Dra. Ana María González Garza
La vida es un proceso de muerte y renacimiento. Noche a noche morimos a una forma de ser para renacer a una nueva forma de existencia.
En la madrugada del 5 de octubre del 2023 se cerró el telón de mi danza en el escenario de la vida. Fui internada en el hospital sin signos vitales y trasladada de inmediato a la unidad de terapia intensiva (UCI), donde permanecería sedada el tiempo necesario para sobrevivir por mi cuenta. El avance de la ciencia y la tecnología médica de punta, así como la atención especializada del personal sanitario altamente capacitado, me permitieron continuar danzando en el escenario en el que actualmente me encuentro.
Afortunadamente, a lo largo del proceso de sedación, dejé de tener consciencia[1] de mí misma y de la realidad circundante. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, de pronto la mente comenzó a generar una intensa actividad que no puedo explicar: se trataba de una interminable pesadilla en la que me sentía aprisionada en un espacio reducido del que no podía salir.
En mi pantalla interior, de pronto aparecían una serie de problemas que tenía que resolver para salir del espacio en el que me encontraba encerrada. A veces eran piezas de un rompecabezas que no lograba ensamblar; en otras, fórmulas matemáticas incomprensibles, jeroglíficos y textos indecifrables. La desesperación y el miedo me embargaban en aquel silencio absoluto. De pronto aparece el busto del perfil de una cabeza humana oscura y sin facciones, que permanecía en silencio, ausente, irreflexiva. Al verla reconocí a mi conciencia tal como estaba en aquel momento, en un estado total de inconsciencia. La llamaba, le pedía que no me dejara, que por favor despertara para poder liberarme de la prisión en la que estaba, pero no había respuesta.
Entonces, a mi derecha, logro ver un tenue rayo de luz que ilumina la cara amable y sonriente de Ana, mi nieta, mi mejor amiga, mi confidente. Me miraba amorosamente; sus labios se movían, pero no lograba escuchar lo que decían. Fueron aquellos los únicos momentos en los que me sentí tranquila, en paz y con un intenso deseo de vivir. Días después, cuando cobré conciencia de mí misma, me comentó que esa noche había llegado de Alemania para acompañarme.
Cuando al fin me dieron de alta en la UCI, me transfirieron a la unidad de terapia media, donde, afortunadamente, permitieron que Carlos me hiciera compañía. Me sentía perdida; no entendía la razón por la que estaba en aquel lugar. Durante el día me comportaba como una buena persona; los médicos de guardia y las enfermeras me atendían bien, a pesar de mis limitaciones físicas y psicológicas. Continuaba inmersa en la confusión, incapaz de organizar mis pensamientos, de encontrar las palabras para expresar lo que sentía y lo que necesitaba, así como tampoco de comprender la causa por la que estaba en ese estado y lugar. El espacio en el que estábamos lo percibía como una jaula enorme, a media luz y en silencio absoluto.
Al llegar la noche me invadía la angustia, una ansiedad incontrolable. Mi lenguaje era desarticulado, incoherente y confuso. Actuaba como una loca, enojada, agresiva, furiosa. En los esporádicos momentos de lucidez no solamente me sentía avergonzada, sino que me daba pánico que me fueran a internar en la unidad de psiquiatría de donde no me dejarían salir, pues lo primero que suelen decir los ahí internados es que no están locos.
No entendía por qué no eran capaces de comprenderme ni de empatizar con lo que estaba viviendo. Carlos intentaba calmarme. Las enfermeras y los jóvenes médicos de guardia no sabían qué hacer conmigo; se limitaban a observarme, entre intrigados e impotentes. Me pedían que me calmara e intentara dormir. Una semana después me dieron la buena noticia de que ya tenía asignada una habitación privada. Fue algo así como llegar al cielo después de haber pasado lo que hoy en día puedo llamar el purgatorio.
Volví a la vida, valorando más que nunca la experiencia de convivir con mis hijos, mis nietos y con otros miembros de mi familia extensa y mis grandes amigos. Tuve la oportunidad de hablar sobre mi experiencia con mi neumólogo y buen amigo, quien me explicó que la reacción secundaria es propia de los fármacos y drogas que se utilizan para inducir en los pacientes un estado de coma profundo. Sin lugar a dudas, esta ha sido una experiencia que marcó mi vida.
Casi un mes después, al volver a casa retomé mi acostumbrada reflexión sobre qué aprendizaje me había dejado esta experiencia. Me pregunté sobre cuál podría ser la razón por la que continúo con mi danza en el escenario de la vida y llegué a la conclusión de que no se trata de un por qué, sino un para qué tiene sentido que siga danzando en esta dimensión. Mi eterna inquietud por llegar a comprender el misterio de la conciencia y su proceso evolutivo me ha llevado a internarme en temas relacionados el origen del Universo, la trascendencia, la verdadera espiritualidad, el inconsciente colectivo, la física cuántica, la esencia que soy y que somos, la Totalidad, lo Absoluto, la Conciencia Unitaria, la Vida después de la vida, la Unidad que somos en esencia y a la que todos somos llamados independientemente de las diferencias individuales.
Hoy en día creo que la vida es un proceso de muerte y renacimiento, morimos a una forma de ser para renacer a una nueva forma de existencia, de ahí la importancia que tiene para mí el vivir en el aquí-ahora. El pasado queda atrás y siempre nos deja un aprendizaje del que muchas veces no cobramos consciencia y el futuro no se encuentra en nuestras manos. Día a día me pregunto qué voy a aprender hoy, qué me queda pendiente por hacer, por dar, por recibir, por descubrir, por expresar, de qué me tengo que desapegar. Qué tanto soy consciente de mi sombra.
Para terminar, comparto un poema que escribí después de la experiencia de casi-muerte en la que perdí la conciencia.
¡¡¡ Despierta Conciencia!!! ¡¡¡Despierta!!!
Qué no ves que si tú duermes
la razón me juega trampas.
Me envuelve con sus quimeras
me lleva a creer que vivo,
a confiar que lo que veo es realidad
a pensar que mi verdad es la que vale
a estimar que lo que siento son patrañas
a negar lo que se encuentra más allá.
Más allá del dolor, de la existencia
más allá de la muerte y de la ciencia.
Más allá del amor como reclamo
más allá de los seres y las cosas
más allá de la Tierra en la que habito.
¡¡¡Despierta Conciencia!!! ¡¡¡Despierta!!!
No quiero vivirme muerta.
[1] El término consciencia (con sc) se refiere al proceso de darse cuenta de uno mismo y de la realidad que se percibe. De aquí se desprende el hecho de que comprueba que no es posible ser consciente sin la existencia de la conciencia.

