Llama a conectar cuerpo y espíritu

Eugenio Torres (Periódico Reforma)

 

Hay libros que se escriben de un tirón. Hay otros que se van formando, como capas geológicas, a lo largo de años de investigación, de caminatas solitarias por rutas de peregrinaje, de sesiones terapéuticas y de preguntas que van evolucionando.

Psicoterapia y Espiritualidad: el camino de regreso. Una visión a partir de la Psicoterapia Humanista Corporal, de Marilenca Bailey, pertenece a esa segunda categoría. Una obra que nació de la convergencia entre el trabajo académico y el vivencial, entre el consultorio de psicoterapeuta y el Camino de Santiago, entre la teoría del desarrollo humano y la experiencia concreta.

Detrás del libro hay varias tesis de maestría –sobre la importancia de la espiritualidad en la psicoterapia, la separación cuerpo-mente y la antipsiquiatría–, además de años de práctica clínica e investigaciones de campo con grupos y entrevistas.

Todo ello confluyó en un proyecto editorial que la propia autora describe como un texto con “diferentes lenguajes y diferentes momentos”, ensamblado desde distintas voces y etapas de su vida.

Bailey es directora y fundadora del Instituto Humanista de Psicoterapia Corporal Integra, en la Ciudad de México. Psicóloga por la Universidad Iberoamericana y con múltiples formaciones en México y el extranjero, ha formado psicoterapeutas y ofrecido cursos, talleres y la Maestría en Psicoterapia Humanista Integral. Desde hace más de dos décadas, el instituto trabaja desde un enfoque que integra dimensiones humanistas, corporales y espirituales.

La metáfora del camino no es decorativa en este libro: es estructural. Bailey ha realizado el Camino de Santiago, en España, en varias ocasiones y antes había recorrido los Caminos de la Coca en Sudamérica.

Esas experiencias de peregrinaje reforzaron una convicción que también aparecía en sus investigaciones: que lo psicológico, lo somático y lo espiritual no deberían abordarse como compartimentos separados.

Caminar 20 o 30 kilómetros diarios durante semanas no sólo exige condición física, también demanda una disposición mental y emocional para trabajar con aquello que va emergiendo durante el trayecto.

El título del libro alude precisamente al proceso que sigue al regreso de una peregrinación.

“Siempre estamos regresando y digiriendo algo de lo vivido”, dice Bailey en entrevista.

“Como después de una sesión de terapia: vas, y después hay reacomodos, cuestionamientos, negaciones, negociaciones que se van acomodando”, agrega.

El camino de regreso no es el trayecto geográfico de vuelta a casa. Es el trabajo interior que comienza cuando uno vuelve y que, según la autora, cuestiona y transforma.

El caso más representativo del libro es el de la propia Bailey, pues la obra está escrita desde su perspectiva y su recorrido. Ese trayecto incluye un momento de vida que terminó convirtiéndose en la semilla de todo: durante las décadas de los 70 y 80 descubrió, por separado, dos mundos que parecían incompatibles.

Por un lado, el humanismo y el desarrollo humano, a través de sus estudios de filosofía y psicología, que ofrecen una visión cálida y compasiva del ser humano. Por el otro, el trabajo con el cuerpo, profundamente eficaz pero, en la versión que entonces predominaba en ciertos ámbitos terapéuticos, duro y confrontativo.

“No podía llamarle psicoterapia a eso”, recuerda. “No podía llamarle proceso de sanación y acompañamiento”.

La pregunta que se planteó entonces fue simple y directa: ¿cómo hacer que estas dos vías se encontraran? La respuesta fue práctica antes que teórica. Comenzó a trabajar desde su formación humanista, con otro ritmo, y construyó con grupos experimentales lo que eventualmente se convertiría en la Psicoterapia Humanista Corporal que hoy enseña en Integra.

¿QUÉ ES LA TERAPIA CORPORAL?

Para quienes se acercan por primera vez al concepto, Bailey parte de lo conocido: la psicoterapia tradicional trabaja sobre el poder del habla.

Lo que la terapia corporal agrega es el acceso simultáneo al cuerpo, no en sustitución de la expresión verbal, sino junto con ella.

“No es en vez del discurso, es paralelamente al discurso”, explica.

A través del movimiento, la respiración, la vibración y la postura, se busca acceder a patrones que el cuerpo repite sin que la mente consciente necesariamente los haya advertido.

“El carácter es somático”, subraya Bailey.

No habitamos nuestros conflictos únicamente en la mente; también se expresan corporalmente. Una persona puede tensar el estómago ante cierta llamada telefónica, elevar la voz con determinadas personas o experimentar molestias recurrentes sin haber identificado el patrón que las acompaña.

Para Bailey, trabajar sobre esos patrones permite acercarse a experiencias emocionales que la expresión verbal no siempre alcanza a revelar.

Y los resultados, pueden mantenerse en el tiempo.

“Ver pacientes de hace 10 o 15 años y constatar que aquello sí se quedó”, dice, “eso me parece muy valioso en un panorama saturado de terapias superficiales”.

 

La desconexión: signo de la época

Uno de los ejes del libro es el diagnóstico que Marilenca Bailey hace sobre el momento histórico que vivimos: un mundo marcado por la desconexión. No sólo de nuestras emociones o de nuestro cuerpo, sino también de aquello que considera esencial.

Y esa desconexión, argumenta, no es accidental. “El establishment hace un gran trabajo, meticuloso, perfeccionista, sostenido, para desconectar, porque eso le sirve”, afirma. Según Bailey, el sistema se beneficia de personas desconectadas de lo que realmente sienten y necesitan.

“Cuando estoy desconectada de lo que realmente soy, de mi alma y mi espíritu, es más fácil venderme 80 necesidades que no tengo”, señala. La reconexión, plantea, es un acto social, además de terapéutico.

Estamos separados del corazón, del bien común y de la capacidad de discernir, sostiene. Y del espíritu. “La espiritualidad es lo más democrático que existe”, remarca. No pertenece a ninguna institución ni requiere credenciales ni religiones. Es anterior a cualquier separación, añade.

Para Bailey, buena parte de la tradición occidental construyó durante siglos una imagen del cuerpo como algo que debía ser controlado o disciplinado.

Lo que en otros tiempos podía expresarse mediante prácticas de mortificación corporal, considera, hoy puede manifestarse a través de formas contemporáneas de obsesión por el rendimiento físico.

Frente a ello, señala que tradiciones como el ayurveda, la medicina china o las artes marciales orientales y el yoga han sostenido históricamente una visión más integradora, en la que cuerpo y mente forman parte de una misma unidad.

Desde esa perspectiva, la tarea terapéutica no consiste en disciplinar el cuerpo, sino en reunir lo que fue separado.

“De origen somos completos: cuerpo, mente, espíritu, sentimientos”, explica. “En la adaptación a la familia tenemos que separar esas partes para sobrevivir”.

Desde su visión, esa fragmentación deja huellas que posteriormente buscan integrarse. Trabajarlas forma parte del camino hacia una experiencia más amplia de la propia existencia.

Bailey sostiene que, conforme avanza ese proceso de integración emocional y corporal, algunas personas reportan mejoras en distintos malestares físicos como parte de una vivencia más integral de bienestar.

UN LIBRO, UN INSTITUTO, UNA URGENCIA

Psicoterapia y Espiritualidad: el camino de regreso es un material de referencia para los estudiantes de la Maestría en Terapia Humanista Corporal de Integra, pero su alcance ha ido más allá. También es consultado por gestaltistas, psicoanalistas, estudiantes de Desarrollo Humano y psicólogos de distintas corrientes, así como psiquiatras y personas interesadas en su desarrollo personal.

El instituto lleva más de dos décadas formando psicoterapeutas que trabajan desde su principal herramienta: ellos mismos, su conciencia y su cuerpo.

“No somos tecnócratas de aplicar técnicas”, dice, “sino personas que trabajamos con la persona plena”.

El mensaje con el que cierra se apoya en la experiencia de varias décadas acompañando procesos humanos: no debemos posponernos más.

Posponerse, afirma, forma parte del autoolvido y la autoagresión. El trabajo personal, en los tiempos que corren, no es un lujo. “Es imperativo”, concluye.

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