Revista de Psicoterapia Humanista Corporal

El trauma: integración del cuerpomente y la comunidad para una sanación real

Mtra. Marilenca Bailey, Mtra. Andrea Negrete y Mtra. Stephannie Morato

 

Para un psicoterapeuta es esencial trabajar el trauma psicosomático en sí mismo y saber acompañar a su paciente a trabajar el de él. Muchas personas llegan a terapia buscando aprender a manejar los síntomas que genera un trauma psicosomático. En diversas ocasiones, el motivo de consulta aparentemente es otro, sin embargo, el origen puede venir de algún trauma del neurodesarrollo. Por ejemplo, hay una relación estrecha entre Trastorno de Déficit de Atención y trauma psicológico (Maté, 2010). De esta forma, algunos pacientes quizá llegan por las dificultades que les genera el déficit de atención en su vida cotidiana o en sus relaciones con otros, pero el origen de estos síntomas pudo haber sido un trauma que es importante trabajar.

Como el Dr. Maté (2010) nos enseña, muchas de las cosas que nos conflictúan hoy en día están relacionadas con las heridas del pasado (en muchas ocasiones, traumas). Cuando reaccionamos exageradamente a una situación, por lo general, hay una historia detrás que está promoviendo que interpretemos la situación como si fuera una situación del pasado que nos representó una amenaza, por lo tanto, interpretamos la situación actual como amenazante. Es a través de estas sobrerreacciones o activaciones que podemos darnos idea de qué temas y heridas del pasado están sin sanar y requieren ser trabajadas.

Al darnos cuenta de la gran importancia que tiene para un terapeuta de la corriente PHC (Psicoterapia Humanista Corporal) trabajar con el trauma, es que decidimos escribir este artículo, en el cual explicamos e introducimos de manera breve algunos conceptos valiosos, sobre los cuales se sugiere que los estudiantes sigan preparándose a través de los libros aquí citados, entre otros.

Entendemos por trauma una disrupción crónica del contacto: no es lo que pasó sino lo que hicimos psicosomática, emocional y circunstancialmente con ese evento o eventos. Nos deja alertas, en frecuencia de sobrevivencia crónica o sin nada de energía disponible para la vida. Esta es la raíz del stress crónico (Bailey, 2025)

Origen del carácter, desarrollo y cómo nos vinculamos.

Para comprender el trauma es necesario conocer sobre el proceso de desarrollo humano, pues es a lo largo de nuestra evolución podemos vivir traumas. Los traumas que se viven en la infancia dejan heridas que generan mecanismos de defensa y estrategias de afrontamiento que nos ayudan a sobrevivir y que van generando en nosotros el carácter o coraza corporal.

Desde la PHC, el carácter se entiende como un sistema de bloqueos corporales y patrones de tensión desarrollados a lo largo de la vida para proteger al cuerpomente del dolor, generando una escisión entre mente, cuerpo, emoción y espíritu. Es una estructura psicosomática adquirida que determina la manera de mirar, reaccionar y relacionarse con el entorno, y la sanación se busca a través de la integración de la(s) experiencia(s), y la liberación de esas tensiones para reconectar con el cuerpo y las emociones propias, Johnson (1994), Reich (1970), Bailey (2025).

Bailey (2023) afirma que no hay carácter sin trauma pues éste se forma a partir de las experiencias vividas frecuente y repetidamente durante el desarrollo de la persona a partir de las interacciones con los cuidadores primarios y el ambiente en el que se creció, sobre todo durante los primeros 7 años de vida.

En estas primeras experiencias de vida, especialmente las del primer año de vida, se crea un vínculo con el cuidador primario, este vínculo tiene características específicas y es llamado apego/vinculación; esta relación de apego/vinculación modela la manera en la que la persona tenderá a relacionarse en el futuro, de tal manera que el carácter que la persona vaya formando fomentará una manera de vincularse con las demás personas.

La teoría del apego/vinculación ha sido una piedra angular en la comprensión del desarrollo emocional y relacional del ser humano. Introducida por John Bowlby (1969), esta teoría sostiene que los seres humanos nacen con una tendencia biológica a establecer lazos afectivos con cuidadores primarios como un medio de supervivencia. Bowlby propuso que estos apegos/vinculaciones tempranas forman “modelos internos de trabajo” que guían expectativas, emociones y comportamientos en relaciones futuras. Mary Ainsworth (1978) contribuyó mediante el “Paradigma de la Situación Extraña”, identificando estilos de apego: seguro e inseguro (evitativo y ambivalente/resistente). Posteriormente, Main y Solomon (1990) identificaron el apego desorganizado. Estos estilos influyen en el desarrollo emocional, la regulación afectiva y la socialización, y tienen estrecha relación con el carácter y con el trauma.

La conformación caracterológica y la creación del carácter en nuestras propias historias y cuerpomentes que son esquizoide, oral, psicopático, masoquista y rígido, son cinco formas específicas de trauma complejo y trauma de desarrollo. Son cinco formatos de sobrevivencia profundamente aprendidos a partir de traumas relacionales repetitivos y es así como lo trabajamos y lo vemos (Bailey, 2025).

Algunos tipos de trauma.

Existen muchos tipos de trauma y algunos que nos parecen esenciales conocer como PHC son los siguientes:

Trauma complejo 

El trauma complejo se refiere a la exposición prolongada o repetida a eventos traumáticos durante la infancia, en contextos donde no hay posibilidad de escape o apoyo seguro. Judith Herman (1992) describió cómo este trauma genera no solo síntomas de estrés postraumático, sino también alteraciones profundas en el sentido del yo, la confianza en otros, la regulación emocional y la memoria. Bessel van der Kolk (2014) mostró que el trauma complejo afecta cuerpo y mente, alterando el sistema nervioso autónomo y la memoria implícita, y destacó la necesidad de incluir el cuerpo en la terapia. Christine Courtois y Julian Ford (2013) también han desarrollado modelos integrados que combinan psicoeducación, regulación emocional y trabajo somático para tratar este tipo de trauma.

Trauma social y colectivo

Además del trauma individual y complejo, el trauma social o colectivo se refiere a heridas que afectan a grupos enteros, comunidades, pueblos o sociedades, ya sea a causa de guerra, genocidio, opresión sistemática, colonialismo o discriminación estructural, entre otras. Estas experiencias no solo dañan a las personas de forma aislada, sino que alteran los tejidos relacionales y culturales que sostienen la vida social (Hubl, 2020).

Autores como Frantz Fanon  (1961) describieron el profundo impacto psicológico del colonialismo sobre los pueblos colonizados, mostrando cómo la opresión prolongada genera sentimientos de inferioridad internalizados y una fragmentación de la identidad cultural. Paulo Freire (1970), por su parte, analizó cómo las estructuras opresoras producen alienación y pasividad, y propuso la educación como práctica de libertad para reconstruir la conciencia crítica y la dignidad colectiva. Más recientemente, el psicólogo Ignacio Martín-Baró (1990) introdujo el concepto de trauma psicosocial para explicar cómo la violencia política, la represión y la pobreza estructural en América Latina generan sufrimientos que atraviesan generaciones enteras, erosionando la confianza social y debilitando el sentido de comunidad.

El psicoanalista Dori Laub (1992), en su trabajo con sobrevivientes del Holocausto, mostró cómo estos traumas colectivos no solo deterioran la memoria individual, sino que modifican la forma en que se recuerda, se comunica y se transmite la experiencia. Los traumas masivos pueden producir silencios colectivos, lagunas narrativas y rupturas en el sentido de continuidad histórica, afectando la identidad tanto personal como comunitaria. En este sentido, la memoria colectiva, las narraciones compartidas, los símbolos culturales, los rituales conmemorativos y los espacios de memoria cumplen un papel esencial en la reparación psíquica y cultural.

Desde una perspectiva contemporánea, el Dr. Gabor Maté (2010) enfatiza que el trauma no es lo que nos sucede, sino aquello que ocurre dentro de nosotros como resultado de lo vivido, especialmente cuando no hay un entorno que pueda sostener el dolor. Aplicado a lo social, esto significa que una comunidad traumatizada tiende a desconectarse de su capacidad de sentir, de empatizar y de organizarse colectivamente, lo que perpetúa patrones de violencia, exclusión y disociación. Maté advierte que muchas de las disfunciones sociales —adicciones, violencia, polarización— son intentos fallidos de regular un dolor colectivo no reconocido. Reconocer el trauma social implica crear entornos que favorezcan la seguridad, el cuidado mutuo y la expresión emocional, para que el dolor acumulado pueda procesarse en lugar de seguir siendo actuado.

Por su parte, Thomas Hübl (2020) plantea que el trauma colectivo no desaparece con el paso del tiempo: queda inscrito en el inconsciente cultural y en los cuerpos de las siguientes generaciones como una “carga energética no resuelta”. Para Hübl (2020), sanar implica desarrollar conciencia relacional y presencia compartida, generando espacios donde las memorias dolorosas puedan emerger sin juicio y ser integradas en la conciencia colectiva. Esta labor requiere no solo intervención terapéutica individual, sino procesos comunitarios de diálogo, rituales de reconciliación y prácticas restaurativas que restablezcan el flujo de conexión entre los miembros de la comunidad y con su historia.

Los traumas sociales y colectivos tienen características particulares: los perpetradores muchas veces son instituciones sociales (el Estado, las estructuras económicas, las leyes o políticas), no solo individuos; el daño tiende a normalizarse o invisibilizarse, e incluso puede llegar a naturalizarse culturalmente; existe una dimensión intergeneracional, en la que los efectos psicológicos se transmiten a través de historias familiares, silencios, mitos, actitudes y patrones relacionales.

Por ello, las respuestas comunitarias necesarias para la sanación incluyen justicia, reconocimiento, reparación real y reparación simbólica, reconstrucción de narrativas, espacios de memoria, rituales colectivos, y acciones políticas que transformen las estructuras de opresión. Solo a través de un proceso consciente y sostenido, que combine la desidentificación con el trauma, la comprensión histórica, apertura emocional y compromiso social, puede comenzar a liberarse el potencial vital bloqueado por el trauma colectivo, permitiendo que las comunidades recuperen su capacidad de crear futuro.

Desarrollo de la interocepción para sanar el trauma.

Para poder trabajar con nuestro trauma es esencial desarrollar la interocepción porque nuestro cuerpo nos muestra, a través de las sensaciones corporales, cuáles son las necesidades que tiene.

La interocepción es la capacidad de percibir señales internas del cuerpo (latidos, respiración, tensión, temperatura). Stephen Porges (2011) con su Teoría Polivagal destacó el rol del sistema nervioso autónomo y del nervio vago en la regulación del estrés, proponiendo intervenciones que promuevan seguridad biológica (respiración consciente, movimiento suave). Lisa Feldman Barrett (2017) ha mostrado cómo las emociones se construyen a partir de sensaciones internas. Peter Levine (1997) y Pat Ogden (2006) desarrollaron terapias somáticas que trabajan la conciencia corporal y la interocepción para integrar experiencias traumáticas y restaurar la autorregulación.

Sanar el trauma —individual, complejo o colectivo— requiere abordar tanto la dimensión psicológica como la corporal y social. La teoría del apego muestra la importancia de los vínculos tempranos; el trauma complejo evidencia el impacto profundo de la violencia sostenida; el trauma social revela cómo el sufrimiento puede atravesar generaciones y normalizar el abuso; el trabajo interoceptivo ofrece vías para restaurar la seguridad interna. La integración de estos enfoques permite reconstruir la confianza, la autorregulación y la conexión con uno mismo y con los demás. A través del trabajo psicocorporal humanista es posible observar la contradicción de dos fuerzas opuestas coexistiendo: el anhelo de un vínculo significativo y la inhibición al momento de profundizar y sentir a causa del trauma, por lo tanto la creación del carácter, Negrete (2025).

Para poder saber lo que el cuerpo nos está pidiendo, hemos de desarrollar la capacidad de estar en contacto con las sensaciones y sentimientos que tenemos hoy (Bailey, 2025).   La capacidad de sentir a detalle el mundo, es posible gracias a la exterocepción (la capacidad de percibir lo de afuera con nuestros 5 sentidos tradicionales), la propiocepción (capacidad de percibir la posición y movimiento del cuerpo sin verlo), la interocepción (propiamente la sensación misma, como el hambre, etc. y la información que llega al cerebro desde las vísceras a través del nervio vago). Si se fortalecen estas vías de conocimiento, esto nos ayuda a la regulación del stress, a la toma de decisiones, a aminorar trastornos de ansiedad, etc., y trazar un puente entre las emociones y el soma, favoreciendo la autorregulación en general. Por último, tenemos la neurocepción (la capacidad de notar si un lugar o persona es seguro o no) (Porges, 2011).  Estas habilidades juntas crean un diálogo interno que nos dice, si contactamos, qué sentimientos hay en el momento presente dentro de nosotros y, por lo tanto, que necesidades tenemos. Son formas de percibirnos corporalmente y en relación que se practican en centramiento. En PHC, deben ser practicadas tanto por parte del terapeuta como del paciente, a quien le enseñamos a recordarlo, si lo ha olvidado (Bailey, 2025). Todo esto confluye para trabajar carácter, trauma y tipos de vinculación.

La seguridad es esencial para poder trabajar el trauma.

Hay una estrecha relación entre crear espacios de seguridad y el concepto de regulación. Debido al trauma y a la falta de aprendizaje y de ignorancia que tenemos los neuróticos con respecto a nosotros mismos, olvidamos verificar cómo nos regulamos y si nos desregulamos.  Comúnmente, estamos más desregulados que regulados y tenemos que reaprender a regularnos, por un lado, y a verificar propioceptivamente con nosotros mismos cómo nos estamos regulando-desregulando en varias ocasiones durante el día, ante diferentes eventos externos e internos. Esto no va a ser posible, si no reaprendemos en un espacio de seguridad relacional. Esta es la condición fundamental para que la psicoterapia funcione:  que el terapeuta pueda crear y sostener espacios explícitos de seguridad en donde, a partir de su propia regulación y observación de la autorregulación propia, pueda crear y modelar para que el paciente reaprenda a regularse y desde ahí poder crear la magnífica corregulación terapéutica. Maté (2023) indica que el “alfa y el omega” de la sanación es la seguridad, y estoy de acuerdo (Bailey, 2025). La visión de la PHC tiene muchas formas de lograr un espacio de seguridad a partir de: la comunicación explícita de la empatía, de los reflejos no verbales, de la empatía somática para empatarnos con la respiración, los reflejos de contenido y sentimientos, de la concretización, de la congruencia, el respeto, la autenticidad, etc. (Rogers, 2000).

Todas estas actitudes/valores/conductas son fundamentales en nuestra visión y desempeño como psicoterapeutas. Si no hemos creado este espacio de seguridad relacional y seguridad psicosomática en nuestro proceso personal, no vamos a trabajar con técnicas corporales, ya que este es un requisito y condición previa que permanecerá como tal en todo el proceso terapéutico.

Trabajo personal del terapeuta y contratransferencia.

Cada día aprendemos más sobre el autoolvido y el descuido que tenemos los terapeutas con respecto a nosotros mismos y nuestras formas regulatorias, ya que crónicamente nuestros propios traumas y las creencias derivadas nos llevan a poner atención al otro y no a nosotros mismos. Este descuido crónico es un formato conductual que compartimos y tenemos que atender colectiva y personalmente. Cada vez es más importante durante la sesión y durante el resto del día ir haciendo pausas para preguntarnos a nosotros mismos cómo estamos en ese momento, aceptando la respuesta a priori. Podemos darnos cuenta de que hay transferencias somáticas muy sutiles ante lo que le pasa al paciente, es decir a mí me pasan cosas y mi cuerpo me da sensaciones que es importante escuchar y darles espacio. Ahora, con la moda de trabajar el trauma y la sobreprotección del tema y la idealización del mismo, se pretende en algunos ámbitos que los terapeutas no suframos de trauma vicario, que es el trauma secundario, es decir, nosotros no hemos vivido el trauma específico de nuestro paciente, pero a partir de su revivenciación y relato, nos traumatizamos al estar expuestos. Tenemos que autorregularnos y poder darnos un espacio seguro mientras esto pasa, siendo conscientes de su posibilidad, respirar, y contenernos. Sin embargo, no podemos no tener un rebote traumático a partir de la experiencia del otro. No puedes pedirle a un bombero que no inhale humo, es irreal y se convierte en una exigencia en nuestro gran repertorio de exigencias. Lo que es sustancial tener siempre es un espacio de Supervisión en donde podamos ir, minuciosamente, viendo lo que nos pasa con cada paciente. Estar en Supervisión es un deber, es una obligación, es un gusto y un placer. Es un derecho y es un acto fundamental de respeto y amor a nuestra persona y a nuestros pacientes, a nuestro gremio, además de ser éticamente indispensable. No entramos a Supervisión cuando nos estamos ahogando con un paciente y un tema es muy grave ; en el momento en que eso pasa ya deberíamos estar en Supervisión, muchas veces las personas dicen no está pasando nada extraordinario como para estar en Supervisión y eso es un producto del autoolvido crónico de su persona, es decir, no aprendemos a nadar cuando estamos en medio del océano, sino desde antes, es un espacio de seguridad y contención que merecemos sostener durante toda nuestra vida de psicoterapeutas.

La Dra. Pamela Chubbuck (2013) afirma que los temas de la contratransferencia, no deben ser negados ni tapados, sino al contrario, traen grandes tesoros, tanto al terapeuta como al cliente y entender y trabajar con ella, es clave para ser un terapeuta efectivo.

Neurobiología del trauma.

Como psicoterapeutas, debemos conocer sobre la neurobiología del trauma, es decir, comprender la mayor parte de los procesos que suceden a nivel biológico y del sistema nervioso cuando se vive una situación traumática.

Comprender que nuestras emociones y reacciones tienen una base biológica nos permite tener una idea del alcance que tiene lo biológico en lo emocional y conductual. Cuando se vive trauma de manera crónica o constante, la amígdala se activa constantemente y la ínsula va sufriendo detrimentos. Asimismo, hay afectaciones en el funcionamiento de la memoria porque el hipocampo va reduciendo su tamaño. Un gran autor que explica lo que sucede en el sistema nervioso como consecuencia del trauma es Bessel Van Der Kolk (2020) en su libro El cuerpo lleva la cuenta.

Memoria somática y respuestas de activación en el trauma.

Existe una memoria somática y a partir de ella se generan respuestas de activación ante estímulos ambientales, que nos llevan a vivir una situación como amenazante, provocando que nuestro sistema nervioso se ponga en estado de alerta.

Estas experiencias que no están procesadas a nivel emocional y físico se van almacenando en el cuerpo, incluso si no somos conscientes de ello. Esto va generando tensiones musculares crónicas que van creando una coraza en el cuerpo que sirve para protegernos de sentir. Esta coraza es el carácter con el que trabajamos en PHC a través del trabajo con el cuerpo. Asimismo, es vital trabajar en terapia la regulación del sistema nervioso para ir liberando esta memoria somática que nos lleva a reaccionar una y otra vez ante las situaciones de la vida como si fueran amenazas del pasado.

Ventana de Tolerancia.

Todos tenemos una ventana de tolerancia (Siegel, 2020) dentro de la cual podemos autorregularnos. Es valioso identificar si el cliente está dentro de su ventana de tolerancia, en hiper activación o en hipo activación. Una ventana de tolerancia más pequeña implica una menor capacidad para procesar las emociones. En el proceso de psicoterapia se puede ir ampliando esta ventana de tolerancia, para que el consultante vaya mejorando su autorregulación. Cuando una persona trabaja el trauma, debe tener una ventana de tolerancia que permita que pueda trabajar con estas situaciones que han ido formando su carácter. Parte del trabajo en la PHC es ir ampliando esta ventana de tolerancia (ampliando el bowl, como la maestra Marilenca Bailey nos ha mencionado en clases y talleres).

Para favorecer la autorregulación del consultante es importante que el psicoterapeuta conozca sobre el concepto de ventana de tolerancia (propia y ajena).

Teoría Polivagal, funcionamiento del sistema nervioso y trauma.

La Teoría Polivagal de Stephen Porges (Porges, 2020) es un gran paso para comenzar a comprender cómo funciona el sistema nervioso autónomo al vivir situaciones de estrés y trauma. Conocerlo nos permite saber sobre cómo regularlo.

Esta teoría plantea que existen 3 diferentes estados fisiológicos que pueden ser activados en una situación de amenaza externa:

  1. Vagal ventral: Es el primero que entra en funcionamiento, es decir, la persona inicialmente busca resolver la amenaza desde este estado. Aquí se da la interacción social y la persona busca apoyo social para resolver la situación. Esto se debe a que nuestros cerebros como mamíferos han evolucionado y están diseñados para ser miembros de una tribu. El trauma nos aísla y desincroniza de los demás.
  1. Simpático: Cuando la situación de amenaza no se logra resolver a través del apoyo social (vagal ventral) entonces entra en funcionamiento el sistema simpático. Se da una respuesta de lucha o huida en la cual se liberan hormonas del estrés como cortisol y adrenalina. Esta activación no se puede sostener durante mucho tiempo porque entonces la persona moriría, pues es una respuesta que moviliza recursos que normalmente se utilizan para estar sanos a largo plazo como sanación de tejidos, crecimiento, fertilidad. El cuerpo decide utilizar sus recursos en lo urgente y quitarlos de aquello que es importante pero no urgente.
  1. Vagal dorsal: Finalmente, si la amenaza no se pudo resolver a través de la lucha o huida, entonces entra en funcionamiento esta estrategia que lleva a la persona a una paralización, colapso o congelamiento. La persona pierde contacto con ella misma y el entorno, teniendo respuestas de disociación e incluso desmayo. Aquí está el origen de la mayoría de los traumas. Para lograr esa disociación, el cuerpo libera opiáceos que evitan que se sienta dolor. Si la persona vive de manera continua esto el cuerpo se llena de opiáceos, saturando los receptores, generando una analgesia que impide regresar a un estado de relajación.  Permaneciendo en el sostén del carácter y relacionándose con ese tipo de vinculación.

En la intervención de PHC, se trabaja en invitar a activar el sistema nervioso parasimpático para crear un espacio seguro, y también se fomenta el trabajo somático que permite ampliar la ventana de tolerancia.

Completar las respuestas de supervivencia y la sanación del trauma.

Parte de poder procesar el trauma a nivel biológico implica poder completar las respuestas de supervivencia que quedaron truncas en el momento de haber vivido trauma (Levine, 1999). Es por ello que la PHC puede favorecer que suceda este proceso biológico en el consultorio en un ambiente seguro y protegido donde el cuerpo pueda liberar y expresar eso que trae dentro y que, mientras no sea procesado, generará síntomas físicos y emocionales.

Arraigar y desarraigar para apoyar la sanación del trauma.

Estar arraigado es estar presente, enfocado, dinámico, es estar aquí y ahora. Según Lowen (1993), arraigar es madurar. Si nos arraigamos, descargamos energía hacia la tierra y cargamos energía de ella, permitiendo que la gravedad trabaje en nosotros sin oponernos. Arraigarse es un acto cocreativo, es vivir más responsablemente. Si estamos arraigados nos apoyamos en nuestra vida y estamos en contacto con la realidad, estableciendo un contacto con el planeta, con la tierra (Bailey, 2016).

En términos de trauma y de arraigo, podríamos decir que la respuesta sabia en el “allá y entonces” de Fight, Flight, Freeze o Fawn (las famosas 4F de respuesta traumática) son respuestas arraigadas psicocorporal y somáticamente, de manera consciente o inconsciente o generalmente semiconsciente en el cuerpomente . Estas conductas de sobrevivencia, que tanto nos sirvieron, necesitamos irlas concientizando y desarraigando para que no sean siempre nuestro único repertorio de respuesta automática en el presente. Vamos a ir trabajando poco a poco el trauma y simultáneamente vamos a ir arraigando nuevas conductas autorregulatorias más actualizadas, a través de la observación de nuestro sistema regulatorio, de los sentimientos presentes, de las necesidades presentes, de la verificación con el afuera, de una mayor confianza en nuestras propias respuestas y sabiduría organísmica, así como de formas más conscientes de respiración y de silencio, etc.  Es decir, simultáneamente, estamos desarraigando y arraigando diferentes conductas y posturas, de manera propositiva y consciente. EL arraigo en conjunto con el centramiento y la presenciación colaboran en la profundización del trabajo con carácter, trauma y vinculación. (Bailey, 2025)

Trabajo con el trauma y apertura de la conciencia.

Feldman Lisa et al. (2018) señala que las emociones son construcciones activas del cuerpomente en su contexto. Es decir, cuando la propiocepción no es adecuada o está anestesiada, disminuye la capacidad empática y la percepción externa del mundo. Por eso, las personas cuando trabajamos el trauma, literalmente vemos mejor, percibimos con más claridad, etc., se abre la percepción/consciencia. Algunos vínculos empiezan a aparecer como más afectivos, y no solo necesarios o funcionales. Empezamos a poder diferenciar qué tipo de vínculos tenemos con diferentes personas y a elegir más libremente la manera en cómo queremos vincularnos. (Bailey, 2025)

Conclusión.

En este artículo hemos hablado sobre el trauma, cómo se origina, el impacto que tiene sobre el sistema nervioso y la importancia de que los PHC lo trabajen en sí mismos y acompañen al paciente a trabajar el trauma en él o ella. Esperamos que con esta lectura se despierte la curiosidad por seguir aprendiendo de este tema esencial para el proceso de desarrollo de todos nosotros.

Recomendamos ampliamente que como PHC en formación se nutran de las lecturas que se refieren en este artículo para que su conocimiento sobre el trauma siga creciendo y trabajen arduamente en su propia historia caracterológica y traumática.

 

Referencias

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