Psic. Yésica Vargas Martínez
“…De chica me decía esta es la forma correcta
De andar y de dirigirme a quien tuve adelante
De grande me costó a tropiezos poderme darme cuenta
Que había que volver a ser niña y desenseñarme
¿cómo callar, cómo dejar atrás lo que te pega?”
Remamos
Kany García
La salud mental es un objetivo ideal para alcanzar en el proceso psicoterapéutico, no obstante, antes de poder colocar este principio como eje conductor del trabajo, es fundamental entenderlo.
Se ha ligado la salud mental con la normalidad, ya que se asocia a la adaptación a las normas establecidas, a lo común, a aquello que responde a las expectativas de lo cultural y social (Bailey, 1985). Para la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018), la salud mental es definida como “un estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias aptitudes puede afrontar las presiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y contribuir a su comunidad”. La normalidad como ha planteado Bailey (1985) al referirse a la postura de la antipsiquiatría, implica someterse y perder libertad, habla de la adaptabilidad y de la capacidad de productividad. Por lo tanto, esta definición, presenta limitaciones, presupone la existencia de condiciones de vida justas y omite el impacto de las desigualdades de género, clase y raza.
En contraposición, la enfermedad mental suele abordarse desde clasificaciones psiquiátricas como el DSM-5 o la CIE-11, en donde se catalogan síntomas en entidades diagnósticas, que son utilizadas para medicalizar. La clasificación de los trastornos mentales es una recopilación de síntomas que tratan de encontrar la verdad del malestar, inadaptación, perturbación o disfunción que rompe con la normalidad. Estas categorías son estilos rígidos que responden a un patrón idiosincrásico de percibir, sentir, pensar, afrontar y comportarse del individuo, respondiendo a fallas individuales sin considerar las condiciones sociales. Este enfoque tiende a la homogenización, despolitizando experiencias de sufrimiento, construyendo desde este punto de vista, que la anormalidad es concebida como una etiqueta peyorativa.
Por ejemplo, cuando se trata de desacreditar cualquier argumento se le llama a esa persona “loca” para que pierda toda fuerza aquello que dice, sobre todo si ese discurso implica tocar intereses o cuestionar realidades, será señalado para no ser escuchado. Tenemos los casos de Galileo Galilei, Juana de Arco, Oscar Wilde, Virginia Woolf, Pita Amor, Leonora Carrington, Édith Piaf, y en este siglo está el caso de Sinéad O’Connor una mujer que fue cantante y compositora y que fue etiquetada como enferma mental, esto como resultado de su postura irruptora con sus canciones, y su discurso en entrevistas, en donde abordaba los abusos existentes por parte de la iglesia y de las instituciones religiosas y psiquiátricas.
Con base en esto, se puede inferir que la enfermedad mental es una forma de nombrar comportamientos no deseados que emergen en contextos de moralidad y política particulares (Vinacour, 2001).
La manera en que se define la salud mental y la enfermedad mental no es neutra, sino que responde a construcciones sociales, políticas y culturales. Michel Foucault (1976) señala que los saberes psiquiátricos han operado históricamente como dispositivos de control sobre los cuerpos y la sexualidad, definiendo la norma y castigando la desviación. La etiqueta de «anormal» puede llevar a la discriminación y exclusión del individuo, marcándolo como diferente o inferior, refuerza los valores de la clase dominante, perpetuando un sistema de conformismo y represión. Se utiliza para invalidar conductas que no se alinean con las expectativas sociales, limitando la diversidad, la creatividad y el cuestionamiento de las normas. La sociedad utiliza la etiqueta de «locura» para clasificar y controlar a quienes no se ajustan a sus normas (Nogueiras, 2019).
El modelo tradicional binario salud/enfermedad olvida que las mujeres habitan sociedades atravesadas por la violencia patriarcal, y que lo que muchas veces se cataloga como «trastorno» es, en realidad, la manifestación de una experiencia de opresión. Como señala Lagarde (1996), “la opresión histórica de las mujeres ha conformado un cautiverio existencial, donde la vida cotidiana se encuentra determinada por mandatos externos que afectan su subjetividad, su autonomía y su capacidad de decidir” (p. 23). En el caso de las mujeres, se vincula a la obediencia, la estabilidad emocional y la entrega a los demás, configurando una frontera difusa entre lo que se considera “salud” y lo que se etiqueta como “enfermedad”.
La conceptualización de la salud mental femenina no puede comprenderse al margen de los contextos históricos que han disciplinado los cuerpos y las emociones de las mujeres. Para ilustrar esto, se tiene la “histeria”, término que se vinculó a los atributos biológicos (útero) que explicaban la locura femenina, en la edad media los cristianos la consideraban como una posesión diabólica (justificación en muchos casos de la persecución y quema de brujas) y en el siglo XIX Freud identificó este término a las emociones, definiéndola como una enfermedad nerviosa crónica (Del Río, 2022). Planteaba que las mujeres al no obtener lo que deseaban de manera inconsciente (envidia del pene), desplazaban de manera imprevista sus síntomas hacia el cuerpo y esto, las imposibilitaba para todas sus actividades.
En función de esto, se justificaba la prohibición para que las mujeres hicieran tareas similares a la de los hombres para no correr el riesgo de “volverse histérica”. Es de esta forma que la histeria se utilizó para moldear la subjetividad femenina, consolidando lo que actualmente se reconoce como un nexo entre saber y poder.
Elaine Showalter (1985) plantea que, desde la cultura victoriana, se convirtió la feminidad en sinónimo de fragilidad psíquica, creando un doble estándar que perdura hasta la actualidad, esa producción subjetiva instala la ambivalencia: la salud mental se mide por la docilidad; la enfermedad por la rebeldía. De esta forma, la frontera diagnóstica se vuelve un instrumento que naturaliza jerarquías de género. Menciona Chesler que en el siglo XIX en Europa como en Norteamérica “el hombre tenía derecho por ley a encerrar a su esposa o a su hija en psiquiátricos … como castigo por ser demasiado arrogantes” (2019: 126p.), de igual forma, se utilizaba como excusa para poder casarse con otras mujeres. De esta manera se devela, cómo se ha utilizado la locura para castigar a las mujeres.
Desde esta perspectiva, la ambigüedad de salud/enfermedad en mujeres no es una falla descriptiva, sino el resultado de un régimen de verdad que privilegia ciertas experiencias y patologiza otras. En otras palabras, los atributos normativos del rol masculino son considerados como menos patológicos y los del rol femenino se patologizan con mayor frecuencia. (Bacigalupe, Gózalez-Rabago, Jiménez, 2022) Estos diagnósticos patologizan a las mujeres, categorizándolas de depresivas, enfermizas, locas, frágiles y peligrosas. El etiquetamiento puede generar sentimientos de inseguridad, vergüenza y aislamiento, lo que puede perpetuar el sufrimiento al invalidar la experiencia personal y reducir a la persona a un diagnóstico.
El etiquetamiento deshumaniza a la persona, transformándolo en un objeto de estudio; por ejemplo, se culpa a las madres de los hombres de haberlos vuelto locos o de ser depredadores sexuales. Por lo tanto, las mujeres son consideradas manipuladoras, madres frías o asfixiantes, cuentistas, infantiles y llevadas al límite por las hormonas (Chesler,2019) lo que da origen al trastorno. Desde este punto de vista, se le disculpa al agresor de sus actos, ya que es resultado de su infancia y su relación con las mujeres del primer vínculo.
Explica Burin y Dio Bleichmar que “el malestar femenino ha sido objeto de patologización, invisibilizando que su origen radica en la desigualdad y no en la biología” (1996:44p). Bajo esta lógica, lo que la psiquiatría diagnostica como depresión o ansiedad puede ser entendido, como la manifestación del malestar producido por la opresión estructural. Se culpa a la víctima por lo que le ha sucedido, las mujeres son vistas como individuos que no gozan de buena salud mental por no esforzarse o porque su cerebro es más pequeño.
Por su parte, Rita Segato enfatiza que la salud mental de las mujeres no puede analizarse sin considerar la violencia estructural “el cuerpo de las mujeres se ha convertido en el lugar donde se inscribe el mandato de dominación, un cuerpo atravesado por la violencia que no es solo individual, sino social y político” (2013:95p). De aquí se desprende que la salud mental no debe definirse desde la homologación, es necesario considerar lo que señalara Donna Haraway (1988) que “todo conocimiento es situado”, lo cual implica reconocer los sesgos de género en los marcos diagnósticos. Es entender que, la depresión o la ansiedad pueden ser derivadas de la precariedad, la sobrecarga de cuidados o la violencia y no exclusivamente de la neuroquímica.
Visibilizar que las limitaciones impuestas por las estructuras patriarcales, tanto materiales como simbólicas, son las que causan el malestar y la enfermedad de las mujeres, permite reconocer como se ha utilizado el debilitamiento físico, emocional e intelectual de las mujeres como una estrategia para su sometimiento y dominación, impidiendo su acceso al poder, al conocimiento y a la autonomía, apoyando de esta manera que se perpetúen los estereotipos, prejuicios, clichés y convenciones rígidas.
Alicia Puleo, agrega que “la salud mental de las mujeres exige pensar en autonomía corporal y simbólica, pues sin estas dimensiones, cualquier noción de bienestar resulta incompleta” (2015: 112p). De esta manera, la enfermedad mental en las mujeres aparece como un diagnóstico que naturaliza la desigualdad: lo que en realidad es un síntoma social que se convierte en un trastorno individual. Este enfoque intensifica la disparidad cuando no se considera la intersección de género con clase, raza, sexualidad que muestran las opresiones que se entrecruzan de formas específicas.
En la actualidad, esta tendencia persiste. La Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2020) señala que las mujeres presentan una prevalencia dos veces mayor de depresión y ansiedad que los varones. Sin embargo, estos datos pocas veces se analizan en relación con las condiciones sociales de sobrecarga doméstica, violencia sexual y falta de autonomía económica. Del Río (2022) coincide con estos datos, que son resultado del estrés relacionado con las expectativas que se atribuyen a su género; el perfil principal de mujeres con depresión y ansiedad son amas de casa, con estudios primarios que conviven con su pareja y tienen condiciones laborales injustas, dando cuenta así de la afectación en mujeres por su condición social, cultural e histórica. Lagarde señala que “el sufrimiento de las mujeres no es una esencia; es el efecto histórico de relaciones de poder” (1996: 151p.).
La medicalización ha sido un vector para alienar la conducta de las mujeres a la “normalidad” y que continúen funcionando en su vida cotidiana. Desaparecer el dolor oculta las causas estructurales, mirando la salud de manera paliativa en donde se promete bienestar sin transformar las condiciones que enferman. En este punto se vincula el interés capitalista de la industria farmacéutica, que impulsa la prescripción de antidepresivos en mujeres produciendo medicamento dirigido específicamente hacia este sector.
Las empresas farmacéuticas responden a intereses políticos y económicos, lo que implica buscar beneficios para sus arcas, que están representados en las grandes ventas de fármacos para la depresión y ansiedad. Si consideramos que en México 2 de cada 10 mujeres padecen depresión y que es, el principal motivo de discapacidad (OMS,2023), la medicalización estaría respondiendo a la necesidad de los intereses capitalistas, es decir, que las trabajadoras no dejen de producir, pero al mismo tiempo que no dejen de consumir su “remedio”. Se médica a las mujeres para que, no dejen sus trabajos, sus ocupaciones domésticas y de cuidados a los demás, para que “funcionen” de manera óptima en su vida diaria. Del Río puntualiza que “la industria farmacéutica es la encargada de promocionar nuevas etiquetas diagnósticas con el fin de vender la solución a dicho problema, especialmente cuando necesitan extender los tiempos de sus patentes y ampliar o potenciar su mercado” (2022:63p).
Esto conlleva a feminizar el malestar dentro del mercado farmacológico, con impacto en el ámbito social, sin tener ningún interés en indagar el origen de la disparidad que existe entre mujeres y hombres con depresión y ansiedad.
A principios de los 60´s en Estados Unidos se observó un despunte de los índices de mujeres que consumían bebidas alcohólicas, llamando la atención de las dependencias de salud, esto debido a la amenaza que implicaba directamente para las familias estadounidenses. El trasfondo de este repunte se debía a la depresión que estaban viviendo muchas mujeres de clase media, las que recurrían al alcohol para poder seguir cumpliendo en su hogar. La solución fue la medicalización, dando resultados satisfactorios, ocultando de esta manera, la condiciones en que seguían viviendo. La soledad, la violencia, la frustración, la indiferencia y desolación seguían en sus vidas cotidianas, solo que ahora tenían una forma aceptada de lidiar/adormecer eso.
Ya Virginia Woolf (1987) planteaba en su época, que el trabajo doméstico engendra el dolor y la soledad como una conmoción emocional de profundo impacto en la vida cotidiana, en otras palabras, es una actividad donde no existe ningún reconocimiento, es repetitivas y se hace en completa soledad, que se enmarca un entorno de sobre exigencia para llevar a cabo dichas actividades con naturalidad y deleite. Esta lucha interna entre lo que se vive y lo que se esperaba de ellas, las desdibujaba de su propia existencia, su única salvación es el Prozac.
Del Río (2022) pone de manifiesto que las mujeres también han aceptado los diagnósticos como resultado de la necesidad de nombrar su malestar, de que les sea reconocido (aun con la etiqueta) que algo realmente les esta pasando, que su entorno pueda darle tregua o justificación a su “incompetencia”.
Explorar la influencia que tiene la construcción de género en la concepción de la salud mental, permite reconocer que las mujeres serán diagnosticadas principalmente desde un sistema biomédico patriarcal, de tal manera que se busque que cumplan con sus roles, perdiendo autonomía y creatividad en su comportamiento y emociones.
Como ya se mencionó anteriormente, la ruptura de estereotipos implica un cuestionamiento de la cordura, Prati (2025) reconoce que la ira de las mujeres es considerada como una patología y si es en mujeres negras es un estigma; sin embargo, en los hombres no es tomado en cuenta para diagnosticarlos. Por lo tanto, los trastornos mentales se asignan de manera diferenciada a hombres y mujeres. Del Río señala que “el conjunto de estos sesgos sexistas que la psiquiatría ha utilizado para elaborar los constructos en salud mental se ha denominado “sexismo institucionalizado”, el cual patologiza en mayor medida a las mujeres que a los hombres” (2022:67p).
En este mismo tenor, Chesler (2019) puntualiza que en el entorno psiquiátrico se considera que la ira excesiva en una mujer es un signo de desequilibrio mental, que un interés desmesurado por asuntos espirituales es síntoma de esquizofrenia, que el exceso de empatía es una grave falta de profesionalidad, que el exceso de compasión supone un impedimento en la pericia del conocimiento, reflejando con esto, la ambigüedad que existe en los diagnósticos y en lo que se espera naturalmente de lo femenino. Es evidente que desde el conocimiento dominante (patriarcal) se define lo que es exceso o la desmesura de las mujeres, para etiquetarlos según convenga como normales o anormales.

De esta forma se consigue sostener y perpetuar la dominación de las mujeres al sistema patriarcal, que castiga duramente la rebeldía y resistencia de estas. Esto se puede leer como un interés profundo de que las mujeres extingan cualquier estrategia para protegerse y defenderse ante las diferentes formas de violencia que puedan existir en su vida. Debilitar a las mujeres individual y colectivamente, física, emocional e intelectualmente, privarlas de todo aquello que les posibilita tener poder sobre sus vidas y hacerlas dependientes, se muestra como uno de los intereses primordiales del patriarcado (Nogueiras,2019).
Con base en esto, es necesario contar con una visión amplia de lo que implica en este momento de la historia el concepto de salud y enfermedad mental, así mismo, es indispensable reconocer la influencia que existe en las aulas universitarias, para permear las normas del sistema dominante en el quehacer psicoterapéutico, con el fin de poder plantear una postura clara de abordaje clínico.
Contemplar la tergiversación entre lo que se concibe como salud mental y el sesgo en los diagnósticos a partir de una visión binaria de género, da la posibilidad de cuestionarse el enfoque dominante que rige el conocimiento y las instituciones vinculadas a la salud mental.
Por lo tanto, resulta imprescindible profundizar que la identidad de cada persona es atravesada por múltiples factores de interseccionalidad. Es fundamental entender que la salud mental o enfermedad mental no son conceptos estáticos, sino que se encuentran estrechamente ligados a los contextos sociales, políticos y económicos de cada época, lo cual permite comprender la complejidad y el dinamismo que los caracteriza.
Desde la antipsiquiatría y el feminismo se busca desarticular estos discursos y prácticas, promoviendo una perspectiva biopsicosociopolítica de la salud que transforme las estructuras sociales y culturales que afectan el bienestar común e individual (Nogueiras, 2019; Bailey, 1985). Aunado a esto, en la psicoterapia humanista corporal se descentra el paradigma biomédico y enfatizan la integración cuerpo-mente-contexto, la complejidad y subjetividad de las personas consultantes. Esta visión reorienta la clínica hacia la experiencia encarnada, un enfoque que es de suma relevancia en la atención con las mujeres, ya que implica recuperar el cuerpo como un acto político de reapropiación y no como un simple soporte de síntomas. No se busca suprimir el malestar, sino que lo aborda como señal de un conflicto con raíces relacionales y sociopolíticas. Es acercarse integralmente a la complejidad, visualizando lo obvio y lo oculto, lo consciente y lo inconsciente de la causa y del objetivo.
Este marco permite concebir la intervención como restitución de agencia en mujeres cuya autonomía fue minada por el sistema patriarcal. Esto demanda reconocer las condiciones materiales de la vida de las consultantes, respetar su agencia y comprender la relación terapéutica como un proceso ético[1]. En este sentido, equivale a no devolver a las mujeres a roles que las dañan, sino a acompañar procesos de autonomía y justicia subjetiva, siempre que se conserve una lectura crítica del poder y una ética de la responsabilidad.
Carol Gilligan (2013) plantea que la ética de la responsabilidad hace referencia a la interdependencia y las relaciones humanas. Considera a las personas como seres con identidad, historia y emociones específicas, destacando la singularidad de cada individuo. Esta ética enfatiza conceptos como responsabilidad, compromiso y no violencia, y busca atender las necesidades de los demás desde una perspectiva de sensibilidad y empatía.
En este contexto, resulta esencial ejercer una vigilancia rigurosa para prevenir la adopción de enfoques esencialistas o la implementación de prácticas que despoliticen el malestar, así como narrativas revictimizantes.
La propuesta es vincular procesos individuales con el análisis estructural (integrar la historia de violencia, redes de apoyo y condiciones socioeconómicas), así como de la existencia de modelos claros en formación, supervisión y atención. Será entonces que el objetivo será no tratar de normalizar sino de posibilitar vidas vivibles.
“Tienes que ocultar lo que eres y eso es realmente estresante y muy malo para tu autoestima. Porque no es obvio para las personas que estás enfermo, te tratan como si fueras un fastidio, y entonces te castigas a ti mismo, y ya te estás
castigando como parte de la enfermedad mental.”
Sinéad O’Connor
Referencias
- Aylon, J. R. (2024). La conciencia. En INTEGRA (Compilación de lecturas del tercer semestre, 79-89). INTEGRA.
- Bailey, (1985). Antipsiquiatría: El concepto de la normalidad. Una revisión bibliográfica. Universidad Iberamericana.
- Bacigalupe, , González-Rábago, Y., & Jiménez-Carrillo, M. (2022). Desigualdad de género y medicalización de la salud mental: factores socioculturales determinantes desde el análisis de percepciones expertas. El Sevier.
- Butler, (2004). Undoing gender. Routledge.
- Chesler, (2019). Mujeres y locura. Continta me tienes.
- Del Río Pedraza, C. (2022). La medicalización del malestar en la mujer. Una valoración crítica. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 42(141).
- Foucault, (1976). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica.
- Gilligan, (2013). La ética del cuidado. Cuadernos de la Fundación Víctor Grífols i Lucas.
- Gebara, (2002). Intuiciones ecofeministas. Trotta.
- Haraway, (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575–599.
- Herman, (1992). Trauma and recovery. Basic Books.
- Lagarde, M. (1996). Los cautiverios de las mujeres. Universidad Nacional Autónoma de México.
- Lowen, (1975). El lenguaje del cuerpo. Herder.
- Nogueiras García, (2019). La salud en la teoría feminista. Revista Internacional de Estudios Feministas, 4(1), http://dx.doi.org/. [URL]
- Organización Mundial de la (2018). Salud mental: fortalecer nuestra respuesta. OMS. https://www.who.int/es/health- topics/mental-health#tab=tab_1
- Organización Mundial de la (2018). Depresión. OMS. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/depression#:~:text=Las%20mujeres%20son%20m%C3%A1s%20propensas%20a%20la,de%20los%20adultos%20mayores%2 0de%2060%20a%C3%B1os
- Prati, R. (2025). El lugar de la depresión: Feminización e interiorización del malestar. Revista de Género La ventana, (61), https://doi.org/10.32870/lv.v7i61.7858
- Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
- Showalter, E. (1985). The female malady: Women, madness, and English culture.
- Vinacour, (2001). Estilos de Personalidades y Polaridades: La teoría de Millón aplicada a la terapia gestáltica. Revista Figura Fondo, (10). Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt.
- Woolf, (1987). Una habitación propia. Seix Barral.
[1] La ética implica un trabajo de la razón, hace referencia a que es producto de la autorreflexión, no es algo impuesto, proviene de la motivación de la consciencia, es un acto libre (Aylon,2014)

