Psic. Yésica Vargas Martínez
La violencia sexual contra las mujeres es un tema de gran relevancia que requiere su visibilización para cuestionar la normalización que se ha hecho de este tipo de violencia. Se entiende como violencia sexual a “Es cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la víctima y que por tanto atenta contra su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder, que se puede dar en el espacio público o privado, que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto,” (Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, 2024).
La violencia sexual no es exclusiva de México, esta problemática se encuentra en todo el mundo, lo que se puede identificar es que se aborda y expresa de diferentes maneras, considerando el contexto cultural, político y social de cada región. No obstante, la interrelación que existe con la globalización tiene un impacto real en lo que va sucediendo con la violencia sexual contra las mujeres independientemente de donde se presente. Un caso para demostrarlo es el movimiento Me too que comienza en el 2017. Este movimiento tiene origen en la industria del cine en Hollywood donde la actriz Alyssa Milano denuncia violencia sexual en su modalidad de hostigamiento sexual, en contra del productor Harvey Weinstein. Al hacerse pública la denuncia, otras mujeres de la industria también levantan la voz, señalando al mismo hombre como el que las había agredido sexualmente. Esto desencadena que, en las redes sociales,
principalmente en Twitter, las mujeres escribieran sus historias sobre los diferentes tipos de violencia sexual que han vivido. El movimiento tuvo tal impacto que se extendió a todo el mundo. México no se quedó atrás, muchas mujeres de manera anónima o con su nombre denunciaron a sus agresores diferenciando los ámbitos en los que han vivido dichas agresiones, en espacios públicos, políticos, educativos, artísticos, en entornos de servicios de la salud, desde consultorios médicos públicos y privados, hasta atención psicológica y/o psiquiátrica. Este movimiento puso de manifiesto la cotidianidad de la violencia sexual en la vida de las mujeres.
En este marco, las mujeres experimentan constantes momentos de violencia sexual a lo largo de su vida fundada en la noción del poder, que se naturaliza a través de los estereotipos de género.
Valeria Durán en la plataforma Mexicanos contra la corrupción y la impunidad señala que “cada hora se denuncian en México un promedio de entre tres y cuatro casos de abuso sexual y/o violaciones, es decir, 90 casos al día”. En el 2023, MCCI llevó a cabo una investigación en la que develó que en relación con la violencia sexual en México de 329 mil casos denunciados “… sólo 28 mil han conseguido una sentencia condenatoria, lo que significa que el 91% permanece en la sombra de la impunidad”. (Durán, 2024)
El INEGI (2023) en el marco del 25 de noviembre en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, publica un comunicado social en donde puntea que las mujeres en México comienzan a vivir violencia sexual de manera cotidiana a partir de los 5 años aproximadamente, y que a lo largo de su vida los sucesos de violencia sexual van en aumento, así como las personas que las agreden. Puntualiza Eréndira Aquino (2024), que en el 2024 ha existido un aumento de la violencia sexual contra las mujeres en 184%, lo que es una expresión clara de que las mujeres y sus cuerpos no son importantes para
las instituciones públicas. En este sentido el aumento de la violencia sexual contra las mujeres en el caso del acoso sexual ha sido de 1,146%, seguido del hostigamiento 344%, el abuso (199.8%), las violaciones 144% y otros delitos que atentan contra la libertad y la seguridad sexual (171%).
Con base en esto, se puede evidenciar que la violencia sexual no es un tema menor, resulta ser una problemática que requiere atención que provea salud mental, física y justicia. En este tenor, es de fundamental importancia develar el papel de las personas que se dedican a la atención psicoemocional que trabajan con estos temas.
Primero se requiere considerar que las mujeres que han vivido violencia sexual presentan impactos a nivel conductual (huida, negación, agresividad, pasividad, etc.), afectiva (ataques de ira, miedo, incapacidad de transmitir emociones, angustia, entre otras), somática (palpitaciones, presión arterial elevada, dificultad para respirar, temblores, tensión muscular, estreñimiento, disociación, etc.), interpersonal (evitar actividades, lugares, personas, conflictos laborales, por mencionar algunos) y cognitivamente (confusión, recuerdo recurrentes, sensación de pérdida, sensación de fututo limitado). (Sivak, 2010) (Everestine, 2004) (Enrique Echeburúa y Cristina Guerricaechevarría , 2009)
Reparando en esto, después de la experiencia de violencia sexual las mujeres pueden ver alterada la manera en la que se perciben así misma, así como su percepción del mundo que las rodea y sus relaciones interpersonales. De acuerdo con esto, la intervención que se pueda tener necesita contemplar estos factores para plantear el camino a seguir durante el proceso.
Si se toma en cuenta que la problemática de la violencia sexual contra las mujeres es parte de su vida cotidiana, se puede reconocer que existe una invisibilización de su impacto en lo individual y en lo social y su interrelación; dando paso a abordajes psicoemocionales de manera
limitada, dejando de lado la complejidad de los ámbitos que están trastocados en una consultante. Ya lo señala Anne Wilson (Schaef, 1989) que el proceso deberá de abordar emociones, conductas, pero que no se puede dejar de lado en ningún momento al cuerpo, la atención es integrativa, lo que posibilita acortar y tener mejores resultados en la terapia.
De este modo, la relevancia de las cualidades, conocimientos, habilidades y aptitudes con las que debe de contar la persona que acompaña en el proceso psicoterapéutico, es de gran importancia. Apoyando en esto la persona que acude a terapia está en busca de recuperar su seguridad y de sentirse mejor, el establecimiento del vínculo terapéutico resulta de suma trascendencia.
Lamentablemente, en la práctica terapéutica se puede encontrar todo lo contrario, el abuso de poder, la violación de los límites personales. En el 2020, se denunció públicamente a Gabriel Vallejo psicoanalistas que abusó sexualmente de 21 consultantes en la ciudad de Guadalajara (Torres, 2022), en la Ciudad de México en el mismo año, se denunció en las redes sociales a psicólogo corporal por violación a dos consultantes; en el 2022 en Morelia Michoacán el psicólogo de CECyTEM acoso sexualmente a alumnas, sus tutores lo denuncian públicamente, en Tlaxcala en el 2024 se presenta otra denuncia contra un psicólogo que violó a su consultante menor de edad.
Estos son unos ejemplos públicos de denuncias contra psicólogos que han violentado el vínculo terapéutico. Como ya se mencionó anteriormente, como impulso del movimiento Me too se han hecho diferentes denuncias al respecto y el primer cuestionamiento que se hace es ¿por qué no denuncian ante las autoridades? Elaborar esta pregunta involucra el total desconocimiento de lo que les significa a las mujeres enfrentarse a un sistema judicial y social que no les cree y que además, se invisibiliza lo duro que resulta hablar del tema, ya que quien es el agresor suele ser alguien
en quien se confiaba y que en muchos casos tiene una “honorable reputación”, para ejemplificar esto, se puede aludir al caso de Jorge Corsi[1]
Esta situación puede generar que la persona se perciba en una situación de indefensión intolerable, paralizante y aterradora en la que el monto o nivel de sufrimiento psíquico es vivido como insoportable, ya que, esta violencia viene de una persona en la que se confiaba.
La relación terapéutica implica el construir un espacio en donde se pueda exponer la vulnerabilidad de manera segura, en donde se confía en que la persona que está al frente del proceso, tiene el conocimiento y por lo tanto, se confía en su proceder.
Desafortunadamente, este es un argumento del que se valen algunos “profesionales” de la salud, para abusar de la confianza de sus consultantes como ya se señaló. En este punto, se encuentran dos situaciones que están altamente vinculadas, por un lado, la atención por motivo de una violencia sexual y la violencia sexual cometida por quien la atiende. Ambas pueden estar presente o no en el mismo espacio.
A partir de este punto, poner sobre la mesa de discusión la importancia de la relación terapéutica es primordial. Reconocer que la atención psicológica requiere de un código de ética que permita reconocer los límites y responsabilidades con las personas consultantes es indispensable.
Para esto, es necesario identifica previamente a qué se refiere la ética; Raúl Gutiérrez (2024) señala que es una rama de la filosofía que estudia la conducta humana, que le interesa el estudio de la esencia de los actos humanos, el estudio de los valores morales. Si bien, desde los valores morales nos podemos regir para tener un actuar profesional, es necesario reconocer cuál sería su diferencia y la relevancia para poner el énfasis en la ética y no en la moral.
Desde este autor se puede identificar que la moral tiene un origen externo, con base en la imposición, hace referencia al deber ser (legalidad). No obstante, es un valor que no se construye o cuestiona simplemente se acata, existe una sumisión, la que en algunos momentos busca revelarse ya que genera un conflicto entre lo interno y lo externo, de ahí que, puedan existir simulaciones para cumplir con lo moral que se ha establecido socialmente.
Cuando se trata de la ética se hace referencia a que es producto de la autorreflexión, no es algo impuesto, proviene de la motivación de la consciencia, es un acto libre. Por lo tanto, la ética implica un trabajo de la razón, es un reflejo del conocimiento de sí misma (Aylon, 2024). Se entenderá como conciencia a la integración del cuerpo, mente, espíritu; conforme se tenga más conciencia, la ética ira desarrollándose ampliamente, permitiendo elegir los valores de manera más libre. Esto no implica que se conciba únicamente desde la individualidad, sino que se reconoce inmersa en las estructuras sociales, culturales que proporciona la posibilidad de dar cuenta de lo que le pasa a la persona y asumir la responsabilidad de su conducta lo que conlleva a la congruencia (Wilber, 2024).
Tomando en cuenta lo expuesto anteriormente, la persona psicoterapeuta requiere de un trabajo personal amplio, que le permita desarrollar su conciencia (corporal, emocional y espiritual) para reconocer sus capacidades y tomar sus decisiones desde la libertad y con ello, reconocer la responsabilidad y empatía en su comportamiento. Esto implica, como señalaría Hanna Arent reconocer también “mi parte de maldad” que permite llevar luz al inconsciente y tomar consciencia del comportamiento, del pensamiento, de la emoción que guía la interacción con el mundo y las otras personas. Es situarse en sí misma dentro de la condición humana.
Este proceso al que se hace referencia no es común en la preparación de profesionales de la salud, lamentablemente o por lo menos no es un punto al que se le ponga énfasis. Esto no significa que se deba de disculpar el comportamiento revictimizante o violento que se pueda tener dentro del espacio psicoterapéutico. Por el contrario, pone la luz en la relevancia del tipo de formación profesional y personal con el que se debe contar para acompañar en un proceso psicoterapéutico.
Uno de los ámbitos a los que atender como parte de la capacitación profesional, será contar con un proceso psicoterapéutico, cómo un catalizador que permita construir y replantearse una ética personal, que permita reconocer y transformar la experiencia, que a su vez también posibilite inspeccionar la movilidad del proceso colocado en el lugar de consultante.
Para este objetivo, se tendrá que evaluar la corriente psicológica a la que se acuda, ya que no todas, tienen como principios y valores el desarrollo humano. Es decir, es trascendental reconocer que la persona está siempre ligada a las relaciones interpersonales, que está en situación de elegir y decidir, que está orientada hacia un objetivo que forma la base de su identidad. Es reconocer que la atención está consolidada por la
singularidad del ser humano, en otras palabras, el ser humano es más que la suma de sus componentes (Rosal & Bayó, 2024).
Esta corriente psicológica que puede permitir estos fundamentos sería una guiada por el humanismo, la psicología humanista. Esta visión reconoce que durante el proceso existe y se construye un encuentro auténtico y horizontal que da pauta, a una relación terapéutica basada en el compromiso, la apertura y la igualdad. Para lograr una terapía auténtica y humana, se requiere entender que la relación terapéutica es un encuentro, un proceso de reciprocidad. En el proceso se pone de manifiesto la paciencia, la comprensión, la compasión, la empatía y aceptación positiva incondicional (Maslow, 2024). La psicoterapia humanista no trabaja con diagnósticos, sino con la persona que tiene deseos y necesidades, que son seres inteligibles y orientados al bienestar (Cooper, 2024).
El proceso terapéutico es entonces un medio que le encausa desde la expresión oral (liberar el alma a través de la palabra) y corporal a identificar la complejidad de sus sentimientos, de sus creencias y experiencias. En donde se reconoce al cuerpo como recurso para la consciencia y la ampliación de la misma. En este proceso se busca comprender las crisis, las paradojas, los dilemas como un punto de transición que hace posible la transformación, hacia lo que le parece mejor, hacia el terreno donde puede dar respuesta a su malestar.
Es fundamental destacar que el vivenciar y experimentar de la persona terapeuta, le brinda el replantearse sus propios conflictos y paradigmas, que posibilitan el crecimiento, y es una forma de concientización del proceso de creación del propio destino (responsabilidad). Este engranaje permite que el proceso terapéutico se desarrolle desde la creatividad y la empatía para brindar un acompañamiento particular, entendiendo que cada consultante es único. Es un compromiso total con el proceso en movimiento de la vida.
A través del proceso psicoterapéutico humanista, se posibilita replantear la visión del mundo (valores) a través del pensamiento y la praxis, de la conciencia corporal y espiritual en busca de una reconciliación entre la responsabilidad y el deseo reprimido encontrando formas más libres del Ser, que propicien autoconocimiento y autoaceptación.
Con base en lo anterior, se puede dar cuenta que la visión terapéutica humanista contine en sí misma una ética que puede ser transmitida desde la experiencia, desde el replanteamiento y la congruencia de quien la ejerce. Se entiende que la ética tiene que ver con la interacción interpersonal que establecemos, por lo tanto, ser consultante replantea el posicionamiento como psicoterapeuta, en donde se entiende que brindarse al proceso implica entregarse de lleno para resolver las necesidades, aceptar los deseo, las capacidades, aptitudes como parte del ser y del ambiente (social y cultural) y que todo esto interactúa en la relación terapéutica (Scott P., Rector, & Tjeltveit, 2024)
Por este motivo, la persona psicoterapeuta no sólo deberá de estar en un proceso terapéutico sino también en constante supervisión, diría Carol Hanisch (feminista) “lo personal es político”[2]
Poder contar con este tipo de acompañamiento como psicoterapeuta, abre muchas posibilidades de poder atender la violencia sexual desde un lugar totalmente diferente al antes mencionado. Aunque es imprescindible reconocer que no es lo único que hace una diferencia en el tipo de atención, también se debe considerar contar con apertura y creatividad para enriquecer el conocimiento y abordaje para este tipo de problemática.
Si bien, estar en terapía y supervisión permite que la persona terapeuta adquiera consciencia de su experiencia subjetiva, de su crecimiento, de su experiencia corporal; también este proceso deberá de posibilitar la identificación de que es un ser social y relacional, que es responsable de sus necesidades, emociones, acciones, deseo y decisiones. En otras palabras, se considera a la persona con su relación con el ambiente, entendiendo la íntima interacción de lo individual con lo social. Si bien es cierto que la persona se ve influenciada por su entorno, también es cierto que ésta tiene una forma de asimilar el mundo, de tal manera que el entorno no moldea del todo a la persona y su percepción depende de las experiencias o factores que se hayan presentado durante su crecimiento y formación.
Apoyado de esto, es decisivo que como terapeutas se reconozca la interseccionalidad que existe en cada una de las personas consultantes, que en el caso de las mujeres que viven violencia sexual no solo llegarán con su propia cosmovisión y/o concepción del mundo, sino que su entorno político, cultural y social también juegan un papel importante (en el que también está inmersa la persona terapeuta). Para ser precisa, es visibilizar que a las mujeres se les responsabiliza por la violencia sexual, utilizando el razonamiento de que les paso por su forma de vestir, de caminar, por los horarios en los que circulan por zonas públicas, o si consumieron alguna bebida alcohólica, o si aceptaron alguna invitación de algún desconocido, para el sistema socio-cultural[3]
El patriarcado “es uno de los espacios históricos del poder masculino que encuentra su asiento en la más diversas formaciones sociales y se forma por varios ejes de relaciones sociales y contenidos culturales” (Lagarde De los Ríos, 2001) las mujeres son culpables de lo que les pasa, de la violencia sexual.
Comprender el contexto socio-cultural le permite al psicoterapeuta poder ubicar que el trauma no se encuentra solo en la violencia sexual en sí misma, sino lo que conlleva en su entorno, lo que está inmerso en las creencias y valores de su historia de vida y del ámbito en el que se relaciona. Para poder tener este abordaje amplio y visibilizar sus complejidades, es importante contar con la vastedad de conocimientos y herramientas que permitan ampliar la visión y abordaje de este tipo de casos. Reconocer la interseccionalidad que atraviesa a las mujeres y hombres, complementa el enfoque de que la persona consultante es un ser único y así tenemos que verle.
La interseccionalidad son aquellas categorías que atraviesan desde diferentes dimensiones la historia de vida de la consultante, así como su imbricación en el sistema social en el que se desarrolla. Permite visualizar las identidades y su fluidez, para ampliar la visión y entendimiento de la cosmovisión de la consultante, reconociendo la implicación de la raza, el género y la clase[4]
Por lo tanto, la persona que atienda casos de violencia sexual requiere estar preparada desde una perspectiva de género, que le posibilite reconocer que existen diferencias en la forma de enfrentar y vivenciar el trauma por el simple hecho de ser mujer. Así mismo, reconocer sus
propios prejuicios de género que puede tener, ya que eso influye directamente en el tipo de intervención que se haga, ya Scott (2024) menciona que existe una influencia entre los valores del terapeuta y de la persona consultante, que son agentes que pueden moldear y enseñar. Si la terapeuta no se ha replanteado sus propios valores de género, esto puede resultar una revictimización y un enorme obstáculo para la sanación de la consultante, considerando que estos tienen consecuencias físicas, emocionales y espirituales. Si uno de los compromisos del humanismo es la interacción profunda y respetuosa en la relación terapéutica, y no existe un cuestionamiento crítico de la normalización de la asignación de roles de género, que esta fundada en la desigualdad, desde la diferencia, la jerarquización, donde lo femenino ocupa el lugar devaluado, subordinado o erróneo.
De este modo, el acompañamiento psicoemocional para casos de violencia sexual requiere de un gran compromiso ético y social, que necesita reconocer la visión holística de los procesos psicoemocionales, así mismo, asumir la responsabilidad y respeto que conlleva el trabajo en particular con este tema.
No habrá que olvidar la importancia de identificar que, si bien el cuerpo es la puerta de entrada al mundo interno y que permite impulsar procesos de consciencia, y que uno de los objetivos de la psicoterapia humanista corporal es la integración del cuerpo, mente, espíritu, sentimientos y voluntad, el cuerpo es ese límite que será respetado en toda su integridad y dignidad. Por lo que, conducirse dentro del espacio terapéutico en todo momento requiere tener muy claro cómo proceder hacia él. Que no es necesario tocar, que solo con el consentimiento y avisando previamente se puede hacer, entendiendo que solo si es muy necesario. Y que si el tema o la relación de transferencia y contratransferencia está siendo difícil de sostener (resultado de la autobservación, reflexión y del acompañamiento de supervisión), que se transfiera a otro especialista en el tema.
En resumen, estar en proceso psicoemocional y de supervisión posibilita que se pueda estar consciente de los deseos y necesidades, para asumir la responsabilidad de los actos desde un lugar de aceptación y libertad, lo que conlleva a construir empatía, congruencia, respeto hacia sí mismo y hacia su entorno, ya que se acepta que su existencia se consuma en las interrelaciones personales y sociales, entiende que es parte de un todo. La conciencia y la fuerza interior permiten enfrentarse a las complejidades que se experimenta en el espacio terapéutico. Con esta transformación se puede integrar de manera más congruente los principios morales y éticos que permitan una intervención dinámica en el marco del respeto de los derechos humanos.
«Debe de haber otro modo de ser,
otro modo de ser humano y libre»
Rosario Castellanos
El Eterno Femenino
REFERENCIAS
- Aquino, E. (4 de marzo de 2024). 8M: denuncias por violencia sexual aumentan 184% en nueve años; menos de 2% de las víctimas recibe justicia. Obtenido de Animal Político: https://animalpolitico.com/genero-y-diversidad/violencia-sexual-denuncias-aumenta-justicia
- Aylon, J. R. (2024). La conciencia. En INTEGRA, Compilación de lecturas del Tercer Semestre (págs. 79-89). México: INTEGRA.
- Cooper, M. (2024). DAR LA BIENVENIDA AL OTRO: ACTUALIZAR LA ÉTICA HUMANISTA EN EL CENTRO DE LA PRÁCTICA DE LA ORIENTACION PSICOLOGICA. En INTEGRA, Compilación de lecturas Ética Humanista (tercer semestre) (págs. 174-187). México: INTEGRA.
- Durán, V. (7 de maarzo de 2024). México padece epidemia de abuso sexual: ocurren 4 agresiones cada hora. Obtenido de Mexicanos contra la corrupción: https://contralacorrupcion.mx/mexico-padece-epidemia-de-abuso-sexual-ocurren-4-agresiones-cada-hora/
- Ehrenfeld, N. (enero-junio de 1999). Violencia y violación. Una reflexión sobre las mujeres jóvenes y la impunidad. (N. Época, Ed.) Revista de Estudios sobre Juventud, 8(3), 84-95.
- Enrique Echeburúa y Cristina Guerricaechevarría. (2009). Abuso sexual en la infancia: víctimas y agresores. Un enfoque clínico. España: Ariel.
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- Lagarde De los Ríos, M. (2001). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: UNAM.
- Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. (8 de Marzo de 2024). Título Primero, Capítulo I, Artículo 6°, inciso V. México, México, México: Diario Oficial.
- Maslow, A. (2024). Los valores del humanismo. En INTEGRA, Compilación de lecturas Temas especiales de la pscoterapia humanista corporal I (primer semestre) (págs. 27-38). México: INTEGRA.
- Rosal, R., & Bayó, A. G. (2024). Cuestiones sobre Psicología y Psicoterapias Humanistas”. En INTEGRA, Compendio lecturas Practicas Supervisadas I (segundo semestre) (págs. 28-72). México: INTEGRA.
- Sáenz, R. G. (2024). Introducción a la ética. En INTEGRA, Compilación de lecturas del Tercer Semestre (págs. 17-78). México: INTEGRA.
- Schaef, A. W. (1989). La Mujere en un mundo masculino. México: GALVE.
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- Sivak, R. (2010). Recuperado el febrero de 2010, de Clinica de la vulnerabilidad: http://www.gador.com.ar/iyd/vulner/sivak.htm
- Sullivan Everstine, D., & Everstine, L. (2004). El sexo que se calla. Méxcio: PAX.
- Torres, X. (11 de Octubre de 2022). Prófugo, psicoanalista acusado de abusar de una veintena de pacientes. Obtenido de PIE DE PÁGINA: https://piedepagina.mx/continua-profugo-psicoanalista-acusado-de-abusar-de-una-veintena-de-pacientes/
- Wilber, K. (2024). Breve explicación sobre todas las cosas. En INTEGRA, Compilación de Lecturas tercer semestre (págs. 88-103). México: INTEGRA.
- Yalom, I. D. (2010). El Don de la Terapia. Argentina: Emecé.
[1] 1 En los años 90´s era un autor (psicólogo) argentino reconocido en los temas de violencia familiar que fue referente de muchas tesis y otros libros. En el 2008 fue denunciado por abuso sexual contra diferentes menores de edad, entre ellos su propio hijo, fue encontrado culpable y detenido. . Para las mujeres elaborar la experiencia de la violencia sexual, representa un enorme esfuerzo emocional, no siempre se sienten preparadas de afrontar el tema, debido a las diversas implicaciones desde lo socio-cultural hasta lo interpersonal en donde terminan siendo revictimizadas. Por este motivo, suelen hacer las denuncias de manera anónima o simplemente guardar silencio, de ahí, que no se tengan datos crudos sobre los casos de violencia sexual en espacios terapéuticos.
[2] Si se quisiera ahondar en esta frase https://lacaderadeeva.com/glosario-feminista/que-significa-la-frase-lo-personal-es-politico/8130 . Estos dos elementos permitirán también desarrollar habilidades para acompañar a otras personas en su trayecto a resolver sus crisis, su dolor y entender qué les ha llevado a tomar terapia. De igual manera, es reconocer que en la relación terapéutica “..estamos todos juntos en esto y no hay terapeuta ni persona inmune a las tragedias inherentes a la existencia…” (Yalom, 2010, pág. 35), será de esta forma que se visibilice la complejidad de lo que se pone en juego en un proceso psicoterapéutico, como terapeuta y como consultante, es un dinamismo en donde se pone en juego de un lado y otro la vulnerabilidad, la honestidad, el respeto, la resistencia, la incomodidad y por supuesto, el fortalecimiento, el amor y el crecimiento.
[3] Patriarcado: es un sistema histórico, que institucionalizo una ideología como realidad, en donde se define a las mujeres dentro de roles sexistas, dejándoles fuera de las actividades económicas, políticas, culturales y educativas. Esto con base en las características biológicas, estableciendo la supremacía de la masculinidad y sus valores. (Gerda, 1990)
[4] También se consideran dentro de estas categorías el nivel educativo, religión, edad, condición migrante, estado civil, discapacidad, sexualidad, etc. . Aportar esto a la terapia permite identificar cómo están presentes las desigualdades significativas y cómo estas también marcan la pauta para reaccionar sobre la realidad.

