaleza. González Garza (2009) sostiene que el proceso evolutivo consiste en un devenir dinámico, secuencial, incluyente y trascendente -semejante al movimiento de una espiral- a través del cual el aprendizaje se despliega como un proceso interno de descubrimiento que se imprime en la conciencia perdurando a lo largo de toda la vida.
Antes de pasar a describir con mayor detalle en que consiste este proceso evolutivo consideramos importante señalar que, con el objeto de estudiar y comprender el complejo fenómeno humano y de poder explicar el proceso de desarrollo que la conciencia atraviesa a lo largo de su evolución, lo que en realidad constituye una unidad armónica-indivisible necesita ser dividida en esferas, etapas y niveles. Por lo tanto, al analizar cada una de las dimensiones en que se divide a la naturaleza humana para su estudio, ha de tenerse en mente: a) que éstas no constituyen bloques separados, sino procesos continuos en los que la etapa anterior se integra a la siguiente ampliando lo ya existente, b) no se trata de etiquetas que puedan aplicarse directamente a todos los individuos por igual, c) no pretenden encasillar a las personas y sus procesos individuales y d) no se constituye como una teoría cerrada y rígida, sino que permanece abierta a nuevas propuestas y a nuevos descubrimientos sobre el fenómeno humano que, por su naturaleza dinámica, es indefinible, impredecible y trascendente.
Como ha sido mencionado anteriormente, el proceso evolutivo aparece en el momento en el que al unirse las células femenina y masculina para crear una nueva vida se imprime la semilla de la conciencia personal. En esta fase evolutiva, la conciencia permanece en un estado océanico de absoluto adualismo que se sitúa en el tiempo que transcurre entre la vida intrauterina y las primeras semanas después del nacimiento. La conciencia humana permanece latente, inmersa en el mundo del no ser en el que la capacidad de cobrar consciencia sí misma no se ha desarrollado y, por lo tanto, aun no tierne la capacidad de diferenciarse de la realidad que le rodea, permaneciendo en un estado de fusión y confusión con la totalidad. Neumann (1973) se refiere a esta fase como una etapa pleromática de perfección paradisíaca del innato que corresponde a la etapa embriónica del ego. Carl Jung (1991) se refiere a esta como la etapa pleromática a la que describe como: «la suma de un mundo divino y espiritual que se destaca de la criatura»[7]. Para Teilhard de Chardin (el pleroma consiste en la «realización final del organismo sobrenatural en el que el Uno sustancial y lo múltiple creado se funden en el Espírtu.”[8]
Cabe señalar que cada etapa evolutiva se asocia a una edad específica, aunque de manera muy general dado a que no es posible determinar el grado de desarrollo de la conciencia a partir de la edad cronológica de un individuo. La carga genética, la influencia del medio ambiente, la experiencia personal que la vida imprime en cada ser humano y la salud física o psicológica, entre otros elementos, si bien no lo condicionan sí influyen en el desarrollo y expansión de la conciencia.
ESPIRAL DE LA CONCIENCIA
Fig. 4
A partir de esta óptica, la conciencia de sí mismo (self) se va expandiendo a medida en que se trascienden las fronteras entre los diversos niveles de desarrollo que van de lo menos a lo más inclusivo. González Garza (2005) presenta, a través de este esquema, el proceso evolutivo de la conciencia en su tránsito hacia la plena realización de sus potencialidades innatas. Las esferas corresponden a las dimensiones propias de la naturaleza humana, las etapas representan las diversas fases por la que la conciencia transita hacia la plena realización de sus potencialidades y los niveles, que a continuación se señalan brevemente, muestran el estado en el que se encuentra el proceso.
- Nivel Pleromático o pre-egóico. Se desde el momento de la concepción que incluye las cuatro matrices perinatales a las que Stanislav Grof (1988) para referirse al período de gestación y se extiende hasta las primeras fases de vida en la que la conciencia se encuentra inmersaen el sentimiento oceánico. Constituye lo más cercano al origen en el que la unión y la armonía entre el microcosmos y el macrocosmos es total. Se caracteriza por proceso somáticos instintivos, sensaciones y emociones elementale así como por un estado de indiferenciación entre el ser y el no-ser en el que la conciencia no ha desarrollado aún el centro psíquico diferenciado que le permita cobrar consciencia de sí mismo y del mundo que le rodea.
- Nivel Biológico. Se caracteriza por el surgimiento de la primera sensación de identidad realmente separada del mundo que le rodea. Presenta una estructura pre-reflexiva, sus principales características son: la emergencia de la dualidad primaria sujeto/objeto, el egocentrismo en su más alta expresión, el temor primordial, la acausalidad, la sensoriomotricidad primitiva, el instinto primario de supervivencia y los reflejos alimentarios. La conducta se centra en las necesidades y motivaciones básicas fisiológicas y las afectivo-emocionales primitivas. La conciencia se identifica plenamente con el cuerpo y con los elementos, funciones y necesidades de las que se desprenden las motivaciones y los valores correspondientes a esta fase evolutiva: la sobrevivencia, el bienestar, el equilibrio y el placer.
- Nivel Psicológico. Surge con la primera sensación de identidad realmente separada del mundo externo. La conciencia se expande hacia una visión más amplia de la realidad circundante que le conduce a percibir la influencia que el medio ambiente ejerce en su vida, así como a darse cuenta de la fuerza externa que rige sus acciones más en consonancia con ésta que con sus propias necesidades y deseos, mismos que aprende a relegar o, en el peor de los casos, a reprimir con la finalidad de ser aceptado y amado. Sus características principales son: la identificación con la mente, el desarrollo del pensamiento lógico, lineal, sintáctico, realista e intuitivo, la capacidad reflexiva, los procesos imaginativos y simbólicos, la adquisición y el dominio del lenguaje, la memoria y las motivaciones de déficit, basadas en las necesidades psicoafectivas. El tránsito de la vida animal instintual a la vida humana reflexiva, al que Teilhard (1967a) se refiere como la hominización, constituye un proceso progresivo y continuo que va del instinto al pensamiento.
- Nivel Personal. se encuentra bajo la influencia de los principios de autorrealización y de intencionalidad. En esta fase se alcanza la cristalización de un sí mismo existencial que se caracteriza por la capacidad de reflexión, de discernimiento, de desapego del egocentrismo, así como por las motivaciones de desarrollo, el reconocimiento de los valores morales y la síntesis bio-psicológica que, cuando no ha sido obstaculizada o distorcionada por la influencia del medio ambiente, se ubica en una realidad que le permite: (a) descubrir el significado y sentido de su existencia, (b) aceptar su finitud, (c) ejercer su libertad para optar por la integración y trascendencia de las fronteras del individualismo propio de los niveles bio-psicológicos para abrirse a un horizonte en el que la conciencia se encuentra más centrada, más ordenada, más compleja y, por ende, más consciente. Esta nueva etapa evolutiva lleva consigo la apertura necesaria para el establecimiento de relaciones universales, así como la tendencia hacia la socialización.
- Nivel Social. La trascendencia de los reinos egóicos abre los confines de la conciencia hacia una concepción organísmica que se refiere a la unidad armónica de las dimensiones bio-psicológica y a descubrirser comoun ser social que implica ser con y para los demás. Esta nueva etapa de desarrollo lleva consigo una intencionalidad social-colectiva, a partir de la cual la conciencia se reconoce como parte y partícipe de la comunidad humana entera. Se caracteriza por la emercencia de las fuerzas sociales, así como la apertura necesaria para el establecimiento de relaciones interpersonales orientadas hacia un núcleo más amplio y a experimentar la atracción hacia un sistema social definido que le atribuye una función especial dentro del grupo, así como para cobrar consciencia a través de la dialéctica, de la síntesis y del pensamiento creativo. En est fase del proceso, la conciencia se ve impulsada por una energía cuya manifestación característica es el compromiso y el amor fraterno.
- Nivel Transpersonal (espiritual). Se rige por el principio de la comunión (común unión) y del amor trascendente. Se constituye como la residencia de los valores universales, las aspiraciones más elevadas y las causas más nobles, precisamente porque es la dimensión que penetra en los dominios espirituales de la naturaleza humana. Cuando el desarrollo de las fuerzas sociales convergen en un todo orgánico y psíquico, la conciencia se ve impulsada por la energía espiritual cuya manifestación más intensa y pura es el Amor que le conduce hacia la convergencia planetaria. Esta etapa constituye el puente entre la realidad cotidiana ordinaria y la unión mística de la materia, la vida, la cultura y la moral. Teilhard se refiere a este nivel como el ciclo de la planetización a través del cual las diversas razas y civilizaciones del Hombre se sintetizan y llegan a constituirse en un todo orgánicamente ligado en el que convergen las diversas aportaciones espirituales entrando así en el ámbito de lo ultrahumano. Al referirse a la planetización Teilhard se expresa diciendo: “Para que los hombres sobre la Tierra, sobe toda la Tierra, puedan llegar a amarse, no basta que unos y otros se reconozcan como elementos del mismo algo ; sino que es preciso que, al ‘planetizarse’, tengan conciencia de estarse convirtiendo, sin confundirse, en un mismo alguien”.[9]
Como ya se ha mencionando cada etapa “inferior” sienta las bases de lo “superior” al incluir y trascender las etapas previas, en parte para incluirlas y en parte para transformarlas. Precisamente porque las etapas son anteriores y posteriores, no hay dos que sean simultáneas, se trata de partes de una totalidad en la que todo aprendizaje no es una mera suma de lo aprendido anteriormente, sino más bien se refiere al crecimiento orgánico de lo que ya se ha aprendido. Lonergan (1988) se refiere a este pensamiento cuando sostiene que ambas no forman parte de un mundo colectivo, sino de una única biografía o una única historia.
Así contemplado el proceso evolutivo, la aparición del hombre sobre la tierra permite que la evolución siga su proceso cósmico. Gracias a éste, la ascensión de la conciencia -movida por el amor-, continúa más allá de sí mismo hacia una síntesis en la que la conciencia personal alcanza su plena realización al despertar a la Conciencia Trascendente, que ya no se contempla como una etapa evolutiva, sino como la culminación del proceso evolutivo de la conciencia cuya manifestación más intensa y pura es el Amor. Teilhard afirma que, así como no existe más que una única Materia creada para sostener el crecimiento sucesivo de la Conciencia en el Cosmos, no existe sino “… un sólo sentimiento fundamental en la base de todas las místicas, a saber: El amor innato de la persona humana, extendido a todo el Universo”. El amor innato de la persona humana, extendido a todo el Universo».[10]
Saber ser.
Sin duda alguna, una de las preguntas fundamentales que el ser humano se plantea en algún momento de su vida es ¿Quién soy? La respuesta a esta pregunta atraviesa por un sinnúmero de identificaciones parciales que responden a este cuestionamiento. En la cotidianidad de la existencia hemos aprendido a responder a la pregunta ¿quién eres? con el nombre que nos han dado, el género, el estado civil, el nivel de estudios, la ideología política, la creencia religiosa, la profesión, el curriculum vitae, entre otros muchos papeles que jugamos en el escenario de la vida. Hay ocasiones en las que llega a ser necesario presentar una identificación oficial o una acta notarial que compruebe que somos quienes decimos ser. Es cierto que esta pregunta debe responderse de acuerdo al contexto, momento y situación de la que se trata, pero desafortunadamente lo que se responde llega a ser tan convincente que llegamos a creer que eso es lo que somos, sin cobrar consciencia de nuestro ser, nuestra verdadera esencia.
Ante esta realidad, Sri Nisargadatta Maharaj[11], en sus conversaciones, mensajes y notas, responde a esta pregunta diciendo:
“El buscador es el que está en busca de sí mismo. Abandoné todas las preguntas excepto una: «¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto» no. Esfuércese en encontrar lo que usted es en realidad.
Para saber lo que usted es, primero debe investigar y conocer lo que usted no es. Descubra todo lo que usted no es -el cuerpo, los sentimientos, los pensamientos, el tiempo, el espacio, esto o eso- nada, concreto o abstracto, que usted perciba puede ser usted. El acto mismo de percibir muestra que usted no es lo que usted percibe. Cuanto más claro comprenda que en el nivel de la mente usted solo puede ser descrito en términos negativos, tanto más rápidamente llegará al fin de su búsqueda y se dará cuenta de que usted es el ser sin límites”. [12]
Roberto Assagioli[13], fundador de la Psicosíntesis -corriente psicológica que comprende una visión holística de la psique humana, la autorrealización y la expansión de la conciencia- enfatiza los aspectos creativos, espirituales y gozosos del ser humano, así como el papel relevante que juega la voluntad en el proceso de desarrollo humano integral. Su propuesta se dirige a impulsar y favorecer la integración de las polaridades que conducen a cobrar consciencia de que no somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que manifestamos, lo que hacemos, sino algo más que todas estas sub-personalidades a las que contempla como personalidades en miniatura (holones) que coexisten al interior de nuestra piel y que cuando no se reconocen, se aceptan y se coordinan, actúan inconsciente y reactivamente en las diversas situaciones, relaciones y contextos en los que nos movemos. Sostiene que el proceso evolutivo de la conciencia se centra en cobrar consciencia de que somos algo más que un cuerpo, una mente, un mundo interno de emociones, sentimientos y experiencias y una serie de roles sociales. Es decir, no somos nada concreto o abstracto, somos algo más que aquello que podemos llegar a percibir a través de nuestros sentidos, algo más que la realidad que nos circunda, algo más que la suma de todos nuestros elementos, algo más que el tiempo y el espacio. Por lo tanto, en la medida en que cobramos consciencia de que somos seres sin límites ni dicotomías, que formamos parte de una Realidad que nos trasciende, de una Totalidad no-dual que todo lo contiene, seremos capaces de sintetizar y sublimar lo múltiple enlazando y religando entre sí a todos los elementos que constituyen el mundo en la esencia en la que se concentran lo Uno y lo múltiple.

DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA
A partir de la perspectiva del paradigma holístico el desarrollo humano constituye un proceso continuo y permanente de concientización, autorrealización y trascendencia que va de lo simple a lo complejo, de la desintegración a la integración, de lo menos a lo más inclusivo, de lo subconsciente a lo autoconsciente y de éste a lo espiritual. Se dirige hacia una aldea global fundamentada en el respeto a la diversidad que lleva implícita la intencionalidad del mejoramiento social progresivo, así como a la toma de la conciencia de unidad y el desarrollo de la espiritualidad. La experiencia directa de Totalidad trasciende la fragmentación característica de los sistemas que al no ser conscientes de la vida es un continuum histórico-social, se centran en teorías, conceptos y saberes, así como en la historia inmediata, sin darse cuenta de que la vida es un proceso permanente en el que cada persona es un ser en devenir, con el potencial suficiente para firmar su propio cuadro.
Educándonos para llegar a ser.
Así contemplado, el desarrollo humano se dirige a cultivar el proceso evolutivo de la conciencia con el objeto de dejar fluir el máximo potencial de sabiduría que va más allá del enciclopedismo, así como del amor trascendente que hace posible lo imposible. De aquí se desprende que su objetivo o fin último constituye la base y fundamento del proceso evolutivo por lo que no se limita a las instituciones o centros educativos, ni se queda en una aula, un grupo o un consultorio, sino que se encuentra presente en todos los contextos, escenarios y situaciones de nuestra vida. En este sentido, Gonzalez Garza plantea que «toda acción humana constituye una acción educativa o re-educativa -consciente o inconsciente- que tiene una repercusión positiva o negativa en las personas con quienes nos relacionamos y en los escenarios en los que nos movemos».[14] Sin embargo, es un hecho indiscutible que nadie puede dar lo que no tiene, nadie puede enseñar lo que no sabe, nadie puede compartir aquello que no ha experimentado, por ello, cuando lo que se pretende es activar el proceso de desarrollo integral, resulta esencial que quien educa cobre consciencia de sí mismo.
El verdadero educador-facilitador de procesos de aprendizaje y desarrollo se distingue por ser él mismo, no necesita disfraces, ni actuar como autoridad sino simplemente ser testimonio vivo de lo que sabe y se sabe, de lo que siente, lo que valora, lo que experimenta y transmite. Su ropaje es su propia piel, el aula es el escenario de su vida, los principales recursos son sus actitudes y los instrumentos de trabajo son las técnicas y estrategias contempladas como medios y no como fines en sí mismas, siempre centradas en un profundo respeto a la dignidad inalienable propia de todo ser humano independientemente de sus características y diferencias individuales. Si bien no se puede afirmar que el nivel de conciencia del educador sea un factor determinante del proceso, sí es una realidad incuestionable que constituye un elemento que favorece o dificulta el proceso integral de las personas con quienes convive y trabaja. De aquí se desprende la premisa que sostiene Rolf Behncke (1994) cuando se expresa diciendo que en la medida en que nos conocemos seremos capaces de conocer, en la medida en que nos aceptamos seremos capaces de aceptar, en la medida en que nos valoramos seremos capaces de valorar, en la medida en que nos amamos seremos capaces de amar y en la medida en que nos transformamos seremos capaces de transformar nuestro entorno. En esta misma línea, Erich Fromm (1991) plantea que todo cambio social requiere de una profunda transformación en el corazón humano.
El saber requiere de la integración de los dos universos que se encuentran dentro y fuera de la piel. A partir de esta óptica, no es suficiente contentarse con saber cómo se construye el conocimiento, sino que resulta necesario abrir el abanico de los saberes en la consciencia de que se aprende a lo largo de toda la vida, de diversas maneras y en todo momento, contexto, situación y circunstancia. Es un hecho indiscutible que nadie lo sabe todo, así como también que nadie lo ignora todo, por lo tanto, cuando hay apertura al diálogo, a la experiencia y al cambio, toda acción humana se transforma en una oportunidad de aprendizaje y todo ser humano se convierte a la vez en educando y educador.
El desarrollo humano holístico contemplado desde su más extenso significado necesita de educadores-facilitadores capaces de:
- Comprender que no es posible llegar a saber sin ser, que no es factible cobrar consciencia sin conciencia.
- Aceptar y confiar en los alcances propios de la naturaleza humana.
- Cultivar en si mismo lo mejor de las potencialidades y dinamismos humanos fundamentales.
- Profesar un profundo respeto a la dignidad inalienable de todo ser humano independientemente de sus diferencias individuales.
- Aceptar incondicionalmente, comprender empáticamente y acompañar al otro o los otros en su proceso de llegar a ser lo que es y somos en esencia.
- Abrirse día a día a nuevos aprendizajes, retos y horizontes, así como al diálogo, a la experiencia, al cambio y al encuentro consigo mismo, con el tú, con el nosotros, con los otros, con la comunidad humana y con la Totalidad que lo trasciende.
- Permanece en el aquí-ahora totalmente presente, consciente de su ser, su estar y su actuar en el mundo.
- Aceptar y cerlebrar las diferencias individuales con miras a promover la unidad en la multiplicidad.
- Realizar en sí mismo lo que pretende realizar en los demás.
Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esenciales invisible a los ojos.
Antoine de Saint Exupéry (2009).
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[1] Tresmontant. 1968. p.20.
[2] Cabe señalar que en este contexto el término espiritual se traduce como la capacidad y tendencia natural de todo ser humano -independientemente de sus diferencias individuales- hacia la trascendencia.
[3] Cabe señalar que el espíritu en este contexto se contempla como la esencia indestructible, el elemento inmaterial, no dulal de la naturaleza humana en su relación vertical con la Realidad que trasciende lo humano a la que tantos nombres se le han dado: Dios, Jehova, Absoluto, Alá, Totalidad, Energía entre otras tantas denominaciones. De aquí se desprende que la espiritualidad no se limita al ámbito de las religiones institucionalizadas ni de las diversas tradiciones sagradas, sino que se contempla como la manifestación del espíritu humano.
[4] Sagan. 1980. P.12.
[5] Teilhard.1970. p.115.
[6] González Garza. 2014.p.500
[7] Jung, Carl 1991, p. 91
[8] Teilhard. 1970.p.239.
[9] Teilhard. 1967.p.294
[10] Teilhard. 1996.p.177.
[11] http://www.maharajnisargadatta.com/nisargadatta_quotes_from_I_am_that.php
[12] Sri Nisargadatta Maharaj (1981. P. III).
[13] Assagioli Roberto. (1988). Ser Transpersonal. Madrid, España: Gala ediciones.
[14] González Garza. 2009.p.201.

