Mtra. Alejandra Ríos
Introducción
Es común escuchar hablar de la violencia, y más frecuentemente, de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, la realidad es que existe una gran variedad de tipos de violencia que afectan a personas de todos los géneros y edades, en diferentes contextos y modalidades distintas. Por ello, es posible que en la vida cotidiana se vivan aspectos que resultan en realidad hechos de violencia o abuso, pero no son reconocidos como tales por formar parte de las costumbres de quienes la padecen, por lo tanto, resulta de vital importancia que estemos atentos para identificarlos y reconocerlos.
Quizá resulte común observar cómo es que se reproducen constantemente en las interrelaciones comportamientos descuidados, violentos y en bastantes casos, abusivos. Estos comportamientos van desde comentarios mal intencionados, manipulaciones, burlas, intento de control, chantajes, negligencia, falta de responsabilidad, hasta amenazas, golpes o arranques de ira, que afectan primero a la persona que las padece o las ejerce y luego sus interrelaciones familiares, de pareja, laborales, escolares y en todos los aspectos de su vida.
No existe una definición de violencia aceptada universalmente pues se puede delimitar en razón de las culturas y religiones que existen en el planeta, sin embargo, se encontraron investigaciones académicas que describen la violencia doméstica como una construcción social compleja que se desarrolla por aprendizaje a lo largo de toda la vida al lado de personas significativas y que constituye un serio problema de salud pública, un obstáculo oculto para el desarrollo socioeconómico y una violación de los derechos humanos. (Miguel, M. y Tsuji, T. 2014)
Tenemos la aportación de Foucault (2022) al problema de la violencia a través del ejercicio del poder, menciona que, en el caso de la familia, esta tiene relaciones de poder bien específicas, del hombre hacia la mujer o del adulto al niño, que tienen su configuración propia y su relativa autonomía, un espacio cotidiano como la familia, puede ser un espacio de guerra, enfrentamientos, luchas y tensiones constantes y aparentemente sin sentido, desempeñando un papel condicionado y condicionante. De aquí, entonces, entendemos que la violencia es un abuso de poder, donde el dominado pierde derechos de decidir sobre su tiempo, sobre los temas de los que se informa, sobre sus recursos y sobre su cuerpo, esto es, cuando una persona puede decidir sobre su tiempo, sus recursos, su información y su cuerpo, es libre, de lo contrario, es víctima de abuso de poder o violencia; en el caso de la familia donde no hay respeto, cuidados, consentimiento, acuerdos, y si hay abuso, dominio de uno o más de los integrantes, entonces encontramos violencia..
Entonces, la violencia familiar refiere las distintas formas de relación abusiva que caracterizan de modo permanente o cíclico al vínculo familiar donde, cualquiera de sus miembros puede ser victimario o víctima de las relaciones abusivas, todos los miembros de la familia tienen la posibilidad de ser uno y otro en esta relación, según el desarrollo de sus propias dinámicas, es decir, la violencia intrafamiliar se considera como todo acto u omisión intencional, que tiene lugar en la esfera de la familia y puede producir un daño físico, psicológico o patrimonial a su propio ejecutor, o a otro y otros miembros de la familia, demeritando sus derechos individuales (Corsi, J. Bobino, L. 2014). El objetivo de la violencia es vencer la resistencia de la otra persona para controlarla y/o dominarla, quitarle su poder y mantenerla desequilibrada. Para estar en condiciones de establecer que se está ante un caso de violencia familiar, la relación de abuso debe ser crónica, permanente y periódica. (Berengueras, M. 2010).
Desde un punto de vista neurocientífico se puede decir que los eventos violentos reiterados provocan lesiones que afectan la región asociada al hipotálamo y amígdala cerebral que después provocan impulsividad, frustración social, desamparo y escasez, predisposición a la fuga o al ataque, conductas anticipatorias e interpretaciones destructivas, asimismo, las personas que vivieron violencia pueden repetirla y son vulnerables a numerosos problemas de salud de carácter físico y psicológico, como cuadros depresivos, ansiedad, culpa, presencia de estrés postraumático, trastornos del sueño, aplanamiento afectivo, baja autoestima, abuso de alcohol, bajo estatus ocupacional y abuso. (Calixto. 2017)
La edad crítica en la que se puede formar un cerebro violento, es entre los 8 y los 12 años, cuando el cerebro está transformando las redes neuronales y la plasticidad entre las áreas cerebrales encargadas de la memoria y de la atención (hipocampo), de la generación de emociones (amígdala) y de la interpretación de emociones (giro del cíngulo). Dependiendo de las vivencias durante esa etapa, las redes neuronales pueden permanecer aletargados o excitados ante los detonantes que padece o vive. Si a esta edad el niño vive violencia, escucha mentiras constantemente, padece abandono, entonces eso aprende y repite de adulto. El Dr. Calixto González (2017) menciona que la existencia de estresores agudos derivados de la interpretación de que no podemos librarnos de la agresión o del ambiente nocivo, genera una elevada producción de cortisol. Si este permanece constante y abundante, nos adaptamos al proceso liberando menos cortisol, esta desestabilización afecta la corteza prefrontal en su tarea de inhibir a la amígdala cerebral y al hipotálamo. El estrés constante provoca cambios anatómicos en la persona violentada o víctima, pues el cortisol disminuye y las primeras neuronas en verse afectadas en una situación de estrés sostenido, son las del hipocampo, lo que genera que la amígdala cerebral incremente su funcionalidad, disminuyan las funciones de las cortezas sensitivas y cambie la conectividad que tiene la corteza prefrontal con el cerebelo, asimismo, menciona que dependiendo del estímulo de la agresión, estos cambios neuronales pueden permanecer durante toda la vida, multiplicando sus efectos en las generaciones siguientes sin importar el género sexual al que pertenezca el individuo.
Si nos preguntamos sobre las consecuencias a largo plazo que sufren los niños víctimas de violencia intrafamiliar, una investigación con enfoque psicológico realizada en Colombia (Amar, J. 2006), diferenció la violencia que recibieron los niños en dos tipos: violencia activa y violencia pasiva. Se encontró que los niños víctimas de la violencia activa, se identificaron con un estilo de apego ansioso evitativo, debido a que experimentan más rechazo, inaceptación y tratos violentos, tanto verbales como físicos, aun cuando reciben gestos de afecto, consuelo y compañía, se relacionaban con sus padres con desconfianza y de forma desafiante. Por otro lado, respecto a los niños víctimas de la violencia intrafamiliar pasiva, suelen sentir más confianza para buscar apoyo emocional y físico cuando tienen problemas, primero en sus padres y luego, en otras personas que les aporten el bienestar deseado.
La dinámica familiar violenta vivida en el hogar de origen, aumenta las probabilidades de que ésta sea repetida en el hogar que la persona después crea, entre los factores que contribuyen a su perpetuación se identificaron haber presenciado y recibido maltrato y/o violencia física, exposición prolongada al maltrato, ausencia emocional de los padres, comunicación inexistente o inapropiada, el abandono de uno de los padres, baja autoestima y/o autoconfianza, sensación de inseguridad, identificación de la violencia como un comportamiento natural, identificarse con el agresor y poseer un modelo familiar disfuncional a imitar (Martínez, F. 2017).
Metodología
Se hizo un estudio de caso único mediante una entrevista semiestructurada a profundidad, realizada a una mujer de 35 años que nunca ha seguido un proceso psicoterapéutico de ningún tipo y justo esta edad resultó de importancia pues su cerebro ya alcanzó su estado de madurez, como lo refiere el Dr. Eduardo Calixto González (2017).
El estudio se realzó desde un enfoque de investigación cualitativo el cual ofrece la forma más adecuada para comprender y tener un acercamiento a los procesos descritos en el estudio, debido a que a través de su metodología se pueden identificar las cualidades de lo estudiado, describir sus características, sus relaciones y su desarrollo (Krause, M. 1995). En este caso, la investigación cualitativa permitirá ver a las personas involucradas en el proceso de violencia intrafamiliar en su infancia, considerando su propio marco de referencia y perspectivas, identificadas desde la mirada de la Psicoterapia Humanista Corporal y tendrá como finalidad definir las características de una familia violenta, las causas de este comportamiento y las consecuencias psicosomáticas en la vida adulta, en niños violentados por su padres o cuidadores principales y su modo de vincularse en los entornos en que se desenvuelve en su edad adulta.
La entrevista a profundidad se realizó en dos sesiones de noventa minutos de duración, cada una, en las que previamente se realizaron trabajos de centramiento y arraigo y posteriormente cuando resultó necesario, se realizaron ejercicios bioenergéticos para sostener el arraigo necesario y descargar energía para continuar. En el proceso la intensión de centró en acompañar a la entrevistada en una exploración profunda de sus experiencias, cuidando de aplicar los valores de la filosofía humanista a la vez de no dejar de lado los objetivos planteados en la investigación.
Marco teórico
Es dentro del núcleo familiar que puede surgir la violencia de parte de la pareja, sobre los hijos o contra los padres y adultos mayores, y es precisamente aquí donde se sientan las bases de creencias, entre otras sobre el amor, la necesidad, el abandono y también se generan problemas en el ajuste social, emocional y conductual en los niños. Diversas investigaciones han demostrado que las consecuencias de los actos violentos en la infancia serán el punto de partida de las relaciones íntimas y sociales que esos niños establecerán con otras personas a lo largo de sus vidas, en razón de los vínculos de apego que desarrollaron, además, que estas consecuencias tienden a repetirse en los hijos de los que alguna vez fueron víctimas, provocando con esto la trasmisión del problema, de generación en generación, ya sea como víctimas o como victimarios, de ahí la importancia de reconocer a la violencia como uno de los principales problemas de salud pública en México y el mundo, en razón de la diversidad de problemas físicos, sexuales, reproductivos, mentales, conductuales y sociales, que llegan a padecer quienes la sufren y que siguen reproduciendo sin siquiera percatarse de estar inmersos en relaciones violentas, pues se ha identificado que observan como manifestaciones normales los celos, las amenazas, los golpes como juego, las prohibiciones, las llamadas constantes por teléfono, las indicaciones sobre cómo vestir, maquillarse o comportarse, asumen la responsabilidad por la conducta del otro, los sentimientos de culpa y vergüenza por tolerar el maltrato, gritos, insultos, humillaciones, entre otras acciones violentas.
El ciclo de violencia se rompe sólo cuando la víctima cambia y logra cambiar sus interpretaciones de lo que sucede y comprende que el agresor y la relación no cambiarán y puede permanecer así durante toda su vida. Cabe aclarar que esto sucede en las parejas, mientras que en las relaciones familiares donde los niños son las víctimas, esto no es así, pues los niños no pueden decidir romper los ciclos dada la dependencia con sus padres o cuidadores, entonces quedan atrapados e indefensos dentro de las relaciones.
John Bowlby, psicoanalista inglés, fue uno de los pioneros en hablar acerca de cómo las pautas de apego que se desarrollan durante la infancia definen la capacidad para establecer relaciones con otros a lo largo de la vida (Bowlby, J. 2009) la naturaleza del apego es fundamentalmente afectiva y de carácter no innato, se desarrolla a partir de interacciones con las personas del entorno inmediato, básicamente en la infancia y adolescencia, y se va a mantener, relativamente, estable a lo largo de la vida. Bowlby opinaba que, en el caso de no criar hijos como personas sanas, felices y seguras de sí mismas, puede ser muy elevado el costo en ansiedad, frustración, desavenencias, vergüenza y/o culpa y que, la paternidad exitosa era una clave importante para la salud mental de la generación siguiente, como evidencia de su argumento, Bowlby mencionó dos estudios realizados en 1962 y 1969 que demostraron que los adolescentes y adultos jóvenes sanos, felices y seguros de sí mismos eran el producto de hogares estables en lo que ambos padres dedicaron gran parte de tiempo y atención a sus hijos, de ahí la importancia de saber todo lo posible acerca de las diversas condiciones sociales y psicológicas, que influyen positiva o negativamente, en el desarrollo de los niños. Bowlby menciona que la provisión de una base segura de parte de ambos padres o progenitores, donde ellos solamente responden cuando se les pide aliento o ayuda, e intervienen activamente sólo cuando es evidentemente necesario, otorga a un niño la posibilidad de hacer salidas al mundo exterior sabiendo que puede regresar a un lugar donde, con certeza, será bien recibido, alimentado física y emocionalmente, reconfortado si se siente afligido y tranquilizado si está asustado.
La teoría del apego (Bowlby, J. 2009) se describe como un intento por explicar la conducta de apego y los apegos duraderos que los niños tienen con otras personas determinadas y menciona la ansiedad de la separación en la que el riesgo de pérdida o las amenazas de abandono generan ansiedad e ira y de ser continua, la conducta puede volverse disfuncional, otro fenómeno es el duelo, es decir, la reacción ante la pérdida ocurrida y este se vuelve patológico cuando un niño no recibe información adecuada sobre lo ocurrido o no tienen a un adulto que le ayude a adaptarse gradualmente a la pérdida, a su ira y a su pena, el ultimo fenómeno se denomina “mecanismos de defensa” o conductas de desapego ante el dolor que causa la separación o pérdida. Bowlby reconoce que, al tratarse de una característica de la naturaleza humana, la conducta de apego está presente desde el momento del nacimiento, hasta el momento de la muerte y aunque se vuelve menos intensa y absorbente a lo largo del tiempo, es muy natural el deseo de amor y cuidados en personas ansiosas y perturbadas.
Gracias a la teoría del apego, se identificó que la calidad del apego desarrollado en la infancia define el comportamiento, forma de gestionar emociones, miedos y formas de relacionarse en la edad adulta, desde una perspectiva de crianza infantil, la teoría ayudó a dar importancia al establecimiento de una relación segura y con vínculo fuertes, en los primeros años de vida de los niños, para que puedan sentirse protegidos y cuidados, pues los niños que logran esta sensación, desarrollan una figura de sí mismos y de apego positiva, percibirán sentimientos de alegría, bienestar, seguridad y confianza; por otro lado, quienes desarrollan un apego negativo, experimentarán sentimientos de ira, miedo, desconfianza e inseguridad.
Josu Gago describió la existencia de cuatro tipos diferentes de apego (Bowlby, J. 2009), el primero llamado apego seguro, considerado el modo de apego más sano a nivel emocional, se caracteriza por la capacidad del niño de explorar el medio ambiente con la confianza de la presencia de su madre o cuidador y la aparición de inquietud cuando ésta se ausenta, sin embargo, cuando ella vuelve a aparecer entonces el niño recupera la tranquilidad y continúa explorando. A nivel emocional se sienten validados, por lo que les resulta fácil relacionarse con su entorno, confía en que sus padres son incondicionales y no le fallarán, por lo que en su edad adulta podrán establecer fácilmente vínculos íntimos con los demás, no temerán al abandono, lo que les facilitará contar con mayor bienestar emocional y una sana independencia, sin tener que renunciar al establecimiento de vínculos afectivos y tener una vida independiente. Para llegar a este resultado, la madre o cuidador, debieron proporcionar suficiente seguridad, contacto y comunicación al niño. Las personas con apego seguro, sienten a priori que las otras personas son confiables y dignas de amor, a la vez que logran mantener un equilibrio entre la dependencia y la independencia, en la vida diaria les resulta más fácil responder de manera óptima al duelo y a las separaciones, pueden romper aquellos vínculos que saben inconvenientes para ellos, saben mostrarse emocionalmente ante los demás y revelar vulnerabilidad sin sentirse amenazados, no necesitan mostrar actitudes como la manipulación, control o celos ya que confían en sí mismos.
El siguiente tipo de apego descrito por Gago es el apego ansioso y ambivalente, que resulta de un cuidado inconsistente, azaroso, negligente o caótico, los niños que desarrollaron esta forma de apego no confían en su madre o cuidadores, cuando exploran el medio ambiente no lo hacen con mucha calma pues suelen mantener la vigilancia sobre su madre o cuidador, se angustian ante su ausencia y les resulta difícil recuperar la calma cuando reaparecen porque sienten que en cualquier momento puede volver a desaparecer, entonces, crecen experimentando tendencias a sentir inseguridad, incertidumbre, angustia y miedo ante las separaciones, maximizan la expresión de conducta de apego y buscan la aprobación y cercanía de sus cuidadores. La causa de esta falta de confianza se debe a que los cuidados que recibieron fueron ambivalentes e inconsistentes.
Después describe el apego evitativo, que se asocia con la falta de disponibilidad emocional, hostilidad o rechazo, especialmente cuando el niño necesita ternura, entonces el niño se adapta evitando llorar y aparentando indiferencia cuando la madre o cuidador desaparece de su vista, de hecho, el niño evita el contacto con ella cuando regresa, confundiéndose esta conducta con seguridad, aunque en el fondo produce malestar en el niño que crece con un sentimiento de ser poco valorado y con altos niveles de estrés emocional; con el paso del tiempo, presenta dificultades para establecer relaciones íntimas en la etapa adulta. Esta forma de apego es propia de los niños cuyos cuidadores no les proporcionan suficiente seguridad, por lo que desarrollan un distanciamiento social y autosuficiencia compulsiva con respecto a sus cuidadores.
El último estilo de apego descrito y considero el más nocivo de todos, es el apego desorganizado, que se asocia con abuso físico y emocional, específicamente con una conducta amenazante de los progenitores, es una mezcla entre el apego evitativo y el ansioso y ambivalente, se origina cuando la madre o cuidadores manifiestan una conducta negligente e insegura, relacionada con sus propios sentimientos de hostilidad, impotencia, pérdidas o traumas no resueltos, que se convierte en una fuente de amenaza, aprehensión, confusión, desorientación e incoherencia, entonces el niño desarrolla una conducta contradictoria e inadecuada, se activa su sistema de defensas y miedo parecido al que se tendría frente a un depredador, ante la imposibilidad de encontrar una solución el niño se disocia de sí mismo, pues se percibe al mismo tiempo amenazado pero necesitado de cuidado y se disocia del otro al percibirlo simultáneamente como dispuesto a ofrecer cuidados e incapaz de ofrecer cuidado, violento, asustado e impotente, originando con esto patologías relacionadas con trauma y disociación, en la edad adulta, estas personas tienen problemas para gestionar sus emociones y con frecuencia reaccionan ante su entorno de manera impulsiva o explosiva, tienen problemas para mostrarse vulnerables o para confiar en los demás, por lo que desarrollan actitudes tóxicas como celos patológicos o una tendencia a la manipulación.
En el caso de la violencia al interior de la familia, Bowlby (Bowlby, J. 2009) sostiene que puede ser comprendida como la versión distorsionada y exagerada de una conducta desarrollada en la infancia, cuando la conducta de apego de un niño recibe respuestas tardías o de mala gana, sin la importancia que para él amerita, es probable que adopte un apego ansioso por el temor de que su principal cuidador se ausente o no le ayude cuando lo necesita, por lo que no quiere separarse de éste, obedece de mala gana y se interesa poco por los problemas de los demás, si a esta circunstancia de cuidados, se suma el rechazo activo y violencia, puede ser que el niño desarrolle una pauta de conducta en la que el deseo de anular a sus cuidadores o padres existe al mismo tiempo que su deseo de proximidad y de cuidados y asume además una conducta rabiosa; por lo anterior, los actos violentos que viven los niños en su infancia, con sus cuidadores tienden a repetirse cuando son adultos, con sus propios hijos, se transmiten de generación en generación, esto muestra con claridad que ciertas pautas características de la conducta social quedan establecidas en los primeros años de vida y que este tipo de experiencia familiar influye en su desarrollo de uno u otro modo.
La familia es el núcleo donde se espera que un niño crezca con los cuidados, apoyo, transmisión de experiencias y conocimientos en el camino hacia su madurez, sin embargo, como ya hemos visto, sucede que es en ese ámbito donde su proceso de desarrollo de niño a adulto se ve alterado por agresiones desde el exterior, ya sea de sus padres, hermanos o cualquier otro familiar que conviva con el menor, o pueden provenir del interior, por ejemplo, de sus propias respuestas emocionales que agobian al organismo. Keleman describe que las agresiones a la forma (Keleman, S. 2014) provocan modificaciones a las corrientes excitatorias y en consecuencia a la configuración que asume la persona volviéndose más rígido y luego denso hasta quizá llegar a colapsar hacia adentro y encogerse alejándose del exterior, dependiendo de la cronología, la intensidad y la duración de las condiciones que provocan el reflejo de alarma, el reflejo simple se transforma en un proceso complejo que afecta permanentemente al individuo, provocando traumas emocionales y sufrimiento somático, sobresalto, estados de alarma, respuestas inmediatas de lucha o huida que lo llevan a permanecer en un reforzamiento constante o rigidez espástica profunda que refleja terror y rabia afectando los tejidos, músculos, órganos, pensamientos y sensaciones.
Entonces, si una persona experimenta en periodos críticos del desarrollo infantil, sucesos que representan una amenaza potencial a su vida, surge una especie de congelamiento conocido como trauma de desarrollo que perturba su capacidad de responder efectivamente, este trauma es el resultado de una de las fuerzas más poderosas que el cuerpo humano es capaz de producir y la clave para superarlo está en la fisiología de la persona afectada, en su capacidad de ser consciente de su sensación corporal y reacción emocional en forma de sensaciones y pensamientos, esto significa que los daños son reversibles y existe la posibilidad de sustituir en la etapa adulta el tipo de apego aprendido en la infancia para conectarse consigo mismo y con los demás mejorando así la calidad de vida y el entorno en que se desenvuelve la persona y una oportunidad de sanación y aprendizaje de autocuidado es ofrecida por la psicoterapia humanista corporal cuyo enfoque terapéutico está centrado en la persona a la que acompaña en su camino hacia el bienestar y la autorrealización, a través del trabajo de alineación cuerpo, mente, emociones y espíritu, siempre a su propio ritmo y de forma holística hasta lograr desarrollar congruencia entre lo que siente, piensa y hace en su día a día y en su entorno, el acompañamiento al paciente, se hace a partir del reconocimiento de este como una subjetividad humana con quien se interactúa de una manera valorativa y respetuosa y se le confirma como una totalidad única e inclasificable, por lo que perfectamente, así la persona con vivencias de violencia intrafamiliar puede desarrollar vínculos sanos de familia, pareja, amistad o laborales. Entonces, desde este punto de partida, algunas de las técnicas utilizadas en esta corriente psicoterapéutica corporal, se encuentran la respiración, arraigo, bioenergética, proceso del COMO, experiencia somática, la sensación sentida, la bioenergética, la psicoterapia dinámica experiencial profunda, entre otras.
En el caso de la bioenergética propuesta por Alexander Lowen, ésta reconoce a la persona en términos del cuerpo y sus procesos energéticos como la respiración y el metabolismo que producen energía y la descarga de ésta a través del movimiento y el modo en que se utiliza para responder a las situaciones de la vida, en el proceso terapéutico tienen como finalidad que la persona recupere su viveza y bienestar emocional, se combinan trabajos con el cuerpo, la mente y las emociones, partiendo de que la forma de pensar de una persona se refleja en su cuerpo y su cuerpo refleja la forma de pensar de la persona. El objetivo de la bioenergética es integrar sensaciones, sentimientos, emociones y procesos mentales a través del cuerpo, con ejercicios físicos y de expresión verbal que procuren el contacto consciente con el cuerpo y su somatización que ha configurado la estructura corporal de las personas (esquizoide, oral. Masoquista, psicopático y rígido). Para identificar los problemas de los consultantes, los practicantes de la terapia bioenergética escuchan y observan, la voz, la mirada, la forma y postura del cuerpo, a partir de ahí determinan que ejercicios son los convenientes para movilizar el flujo de energía detenido en los cortes provocados por las tensiones en el cuerpo y con ello retomen su funcionamiento adecuado en aspectos fisiológicos, emocionales e intelectuales, estos pueden ser: Ejercicios de respiración, de asentamiento en la tierra, de vibración y motilidad, de auto expresión y autodominio, de descarga, afectivos, sensuales y sexuales, masaje para suavizar tensiones en partes del cuerpo que no se movilizan mucho al respirar o al hacer ejercicios bioenergéticos, meditación.

Peter Leven (Levine, P. 2012) médico y psicólogo que observó el problema del trauma desde la visión psicológica con enfoque corporal, mindfulness y filosofías orientales, pero también con visión fisiológica, neurológica y antropológica, desarrolló su estilo de terapia denominado Experiencia Somática, que considera la posibilidad de que las experiencias emocionales fuertes queden encapsuladas en el cuerpo de la persona, cuando la energía que se desplego en su momento, para enfrentar la experiencia, no logró ser liberada, por lo tanto es a través del cuerpo como se puede sanar el trauma o energía encapsulada, para su teoría uso como punto de partida las bases estructurales del sistema nervioso que refiere la teoría polivagal (Porges, 2017) y su respuesta o reacción ante una situación de crisis o peligro, que pueden ser reacción de defensa activa ante el agresor, huida al sentirse en grave riesgo o, cuando la persona se siente superada, reacción de inmovilidad, esta última relacionada directamente con el trauma si es que la energía inmovilizada no se activa rápidamente, restringiendo físicamente a la persona quien vivirá controlada por esa sensación física y emocional, en la que generalmente predominarán sentimientos de miedo, impotencia, repugnancia, ante situaciones que, en un futuro, lleguen a despertar su sensación de inmovilidad.
Si partimos de que Porges (2017) describe tres sistemas básicos del sistema nervioso (sistema vago primito no mielinizado que inmoviliza y conserva los órganos internos; sistema nervioso simpático que controla las extremidades corporales y activa el cuerpo para la lucha o en su caso, para la huida y el sistema vago mielinizado que funge como intermediario para las conductas sociales pues conecta con la cara, la garganta, el oído medio, los pulmones y el corazón), cuando las personas se sienten amenazadas pasan por tres fases nerviosas: primero, intenta contactar con los rostros y voces de otras personas para entender qué pasa o comunicar las propias sensaciones a través del sistema vago mielinizado. Si este no funciona, se activa el sistema simpático para pasar a la lucha o la huida, y si este tampoco funciona, se activa el sistema vago no mielinizado de la inmovilidad.
El método propuesto por Levine (Levine, P. 2012) para la atención del trauma, parte de la idea de que el proceso de reversión que colapso a la persona sea progresivo, para acompañarlo a superar, primero, la insensibilidad corporal relacionada con la fase de emergencia o congelamiento, considerando que cuando esto se logra, sobrevendrá una fase de hipersensibilidad relacionada con la actividad simpática conectada con los instintos de lucha y huida, superada esta segunda etapa, la persona podrá llegar al equilibrio y tranquilidad del sistema vago no mielinizado que devuelve a la vida social normal al individuo. Desde el método propuesto por la experiencia somática, de Peter Levine (Levine, P. 2012) está conformado por doce fases agrupadas en cuatro bloques de tres fases cada bloque. El primero bloque, tiene el objetivo de reconectar a la persona con su cuerpo para sanar la insensibilidad resultado del trauma que le ayudó a no sentir dolor ni sufrimiento, al final el paciente podrá conectar con sus sensaciones corporales agradables y tendrá la seguridad de que la sensación corporal no le dañará. En el segundo bloque, se buscará que la persona comprenda el lenguaje de sus sensaciones corporales y sepa diferenciar entre pensamiento, emoción y sensación corporal; en el tercer bloque se reactivará la capacidad emocional mediante la activación de patrones de lucha y huida y el último bloque la atención se centrará en devolver a la persona al equilibrio.
En todo el proceso se presentan cinco aspectos fundamentales que el psicoterapeuta humanista corporal debe tener en cuenta para lograr alcanzar el objetivo de desconectar gradualmente las asociaciones mentales y emocionales derivadas del trauma con la sensación corporal, el primero de ellos es la importancia de la sensación corporal o propiocepción, el siguiente es la atención a las percepciones subjetivas que surgen de los sentidos, con relación a los recuerdos asociados al trauma, el tercer aspecto es la atención a la expresión corporal del paciente (posturas, gestos, tensiones, movimientos involuntarios, respiración, expresiones y micro expresiones de la cara), el cuarto aspecto a tener en cuenta es identificar las emociones y sentimientos que brotan en el trabajo de desbloqueo y por último, los significados que el paciente presenta en su conversación.
Otro modelo de acompañamiento óptimo para atender a personas víctimas de violencia intrafamiliar, en la infancia, que desarrollaron trauma y que viven con las secuelas de este, puede ser la combinación de los modelos de psicoterapia corporal denominados modelo del ajuste, modelo del trauma/descarga y modelo de proceso (Totton, N. 2003), que bien se pueden encontrar en el método Hakomy (el Mindfulness, es un estado de atención presente, a través del cuerpo) es un buen ejemplo de cómo los tres modelos pueden coexistir e interaccionar. El método del ajuste interrumpe la expresión del material de la persona y prioriza la propia agenda del terapeuta, respecto al modelo de Trauma/Descarga, revive las situaciones traumáticas, por su parte el método del proceso prioriza lo que sucede en el momento de la sesión terapéutica sin interrumpir el flujo del paciente e involucra sentimientos del terapeuta, por lo que lo recomendable es usar creativamente los tres modelos dependiendo de lo que se necesite.
Las herramientas que se pueden usar en el tratamiento de pacientes con antecedentes de violencia intrafamiliar, requieren de la presencia de un terapeuta con habilidades humanistas (Totton, N. 2003) que otorguen confianza para desear trascender su circunstancia y desarrollarse de forma sana y satisfactoria, como son la escucha aguda, capacidad de contacto, la sensibilidad táctil intrincada, la propiocepción, conocimientos de lectura corporal y de vitalidad del afecto, calibración afectiva, trabajo corporal, trabajo con la respiración y el buen manejo de la contratransferencia somática para entender los temas del cliente y los diferentes aspectos de su vida interna.
La filosofía humanista considera a la persona en forma integral, como un todo, una conjunción de espíritu -mente – cuerpo – emoción, como un ser social digno y dinámico, capaz de autorrealizarse y también de relacionarse con otros respetando sus derechos, virtudes, valores y criterios del otro, por su parte, la psicoterapia corporal implica una teoría del funcionamiento humano como unidad funcional del cuerpo-mente sin considerar alguna jerarquía entre estos, entonces, si ambas herramientas se unen para poner al servicio de las personas víctimas de violencia intrafamilar, podemos prever que los resultados de iniciar y transcurrir un proceso terapéutico humanista corporal deberá dar como resultado una apertura del paciente para permitirse confiar sus miedos y reservas, en las manos de un desconocido que le ofrece respeto, aceptación incondicional, empatía, entre otros valores humanistas, así como la experiencia y conocimientos teóricos para acompañarlo en su transitar hacia la toma de conciencia del origen de su situación actual, de sus ajustes en forma de reacciones y al mismo tiempo, el descubrimiento de nuevas oportunidades de desarrollo para transformarse en una mejor versión de sí mismo.
Análisis de datos
La entrevistada mantuvo una buena disposición durante las sesiones, participó activamente en la práctica de centramiento y ejercicios bioenergéticos de arraigo iniciales, que se propusieron con la finalidad de llevarla a estar presente, ayudarla a despejarse de la dinámica de su vida diaria, ser consciente lo que pasaba en ese momento y tocar su capacidad de contacto con las realidades de su existencia; aunque comenzó inquieta, respirando poco y con movimientos rápidos, después logró tranquilizar su estado, amplió su respiración, ajusto su postura para abrir su tórax, tomó respaldo y se mantuvo más cómoda, además disminuyó su velocidad e intensidad hasta lograr ser consciente de lo que sucedía en el “aquí y el ahora”.
Ante la pregunta de ¿cómo se sintió al final de los ejercicios de arraigo y centramiento? manifestó “veo más luz, siento que respiro más, me siento como más ligera y si me gusta, como si me quitara un peso de encima”. El arraigo o toma de tierra supone que cuando la persona está “cargada” tiende a ir hacia arriba hacia la cabeza, pero cuando está arraigada al suelo, baja su centro de gravedad y se siente más cerca de la tierra aumentando así su sentido de seguridad (Lowen, A & Lowen L. 2000) por cierto muy necesaria en este caso, donde al descender la atención podría observar sensaciones corporales, relajar la mente de pensamientos reiterativos y a la vez conectar con reflexiones y recuerdos más auténticos.
Para conocer cómo fue su crecimiento y desarrollo, en razón de su aprendizaje al lado de personas significativas, como lo fueron sus padres, que pudieran explicar algo de su situación actual, a través de la entrevista se le invito a relatar como fue su relación con sus padres, con sus hermanos, con su familia extensa y en general con el entorno social en el que se desenvolvió. Cuando se le pidió describir dos experiencias vividas en la infancia dentro de su núcleo familiar, que le dejaron algún recuerdo grato, primero y otro no grato por tener un contenido de violencia, respecto al recuerdo no grato la entrevistada comento: “pues las peleas entre mis papás, se agarraban a golpes, cuando empezaban yo sentía como me prendía, sentía mucho calor mucho coraje y corría a meterme entre ellos, me acuerdo que yo gritaba mucho para separarlos pero nunca pude y me prendía más, ya después quedaba desguanzada y bien triste me acuerdo que se me dormían las manos y la boca, fueron muchas veces”.
Entonces se observa primero, como la violencia doméstica que los padres ejercieron uno sobre otro pudiera provenir de una conducta de apego insegura desarrollada en su infancia y que luego se reactivó en la relación de pareja que conformaron en la que trasmitieron sus patrones transgeneracionales de violencia, otra observación es el riesgo o afectación a la integridad física, mental y emocional de los hijos que de alguna manera participaron en esos actos de violencia y que después definirán su relación socio emocional entre ellos, con sus padres y con otras personas importantes en su vida. Estás experiencias recurrentes confirman, además, como característica del vínculo familiar, el abuso o dominio que de forma alternada ejercían ambos padres, confirmando con esto que la violencia de pareja es crónica y cíclica, y que las mujeres son víctimas y algunas también son maltratadoras (Cáceres. E. et al. 2011), por otra parte, es importante señalar que las secuelas de la violencia intrafamiliar en la infancia, en el comportamiento son muchas (Frías, M. Gaxiola, J., 2008), sin importar si la violencia se ejerció directamente contra los menores o si sólo fueron testigos de episodios agresivos entre los padres, ante estas vivencias, se generan problemas en el ajuste social, emocional y conductual en los niños, manifestándose como problemas de carácter físico y psicológico.
A la pregunta de cómo percibió la aceptación por parte de sus padres hacía ella y de ella hacia sí misma, la entrevistada respondió “ni ellos saben lo que quieren, no sé, yo no me gusto”, cuando se le cuestionó si sintió que sus padres atendieron sus necesidades de cuidado y afecto respondió “no sé, supongo que sí, a veces, no se puede confiar en ellos” además, cuando se le cuestionó si de alguna forma recibió violencia física o verbal en su casa, comentó: “¡ay claro que sí! Golpes, groserías, apodos, burlas, mi mamá me ignoraba y me dejaba de hablar, desde los 13 años ya me estaba corriendo de la casa” cabe señalar ante esto que el estilo sano o no, de las primeras interacciones entre el niño y la madre o el padre o ambos, respecto a las demandas de protección y afecto del niño van a definir como el niño interioriza la relación con ellos y, además, como él se interpreta a sí mismo, a los otros y todo lo que pasa en su vida, entonces, con las características antes descritas se observa cómo sus experiencias parentales de cuidados intermitentes, agresión verbal y física, la llevaron a relacionarse con sus padres con desconfianza, pero también de forma desafiante afectando con esto la calidad del apego que desarrolló y que definió su comportamiento, forma de gestionar emociones, miedos y formas de relacionarse en la edad adulta (Bowlby, J. 2009) como se verá más adelante.
Respecto a las consecuencias de estas experiencias vividas en casa, la entrevistada manifestó “no sé, no puedo identificar nada en particular, lo que si te puedo decir es que no me gustó lo que pasó, me da vergüenza” … “¿que si yo soy violenta? Yo creo que sí, más o menos, si me enojo y más cuando todo se sale de control” …”si me llegué a pelear a golpes con mi última pareja” … “tengo asma desde los 15 años, tengo gastritis, tengo sobrepeso, me duelen las rodillas.” … “sí me he llegado a sentir deprimida, pero lo que más me pasa, me doy cuenta es que no tengo ganas de nada, como que no hay nada que me interese.” claramente se observa como las vivencias de la entrevistada generaron una especie de frustración por el rumbo que ha tomado su vida y que no se manifiesta conscientemente, pero si se refleja en su condición física y emocional.
En este contexto, tomamos el concepto de familia disfuncional según Hunt (2007), el cual refiere que “una familia disfuncional es donde el comportamiento inadecuado o inmaduro de uno de los padres inhibe el crecimiento de la individualidad y la capacidad de relacionarse sanamente entre los miembros de la familia”, es decir, esa familia no funciona conforme los roles sanos que le atribuye la sociedad, sino que los adultos a cargo ejercen modelos autoritarios, rígidos, represivos, prohibitivos, de silencio, etc., los integrantes de la familia muestran falta de unión y no se brindan ayuda, generalmente no aceptan que tienen un problema y responden de manera agresiva a todo intento de ayuda, viven desesperanza y frustración que les incapacita para afrontar eficientemente los problemas. Por otra parte se pueden mencionar las afectaciones físicas que describe Keleman (2014) o como el las llama, las agresiones que recibe la persona, que van modificando las corrientes excitatorias lo que trae como consecuencia cambios en la configuración que asume la persona, es decir, su cuerpo empieza a manifestar los efectos de la violencia vivida de forma recurrente hasta volverse más rígido y denso, llegando a adormecer las sensaciones para no sentir aquello que sucede en el exterior y que duele, hasta colapsar con enfermedades.
Por último, cuando se cuestionó sobre su vida actual, la entrevistada comento “las cosas no están bien, me fue mal en mi última relación y tuve que regresar a vivir con mis papás, no estudié nada, ahorita trabajo en una financiera y estoy estudiando para masajista” … “ya quiero irme de la casa de mis papás, pero no sé cómo”; observamos con esto cómo efectivamente las consecuencias de los actos violentos en la infancia se convierten en referentes de las relaciones en la edad adulta y tienden a repetirse sin cambiar mientras la víctima no logre cambiar sus interpretaciones de lo que sucedió y sucede de nueva cuenta.
Se puede concluir que las experiencias vividas en la infancia dentro de su núcleo familiar, llevaron a la entrevistada, primero a desconectarse del cuerpo, perdiendo consciencia de los que realmente necesita, por ejemplo, al vincularse con personas que no le proporcionan bienestar, después a vincularse de la misma forma en que sus padres lo hacían pues, aunque se había propuesto no caer en lo mismo, de alguna manera si sucedió. otra observación es que gracias a esa desconexión o desarraigo se ven afectados su desempeño personal, familiar, laboral o económico, relaciones de pareja, todavía está en busca de estabilidad, tiene poca confianza en sí misma y en los demás, por estos motivos en el proceso de entrevista fue necesario practicar trabajo de centramiento y movimientos de consciencia psicosomática, para suavizar los mecanismos de defensa que se presentaron, bajar su energía al cuerpo principalmente a las piernas y experimentara la posibilidad de expresar sus recuerdos y es justo aquí donde se observa la gran oportunidad que ofrece el trabajo de la Psicoterapia Humanista Corporal, para los adultos que en su infancia fueron víctimas de violencia intrafamiliar que padecen consecuencias psicosomáticas, relacionales, económicas, laborales, etc., una puerta hacia el encuentro consigo mismo, con sus creencias, introyectos o asuntos inconclusos para aclararlos o reconsiderarlos a partir de sus percepciones auténticas, sus emociones y sentimientos, reconocimiento de sus necesidades reales y por fin se encuentre en posibilidad de tomar acción en una dirección que le lleve al desarrollo y crecimiento personal.
Reflexiones finales
En el primer Informe Mundial sobre Violencia y Salud publicado en el año 2002 emitido por la Organización Mundial de la Salud, Nelson Mandela escribió “El siglo XX se recordará como un siglo marcado por la violencia… Menos visible, pero aún más difundido, es el legado del sufrimiento individual y cotidiano: el dolor de los niños maltratados por las personas que deberían protegerlos, de las mujeres heridas o humilladas por parejas violentas, de los ancianos maltratados por sus cuidadores, de los jóvenes intimidados por otros jóvenes y de personas de todas las edades que actúan violentamente contra sí mismas. Este sufrimiento, del que podría dar muchos más ejemplos, es un legado que se reproduce a sí mismo a medida que las nuevas generaciones aprenden de la violencia de las anteriores, las víctimas aprenden de sus agresores y se permite que perduren las condiciones sociales que favorecen la violencia…” (Organización Panamericana de la Salud, 2002).
Entonces, la violencia se ha convertido y ha sido reconocida como un problema de salud pública, por lo que es vital sumarse a los trabajos de prevención que ya se han iniciado para enfrentar de raíz la violencia como prioridad básica para la comunidad, por tal razón considero firmemente la importancia de hacer accesible a quienes lo necesiten y que se sientan listos y listas para emprender un camino de transformación, las herramientas que ofrece la psicoterapia humanista corporal para recuperar su integridad, es decir, primero con el apoyo del enfoque somático que ofrece la recuperación de aquellos elementos de sí mismos, congelados por sus experiencias pasadas que adoptaron las formas de síntomas, aunado al acompañamiento profesional y ético que apoya el desarrollo personal de quien lo necesite, pues el modelo terapéutico se basa en un trato digno desde la consideración empática y aceptación incondicional, así mismo, parte desde una visión holística, que acompaña a descubrir quién se “ES”, para ayudar a conectarse con la propia sabiduría organísmica y desarrollar nuestras capacidades y potencialidades al máximo, apoyando a conectar con la espiritualidad y buscar la trascendencia, responsabilización y toma de conciencia para reconocer la participación co – creativa de la situación individual y social (Jáuregui, 2021).
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