Una reflexión sobre la conciencia humana y el sentido ético de nuestro tiempo.[1]
Dr. José Fernando Gómez del Campo Estrada
¿Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos?
Cuando Charles Dickens abrió Historia de dos ciudades con aquella frase inmortal que parece contener toda la historia humana —“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”—, no solo describía la Revolución Francesa. Hablaba, sin saberlo, de todos los tiempos humanos, el nuestro incluido.
Porque cada época, con sus luces y sombras, con su esplendor y su ruina, parece repetirse en el espejo del alma humana. Cada época, la suya y la nuestra, contiene en su entraña la misma tensión entre el esplendor y la miseria, la esperanza y el miedo, la sabiduría y la locura.
Vivimos, sin duda, en una era de paradojas. Nunca antes la humanidad tuvo tanto conocimiento a su alcance, tanta tecnología para comunicarse, curar, explorar o crear. Sin embargo, nunca pareció tan difícil escucharse, perdonar, sanar, comprender o convivir.
Es el mejor de los tiempos, porque la inteligencia se multiplica y los sueños viajan a la velocidad de la luz; pero también el peor, porque la sabiduría se desvanece entre pantallas, algoritmos y prisas que nos despojan de lo esencial. En el mundo contemporáneo, como en el París y Londres retratados por Dickens, la injusticia convive con la bondad; la miseria con la compasión; la barbarie con el heroísmo.
En las calles, en las pantallas y en los corazones, se libra una revolución más silenciosa: la de la conciencia. Nos encontramos ante la misma disyuntiva moral que Dickens vio en su tiempo: elegir entre la ceguera del egoísmo o la lucidez del amor solidario. Es el mejor de los tiempos, porque se abren los cielos del conocimiento y los cuerpos alcanzan longevidades antes impensables; y el peor, porque el alma parece languidecer, sin sentido ni propósito, perdida en el ruido de una modernidad sin silencio.
Nunca hubo tanta información, ni tanta confusión. Nunca tanta libertad, ni tanto temor a ejercerla. Nunca tantos derechos, ni tanto olvido de quienes siguen sin disfrutarlos. Cada progreso técnico exige un progreso humano; cada descubrimiento científico reclama un descubrimiento interior.
Estamos en un tiempo de luces y sombras superpuestas: la medicina cura, pero las guerras resurgen; la ciencia avanza, pero el planeta enferma; las redes nos conectan, pero la soledad se multiplica; cada persona se encuentra sola en medio de la comunicación más abierta.
La esperanza florece en los movimientos por la justicia, la equidad y la conciencia ecológica; sin embargo, el cinismo y la indiferencia crecen en los mismos campos donde germina la fe en un mundo mejor.
Cada progreso técnico exige un progreso humano. Cada descubrimiento científico reclama un descubrimiento interior. Y en esa exigencia radica nuestra grandeza y nuestro riesgo. Podemos construir un mundo más justo o uno más frío, más conectado o más desalmado.
Por eso, la frase de Dickens no es un juicio definitivo, sino una pregunta que sigue abierta: ¿qué tiempo estamos creando? Si logramos reconciliar lo mejor y lo peor de lo que somos, quizás algún día podamos decir —sin ironía— que este fue verdaderamente el mejor de los tiempos.
Este es, tal vez, el tiempo en que la humanidad se mira a sí misma con más claridad: deslumbrada por su poder y atemorizada por su reflejo. Un tiempo que nos invita a elegir —cada día, cada gesto, cada palabra— de qué lado de la historia queremos estar: si del lado del miedo o del amor, de la destrucción o del cuidado, del ruido o del silencio fecundo, desde donde vuelve a escucharse lo humano.
El reto de humanizarnos.
Por eso sí: es el mejor de los tiempos y también el peor. Porque en esa contradicción habita nuestra libertad. Solo de nosotros depende que, cuando el futuro mire hacia atrás, pueda decir —como eco de Dickens y como testimonio de una nueva conciencia— que este fue, por fin, el tiempo en que aprendimos a ser verdaderamente humanos.
Así pues, el mayor desafío de nuestro tiempo no es económico ni científico, sino profundamente humano: aprender a humanizarnos. Este reto implica reconocer la dignidad de cada persona, fomentar el autoconocimiento y traducir el desarrollo individual en una transformación colectiva.
Una Ética Global.
Desde el Desarrollo Humano —entendido como proceso integral de crecimiento personal, afectivo, ético, ecológico y comunitario—, la humanidad tiene la oportunidad de construir una ética global, capaz de unir a los pueblos bajo el principio común del respeto, la empatía y la cooperación.
El desarrollo humano como camino de autoconsciencia.
La consciencia personal es el punto de partida de la humanización; es saber ser persona en relación consigo misma y con los demás. El Desarrollo Humano propone una mirada integral del ser humano que abarca las dimensiones biológica, emocional, racional, espiritual social y ecosistémica.
El Desarrollo humano sostiene que la persona posee un potencial innato de crecimiento y autorrealización. Sin embargo, este potencial sólo se despliega cuando se dan las condiciones adecuadas: aceptación, autenticidad y empatía. En ese sentido, humanizarse es un proceso de reconciliación interior, una búsqueda de congruencia entre lo que se piensa, se siente y se hace, se dice se crree y se es.
De la persona a la comunidad: el desarrollo humano social.
El crecimiento personal alcanza su plenitud cuando se traduce en compromiso con la comunidad. El Desarrollo Humano comunitario surge como extensión natural del personal: no basta con transformar el propio mundo interior si la realidad social continúa marcada por la desigualdad, la violencia o la indiferencia.
Humanizarnos en lo social implica aprender a convivir desde la interdependencia. La empatía y la solidaridad dejan de ser virtudes abstractas para convertirse en actitudes concretas de justicia y cooperación. En palabras de Paulo Freire, la verdadera educación es un acto de amor que busca la liberación de todos. De este modo, el desarrollo humano comunitario se convierte en un proyecto ético y político que promueve la participación, el diálogo y la construcción de vínculos sanos.
Hacia una ética global.
La globalización ha unido al planeta en redes de comunicación, economía y cultura, pero no necesariamente en valores. Por ello, el paso del desarrollo humano personal y social hacia una ética global es hoy una urgencia civilizatoria.
Una ética global no impone una moral única, sino que reconoce la diversidad cultural como riqueza, buscando puntos de encuentro en principios universales: la dignidad humana, la paz, el cuidado del planeta y la corresponsabilidad.
Hans Küng planteó que “no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones, y no habrá paz entre las religiones sin un consenso ético global”. Esta ética requiere una revolución de la conciencia, donde la tecnología esté al servicio de la vida, la economía al servicio del bien común, y la educación al servicio del desarrollo integral del ser humano.
Desafíos contemporáneos de la humanización
El proceso de humanizarnos enfrenta múltiples obstáculos: el individualismo extremo, la desinformación, la violencia estructural y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. En este contexto, humanizarse es un acto de resistencia.
Frente a la lógica del consumo y la competitividad, Leonardo Boff propone el paradigma del cuidado como principio ético: cuidar de uno mismo, de los otros y de la Tierra. Se trata de sustituir el paradigma del dominio por el de la interconexión, asumiendo la responsabilidad de reconstruir los vínculos rotos de la convivencia y de promover una cultura del encuentro y de la paz.
Un signo de nuestra época es que, en muchos casos, las mascotas parecen importar más que las personas. Este fenómeno, que expresa la necesidad de afecto en una sociedad cada vez más solitaria, también revela un desplazamiento moral: se acoge con ternura a los animales mientras se ignora el dolor de quienes viven en la calle, los enfermos sin atención, los migrantes rechazados o los ancianos abandonados.
Humanizarnos implica reintegrar la compasión hacia todas las formas de vida, pero sin olvidar que la base de toda ética comienza en el reconocimiento de la dignidad humana.
Las agresiones al entorno natural constituyen una forma profunda de deshumanización. La devastación de los ecosistemas, la contaminación del agua y la explotación sin límites del planeta reflejan una ruptura interior del ser humano con su propia esencia. Quien destruye la Tierra destruye su futuro. Recuperar la conciencia ecológica es, por tanto, una dimensión ineludible del desarrollo humano: no hay humanidad plena sin armonía con la naturaleza.
En este horizonte ético, surge una exigencia impostergable: defender los derechos de los invisibles, de aquellos que el sistema económico y social ha condenado a la marginación. Son los pobres, los desplazados, los excluidos, los que no tienen voz ni rostro en los medios ni en las decisiones. Reconocerlos no es un acto de caridad, sino de justicia. Humanizarnos exige mirarles con respeto, devolverles el lugar que les corresponde en la comunidad y entender que nadie se realiza plenamente mientras otros son negados en su dignidad.
Así, el reto contemporáneo de la humanización no sólo consiste en sensibilizarnos más, sino en transformar nuestras relaciones con el prójimo, con la sociedad y con la Tierra, construyendo una nueva ética basada en la ternura, la justicia, la paz y la corresponsabilidad planetaria.
El reto de humanizarnos atraviesa todas las dimensiones de la vida: personal, social y planetaria. El Desarrollo Humano ofrece una vía para integrar el crecimiento interior con la transformación colectiva, haciendo de la ética no un código de normas, sino una forma de vivir con sentido y compasión.
En última instancia, humanizarnos es aprender a vivir desde el alma compartida de la humanidad, reconociendo que la paz y la justicia comienzan en la mirada con la que vemos al otro. Solo desde esa consciencia podremos construir una ética global, una civilización verdaderamente humana.
[1] Trabajo presentado en el Foro “Desarrollo Humano: Del dolor al florecimiento colectivo” llevado a cabo en el aula Ernesto Meneses Morales de la Universidad Iberoamericana los días 12 y 13 de noviembre de 2025, dentro del marco de la celebración de los 75 años del Departamento en Psicología.

