Psicot. RENÉ LÓPEZ PÉREZ
Masculinidades y conductas
Existen distintas posiciones teóricas para abordar los significados y alcances del término masculinidad. Amuchástegui (2006) advierte sobre los riesgos de conceptualizar a la masculinidad a partir de un “conjunto de atributos organizados en una entidad discernible”, en vez de enfatizar el aspecto relacional y, por tanto, dinámico que implica toda construcción de género; en este sentido, Amuchástegui y Szasz afirman que “masculinidad no es sinónimo de hombres sino de proceso social, estructura, cultura y subjetividad” (2007, pág. 16). El propósito no es discutir a profundidad el término masculinidad, sino asentar las dificultades de definirlo dadas las diferentes formas de abordarlo, al mismo tiempo que se enfatiza el aspecto relacional que debería incluirse en la conceptualización.
Dado que existen muchas formas de ejercer la masculinidad, Connell (2003) propone el término de masculinidad hegemónica para designar un ideal cultural que es inalcanzable pero sirve como referencia para el comportamiento social y que tiene como propósito mantener los privilegios masculinos a partir de la complicidad de poderes institucionales, colectivos y personales.
Tomando como base el concepto gramsciano de hegemonía –que alude a una dinámica cultural por medio de la cual un grupo exige y sostiene una posición de poder en la vida social–, Connell desarrolla la idea de que la masculinidad no refiere a un concepto estático, sino dinámico e histórico, en el que lo relevante es que alguna expresión de la masculinidad –a la que denomina hegemónica– puede imponer su modelo al resto de la población; esto es así porque dadas las relaciones de género, en las que la posición de los hombres es dominante respecto a las mujeres, la cultura siempre preferirá alguna de las formas de masculinidad en pugna. En este sentido, Connell propone que la masculinidad hegemónica se define como la “configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta aceptada, en un momento específico, al problema de la legitimidad del patriarcado, lo que garantiza (o se considera que garantiza) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres” (Connell, 2003, pág. 117).
Frente a esa masculinidad hegemónica se definen otras a las que denomina subordinada –pues representan posibilidades de expresión o actuación distintas al modelo de lo que “debe ser” un hombre, por ejemplo, hombres no heterosexuales–; cómplice –se benefician de los dividendos del patriarcado–; marginada –alude a las relaciones derivadas de incorporar otro tipo de estructuras, como la clase o la raza. Esta clasificación de las masculinidades permite tener coordenadas para analizar las diferentes modalidades en las que se dan las relaciones de género entre hombres, las cuales son adicionales a las que se dan en relación con las mujeres.
Desde una aproximación diferente, Bourdieu (2007) plantea que la dominación masculina debe su poder a que se convierte en la manera “normal” de percibir y explicar la realidad; pareciera ser el único marco posible para fijar las relaciones de género: la fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla (Bourdieu, 2007, pág. 22).
Pierre Bourdieu considera que a partir de una visión polarizada de la realidad, en la que uno de los polos tiene más valor que el otro –por ejemplo, lo masculino mejor que lo femenino, y así con todas las posibles oposiciones asociadas a uno u otro– se ha construido un orden que naturaliza esa valoración; a partir de esta hipótesis, el autor propone el término de violencia simbólica como el mecanismo utilizado por el patriarcado para lograr la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador (por consiguiente, a la dominación) cuando no dispone, para imaginarla o para imaginarse a sí mismo o, mejor dicho, para imaginar la relación que tiene con él, de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparte con el dominador y que, al no ser más que la forma asimilada de la relación de dominación, hacen que esa relación parezca natural (Bourdieu, 2007, pág. 51).
En un sentido complementario, Bonino (1998) afirma que al analizar el tema de la masculinidad es necesario considerar al menos tres elementos:
- La masculinidad no constituye una esencia.
- No existe una masculinidad única.
- La masculinidad se aprende y por lo tanto se puede desaprender.
Lo que me interesa rescatar de las posturas previas es:
Primero.- existen acciones y discursos que naturalizan las relaciones de género, con miras a perpetuar la superioridad de una idea de lo masculino sobre lo femenino;
Segundo.- a partir de esa naturalización las personas perciben y enmarcan sus experiencias corporales y sociales, las cuales aparecen como inevitables;
Tercero.- pese a los recursos de legitimación o naturalización de la masculinidad hegemónica, las relaciones de género producen tensiones que conducen a que mujeres y hombres cuestionen la opresión que generan y busquen transformarla.
La pregunta, entonces, es ¿qué debería cuestionarse? Sin tratar de dar una respuesta exhaustiva, para fines de este trabajo hay un elemento que genera muchas consecuencias adversas: la desconexión del cuerpo. Para ejemplificar a qué me refiero retomo la idea de Ramírez (2007) de que existen cinco espacios en los que se manifiesta la experiencia humana: emocional, física, intelectual, social y cultural; en el caso de la masculinidad tradicional, el espacio emocional aparece desconectado de los otros espacios que se leen como una identidad, tal como aparece en el esquema. Ejemplifiquemos para mejor comprensión. Supongamos a un joven que es retado a jugar arrancones; dada la posibilidad de un accidente o la muerte, es posible que la emoción que surja sea el miedo; sin embargo, esa emoción será suprimida debido a que social y culturalmente se le ha dicho que responder afirmativamente al desafío es una forma de demostrar su hombría, por lo que sabe que no aceptar el reto lo colocara en el lado de los cobardes o «poco hombres»; ante ello, ignorará las sensaciones corporales asociadas con la emoción (posiblemente: sudoración, palpitación, cambio de temperatura, etcétera) y justificará su decisión: “ni modo que me rajara”, podría pensar.
Ramírez considera que frente a ello es importante que los hombres sean conscientes de sus reacciones físicas y emocionales como primer paso para determinar sus propias ideas y, desde allí, posicionarse frente a las normas sociales y los estereotipos culturales predominantes; el siguiente esquema busca ilustrar de qué manera los cinco espacios –a los que agrega una dimensión espiritual- deberían estar interconectados, pero al mismo tiempo ser independientes de manera que cada uno sea valorado en función del nivel de bienestar personal e interpersonal que aporta.

Con base en las consideraciones anteriores, Ramírez diseñó un modelo reeducativo dirigido a hombres que ejercen violencia; lo cierto es que el modelo termina centrándose en que los usuarios identifiquen y erradiquen sus violencias, en tanto que el trabajo corporal y emocional pasa a segundo término. De hecho, en las diferentes formas de trabajar las masculinidades para concienciar sobre los efectos negativos del modelo tradicional o machista y reflexionar sobre formas de comportamiento alternativos, es común que se privilegie el análisis, la razón…, y el cuerpo e incluso las emociones, se relegan a un segundo o tercer plano, lo que se traduce en resultados limitados.
Trabajar con el cuerpo
La Psicoterapia Humanista Corporal considera un bagaje teórico muy amplio, pero de manera específica hay tres elementos centrales que en lo personal considero muy útiles en el trabajo terapéutico con hombres: el arraigo, el centramiento y la presenciación.
El arraigo ha sido un objetivo de los guerreros de todos los tiempos (Bailey, s/f a). Si seguimos con esa metáfora, generalmente los hombres han sido preparado no para ser guerreros, si no soldados; es decir, aprender a obedecer y ajustarse a un orden jerárquico, en vez de tener contacto con la tierra y el cuerpo, las emociones, las convicciones propias (la ética), la fuerza de voluntad y la conexión espiritual (que son los diferentes niveles de arraigo que la autora refiere en su escrito).
Bailey establece que «estar arraigado es estar presente, enfocado, dinámico, es estar aquí y ahora» (s/f a, pág. 19). Si bien esta condición es ajena a la experiencia humana cotidiana -pues no hemos sido educados para ello-, esto es especialmente problemático para los hombres pues al estar más desconectados emocionalmente que las mujeres, es más fácil que estemos atentos a lo que la sociedad espera de nosotros que a lo que sentimos o deseamos (Sanmartin, Kuric y Gómez, 2022).
Si el arraigo es difícil para los hombres, el centramiento sigue la misma tendencia. Tal como vimos en el primer esquema, en una construcción masculina tradicional el cuerpo está «desconectado» de las emociones, e incluso de la conciencia, pues buena parte de la experiencia masculina está fundada en la idea de «aguantar»: beber desmedidamente sin caer; trabajar incansablemente; soportar malos tratos en nombre de valores como el servicio a la patria; etc.
El centramiento se define como «llevar la atención al centro: al ombligo y acompasarlo con el movimiento de inhalar y exhalar abriéndolo y cerrándolo. El sistema parasimpático responde, dándonos un mayor nivel de calma y relajación, y al hacerlo en quietud propositiva y con ojos cerrados el enfoque es mayor. Desde ese lugar “recuperado” podemos verificar nuestra intención» (Bailey, s/f b, pág. 30).
El arraigo nos hace conscientes de las raíces que sostienen nuestra existencia, en tanto que el centramiento nos ayuda a tener claridad de nuestras sensaciones, emociones, pensamientos y vivencia espiritual al interactuar con lo que se encuentra a nuestro alrededor. Por su parte, la presenciación permite tener claridad de lo que sucede fuera de nosotros; es decir, detener la comparación y el prejuicio: simplemente percibir como somos «tocados» por los eventos, por los seres con los que interactuamos en el transcurso de la vida; de esta manera es posible «profundizar la experiencia somatoemocional/racional/espiritual que sucede en ese momento, sin juicio y simplemente acompañando lo que está» (Bailey, s/f c, pág. 43).
Al revisar estos tres elementos básicos de la Psicoterapia Humanista Corporal una primera impresión puede ser que se trata de una propuesta de trabajo que no «checa» con los aprendizajes de la masculinidad tradicional; pero cabría cuestionar si esto es así. Abundemos en esto.
En los estudios de genero de los hombres se aborda la cuestión de la masculinidad tradicional o hegemónica para develar las limitaciones que tiene tanto en términos de las relaciones con las mujeres, como con otros hombres y consigo mismos (Kaufman, 1998). Adjetivos como toxica, frágil, machista, etc. dan cuenta de la necesidad de resaltar algunos aspectos problemáticos de esa masculinidad para entonces empezar a imaginar posibilidades diferentes, a las que se adjetiva como nuevas, antipatriarcales, alternativas, etc. Si bien hay la convicción de construir modelos de masculinidad distintos, muchas de las propuestas se centran en la reflexión sobre los aprendizajes de ser hombre y sus consecuencias -en ocasiones se agregan ejercicios de imaginación o visualización sobre nuevas formas de expresión masculina más empática, sensible, solidaria, igualitaria…-, sin que se propongan soluciones más integrales que trabajen la globalidad de la experiencia de ser hombre.
En este sentido, la Psicoterapia Humanista Corporal plantea una forma de trabajo especialmente relevante no solo para cuestionar la construcción masculina, si no también y, sobre todo, para reconfigurarla sobre bases sólidas.

A manera de epilogo
Como podemos darnos cuenta, las teorías de genero se enfocan en las construcciones sociales y culturales y se interesan menos por la construcción subjetiva o psicológica de las personas; en este sentido, no cuentan con una posición unificada en torno a las teorías psicoterapéuticas existentes, de manera que, al mismo tiempo, pueden adscribirse a cualquiera de ellas.
La utilidad de recurrir a las explicaciones basadas en el género es que posibilitan conocer ciertos patrones de comportamiento que pueden ser comunes a hombres o mujeres en determinadas culturas. En mi propia experiencia terapéutica, casi siempre es más fácil que las mujeres perciban sus emociones y sus sensaciones corporales en comparación con los hombres, y muchas veces la posibilidad de que los hombres se comprometan con su proceso terapéutico depende de que la interacción durante las sesiones les convenza racionalmente de que algo mejorara en su vida rápidamente.
Ahora bien, es importante –también recurriendo a las teorías de genero- percatarnos que las construcciones de la masculinidad (y la feminidad) tienen fisuras y las personas pueden desafiar las construcciones de genero si se construye un espacio de confianza.
Desde esta perspectiva, he encontrado que la relación de los hombres con su corporalidad está presente de muy diversas maneras, aunque rara vez tienen conciencia de ello. Pongamos como ejemplo los deportes: es común que los hombres practiquen algunos de ellos, pero al hablar sobre ello es probable que refieran experiencias de triunfos, camaradería, rivalidad, etc., pero se les puede orientar a que recuerden sus experiencias corporales: sensación de vitalidad, medio para relajarse, etc.
Así como sucede en los deportes, es claro que los hombres entran en contacto con su cuerpo para distintas actividades físicas, pero normalmente no tienen conciencia de la experiencia global implícita; una manera de interesarles en el trabajo psicocorporal puede consistir en pedirles que recuerden las experiencias que han tenido en los deportes, el baile, las riñas, etc. Y traten de traer al presente sensaciones físicas, pensamientos y emociones, incluyendo las de vergüenza o tristeza debido a que no eran suficientemente ‘buenos». En mi propia experiencia, ello me ha conducido a testimonios como los siguientes:
A mí me encanta bailar. Algo que disfruto especialmente es que al estar bailando de repente descubro que realicé un nuevo movimiento, que hay una nueva sensación. Sin embargo, el hecho mismo de bailar es liberador para mí.
Recuerdo que la primera clase que tomé de Tai Chi me sentí con tanta paz, tan fuerte, que no tuve dudas de que deseaba aprender esa disciplina. Con el tiempo logré incluso impartir clases y transmitir la sensación de que puede ser un ejercicio apasionante.
Al inicio de mi práctica de Yoga Kundalini, me invitaron a un Tantra Blanco. El reto consistía en mantener determinadas posturas por un tiempo determinado (entre media hora y una hora, según el ejercicio). Al final del día estaba rendido, sin embargo, logré mantener cierta postura, pese a que mi mente decía que eso no era posible. Fue como si algo se desconectara y junto a la percepción de dolor y cansancio tuve la certeza de que podía sostener esa postura por mucho tiempo más. Al final de la jornada estaba físicamente adolorido, pero al mismo tiempo me sentía tan vivo, tan pleno que estaba seguro que había alcanzado esos momentos especiales que ha referido la literatura mística.
El común denominador de esas experiencias es ese gusto por entrar en contacto con el cuerpo: percibir sus sensaciones, observar cómo responde a los estímulos. En algunos momentos, que yo calificaría de mágicos, este contacto con el cuerpo produce un resultado extraordinario: un regocijo, una paz interna profunda… el éxtasis.
De manera que la construcción masculina de los cuerpos es un dato por considerar, pero no determina la reacción ante el trabajo corporal. Un ambiente de confianza y el acompañamiento para rescatar la historia propia con el cuerpo pueden contribuir a superar resistencias.
Bibliografía
Amuchástegui, A. (2006) “¿Masculinidad(es)?: los riesgos de una categoría en construcción” en G. Careaga y S. Cruz (Comps.) Debates sobre masculinidades. Poder, desarrollo, políticas y ciudadanía, México, PUEG, pp. 159-181.
Amuchástegui, A.; Szasz, I. (2007) “El pensamiento sobre masculinidades y la diversidad de experiencias de ser hombre en México” en A. Amuchastegui e I. Szasz, Sucede que me canso de ser hombre… Relatos y reflexiones sobre hombres y masculinidades en México, Ciudad de México, El Colegio de México, pp. 15-35.
Bailey, M. (s/f a). «El arraigo en la Psicoterapia Humanista Corporal». En Instituto Humanista de Psicoterapia Corporal (INTEGRA, S.C.), Manual del Curso en línea con interacción en vivo “Mi cuerpo: emociones y realidad”, pp. 19-22. Versión en borrador.
Bailey, M. (s/f b). «Centramiento». En Instituto Humanista de Psicoterapia Corporal (INTEGRA, S.C.), Manual del Curso en línea con interacción en vivo “Mi cuerpo: emociones y realidad”, pp. 30-42. Versión en borrador.
Bailey, M. (s/f c). «Presenciación». En Instituto Humanista de Psicoterapia Corporal (INTEGRA, S.C.), Manual del Curso en línea con interacción en vivo “Mi cuerpo: emociones y realidad”, pp. 43-55. Ciudad de México: Versión en borrador.
Bonino, L. (1998). «Los varones frente al cambio de las mujeres», en Lectora. Revista de Dones i intertextualitat, 4, pp 12-21.
Bourdieu, P. (2007). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
Connell, R. (2003). Masculinidades. D.F.: UNAM – PUEG.
Kaufman, M. (1998). “La construcción de la masculinidad y la tríada de la violencia masculina” en VV.AA. Violencia doméstica. Cuernavaca: Cidhal, PRODEC, Centro de Documentación “Betsie Hollants”. Pp. 52 – 59.
Sanmartin Orti, A., Kuric Kardelis, S & Gómez Miguel, A. (2022). La caja de la masculinidad: construcción, actitudes e impacto en la juventud española. Madrid: Centro Reina Sofia sobre adolescencia y juventud, Fundación Fad Juventud. DOI: 10.5281/zenodo.7319236.
Ramírez Hernández, F. A. (2007). Violencia masculina en el hogar. México: Pax.

