Mtra. Paty Herrera Rosas
“Jamás un dolor me había hecho crecer y crear tanto, como el dolor de haber perdido nuestra relación”, Mtra. Paty Herrera
Introducción
Este trabajo propone comprender el duelo traumático como una experiencia que impacta simultáneamente el cuerpo, la identidad, el vínculo y el sentido de vida. Desde la Psicoterapia Humanista Corporal (PHC), se plantea que el acompañamiento terapéutico requiere crear condiciones de seguridad relacional y corporal que permitan al doliente transitar entre la confrontación de la pérdida y la restauración de sus recursos vitales.
La propuesta articula aportes de la bioenergética, la psicología del corazón, la antropología, el enfoque centrado en la persona y los modelos contemporáneos sobre trauma, duelo y crecimiento postraumático. A partir de esta integración, se sostiene que el cuerpo no solo expresa el dolor de la pérdida, sino que también puede convertirse en una vía de regulación, resignificación y reconstrucción identitaria.
El cuerpo, el corazón y la experiencia emocional
Según León Vega (2017), históricamente la medicina ha considerado al corazón como un órgano vital por su función de bomba sanguínea impelente y aspirante, que permite la perfusión fisiológica a todos los rincones del cuerpo humano.
Anatómicamente, el corazón está ubicado en la caja torácica, en el espacio denominado mediastino medio. Guarda estrecha relación con los pulmones en sus bordes, con el esternón en su cara anterior y, en la parte posterior, con el esófago. Su base se encuentra dirigida hacia arriba, a la derecha y ligeramente hacia atrás; de ella nacen los vasos sanguíneos, mientras que su ápex reposa sobre el diafragma. La velocidad con la que late el corazón por minuto está regulada por el centro cardiovascular del bulbo raquídeo, que envía señales químicas a través de los nervios simpáticos y parasimpáticos (León Vega, 2017).
Lowen (2010) consideraba que el corazón puede asimilarse a una bomba relacionada con la vida total del cuerpo y con su funcionamiento orgánico. Lo entendía como centro de integración de tres canales de comunicación: el primero, la garganta y la boca; el segundo, los brazos y las manos, utilizados para alcanzar, tocar, tomar, sostener, acariciar, presionar, frotar, atraer y descargar; y el tercero, la parte inferior del cuerpo, que pasa por la cintura y la pelvis hasta los órganos genitales. Además, existe un control humoral mediado por hormonas vasoconstrictoras —adrenalina, noradrenalina, angiotensina, vasopresina y serotonina— y hormonas vasodilatadoras —bradicinina, histamina y prostaglandinas—. Otro de los roles del corazón es el endocrino-metabólico, en el que realiza dos funciones: sintetizar hormonas y distribuir hormonas ajenas a él (León Vega, 2017).
Desde la psicología del corazón, Navarro (2007) lo considera el órgano encargado de repartir oxígeno y otros nutrientes a todos los mecanismos bioenergéticos del organismo. Desde su punto de vista, el tórax funciona como una caja de resonancia para los sentimientos; por ello, necesitamos una respiración libre para que las emociones adquieran intensidad, las sintamos y podamos responder a las circunstancias externas mediante movimientos corporales.
Cuando existe cierto grado de disociación entre la parte superior del cuerpo y la parte inferior, los movimientos respiratorios naturales no se propagan libremente a través del cuerpo. La respiración se vuelve torácica, con escasa intervención abdominal o diafragmática y con movimientos pectorales restringidos (Lowen, 2010).
Antropológicamente, los nahuas de San Pedro Xolotla, asentados geográficamente en la Sierra Norte del estado de Puebla, en el municipio de Pahuatlán de Valle, dentro de la zona noroccidental de la Huasteca, consideran en su cosmovisión sobre la conformación del ser humano que toda persona tiene en su interior un “cofre” donde guarda los recuerdos y donde recae el aprendizaje. Así, el corazón sirve como almacén de las experiencias humanas. La frase que emplean para referirse a ese cofre es niquehua ipanoyolo, “guardo en mi corazón” (Triana-Alcívar, Ureta-Pilligua, Mera-Flores, Bermúdez Cevallos y Rivadeneira Mendoza, 2021).
Del alma-corazón provienen impulsos emocionales positivos, como el amor, la alegría, el gozo y el placer, así como emociones negativas, como la repulsión, el asco y el aborrecimiento. Entre los nahuas, el corazón se relaciona con “la vitalidad, la motricidad, la memoria, los sentimientos, el pensamiento y el lenguaje”. Es considerado sede de la identidad y de la historia personal. El corazón físico (iyolo) también es generador de sentimientos y afectos. Las afecciones del corazón se reflejan en los estados de ánimo, cuya expresión en el rostro tiene su origen en el juego de entidades y centros anímicos. De hecho, los nahuas consideran necesario manejar las emociones dañinas y encauzar las favorables para el óptimo desempeño de las entidades (Triana-Alcívar, Ureta-Pilligua, Mera-Flores, Bermúdez Cevallos y Rivadeneira Mendoza, 2021).
Al hablar de encauzar las emociones favorables, una de ellas es el amor. Desde la perspectiva de Marcela Lagarde y de los Ríos (2022), el amor es una experiencia de relación con el mundo y de aprehensión; es una experiencia vital y constante. Como experiencia movilizadora, nos lleva a actuar, crear, transformar y trascender nuestra vida.
El amor entonces también tiene que ver con el cuerpo, pues marca sus necesidades, deberes y prohibiciones amorosas. Las relaciones amorosas que hemos vivido tienen el cuerpo como su centro y permanecen cifradas durante toda nuestra vida. Y está también en el imaginario de cada persona llevando así a sus seres a quien ama y a quienes amó.
Lowen (2010) considera que el corazón es fundamental en todo tratamiento terapéutico, ya que las defensas tanto psíquicas como somáticas tienen la función de guardar a la persona, es decir, de protegerla contra la ansiedad. En el momento de vulnerabilidad puede producirse ansiedad. La ansiedad se desarrolla cuando un sentimiento más fuerte intenta franquear los límites y se ahoga de miedo. Este miedo hace que el individuo se cierre casi completamente, poniendo en peligro inclusive la vida del organismo. También nos recuerda que el dolor amenaza la integridad del organismo.

Duelo
Los seres humanos somos relacionales por naturaleza. Interactuamos constantemente con quienes nos rodean y creamos vínculos a lo largo de toda nuestra existencia para satisfacer necesidades de seguridad y protección, desarrollar nuestra identidad, dar y recibir. Cada vez que nos comunicamos o entramos en conexión con el exterior, generamos sentimientos, pensamientos, fantasías, deseos y esperanzas. El mundo interno que creamos con este material se encuentra dentro de nuestra piel y lo organizamos de forma que tenga sentido (Payás Puigarnau, 2010).
En el mundo interno sucede que, cuando la necesidad está colmada, la estimulación cesa. Esta respuesta natural se repite una y otra vez a medida que las necesidades emergen y se satisfacen. Se trata de una serie cíclica de gestalts que incluye reacciones fisiológicas, emocionales, conductuales y cognitivas, las cuales se activan y desactivan, se abren y se cierran de forma espontánea y, a menudo, inconsciente (Perls, 1973; Perls y otros, 1951, citados en Payás Puigarnau, 2010).
Para Lowen (1997), las emociones son hechos corporales: movimientos o alteraciones dentro del cuerpo que generalmente se traducen en alguna acción exterior. La persona es la suma total de sus experiencias vitales; cada una de ellas queda registrada en su personalidad y estructurada en su cuerpo. Cuando lo que ocurre en el mundo exterior afecta al cuerpo, el individuo experimenta, pero esa experiencia llega a través de su efecto corporal.
En el mundo exterior, las relaciones interpersonales nos ayudan a definir los límites de nuestra identidad: quiénes somos y hasta dónde llega nuestro espacio vital en relación con los demás (Erskine y otros, 1999, citados en Payás Puigarnau, 2010).
El conocimiento se convierte en entendimiento cuando va asociado con el sentimiento. Sólo la comprensión profunda, cargada de un valor emocional fuerte, es capaz de modificar los patrones estructurados de la conducta. El amor suaviza todos los rasgos fisonómicos y llena de calor la piel y los ojos, por el contrario, la tristeza presenta un aspecto decaído, como si la persona estuviese a punto de romper a llorar (Lowen, 1997).
Tras el fallecimiento de un ser amado, el duelo aparece como una respuesta natural del ser humano. El duelo implica la pérdida de la relación y del contacto con el otro, lo cual puede romper también el contacto con uno mismo. Es una experiencia de fragmentación de la identidad producida por la ruptura de un vínculo afectivo: una vivencia multidimensional que afecta no solo al cuerpo físico y a las emociones, sino también a las relaciones con los demás y con uno mismo, a las cogniciones, creencias y presuposiciones, así como al mundo interno existencial y espiritual (Payás Puigarnau, 2010).
En la ruptura de la vinculación con una persona que amamos y que nos ha amado, no solo perdemos una fuente de satisfacción de nuestras necesidades de afecto o seguridad; también se ve sacudido nuestro mundo interno de pensamientos, significados y esperanzas, generado en sus aspectos nucleares a partir de esa relación significativa. Al perder a un ser querido, se desmantelan valores, creencias y esperanzas: nuestra visión de la vida y de las relaciones se quiebra, y el sentido de quiénes somos se distorsiona. La experiencia de duelo comprende también el proceso de recuperación de esta identidad fracturada; por ello, la necesidad de reestructurar la fragmentación interna constituye uno de los objetivos o tareas del duelo (Payás Puigarnau, 2010).
Duelo traumático
Acinas (2011, 2012, citado en Vedia, 2016) considera la muerte traumática como aquella que ocurre de manera súbita, inesperada, inoportuna y de forma violenta o con intención de matar, como sucede en muertes múltiples, accidentes, homicidios, asesinatos, suicidios, accidentes laborales o catástrofes.
Para Worden (1997, citado en Vedia, 2016), las muertes traumáticas son más complejas de elaborar que aquellas en las que existe algún aviso previo, como sucede en la enfermedad crónica. Los dolientes presentan características definitorias propias:
- Aplazamiento del duelo en caso de haber implicaciones legales y revictimización por el sistema judicial.
- Sensación de irrealidad e incredulidad, es normal mostrar una conducta insensible o de aturdimiento.
- Sensación de impotencia, que puede manifestarse en conductas de lucha o huida.
- Posible aparición y exacerbación de los sentimientos de culpa o remordimientos.
- Necesidad de culpar a alguien o algo.
- Necesidad imperante de entender lo sucedido, encontrar las razones o las causas últimas, así como también el cuestionamiento a creencias y valores religiosos.
Según Ronnie Janoff-Bulman, citada en Payás Puigarnau (2010), en circunstancias de trauma la persona debe negar la experiencia de pérdida para proteger su mundo interno de la fragmentación, o bien permitirse cierta reorganización para integrar la experiencia incorporándola a una estructura de significados más amplia.
Y de acuerdo con Robert Neimeyer en Payás Puigarnau (2010), la adaptación a la pérdida traumática incluye un proceso de confrontación y exploración de las preocupaciones, que va a permitir construir nuevos significados sobre la muerte del ser querido: creencias anteriores van a ser sacudidas mientras emergen otras nuevas como un proceso continuo de negociar y renegociar nuevos sentidos.
Propone que el duelo es algo que hacemos, y no algo que nos hacen, estimulando el rol activo de los dolientes ante el proceso. Este desmantelamiento y posterior reconstrucción conlleva un dolor emocional necesario, cuya sintomatología asociada señala los esfuerzos de reestructuración y, por tanto, puede verse como adaptativa.
El dolor es una respuesta natural dentro del proceso traumático. Según el autor, si la intensidad del impacto del evento es muy alta, el proceso sintomático de intrusión-evitación se vuelve más acuciante y puede indicar patología.
Trauma y trastorno de estrés postraumático
Un trauma es una disrupción crónica de la conexión o del contacto: no es únicamente lo que ocurrió, sino lo que hicimos psicosomática, emocional y circunstancialmente con ese evento o conjunto de eventos. Nos deja en estado de alerta, en una frecuencia de supervivencia crónica, o sin energía disponible para la vida. Generamos adrenalina, cortisol y opioides endógenos de manera crónica y tóxica (Bailey, 2025).
La disociación es un tema muy relacionado con trauma. Es desarraigar una parte nuestra para sobrevivir, la condición fundamental es una en la que el sistema nervioso está limitado en su habilidad de predecir, procesar y responder a estímulos actuales de manera constructiva, es una característica del estrés postraumático. En la PHC rastreamos la disociación no solamente en el sistema nervioso, sino en todo el cuerpo (Bailey, 2025).
El trauma supone una conmoción en el self, que debe responder desarrollando estrategias defensivas. Mardi Horowitz, citado en Payás Puigarnau (2010), identifica y clasifica dos tipos de respuestas ante el trauma: la intrusión y la evitación. La intrusión se refiere a aquellas situaciones en las que la persona reexperimenta de forma compulsiva pensamientos y emociones acerca del evento. La evitación se refiere a todo aquello que contribuye a la negación del proceso, incluida la anestesia emocional.
El trastorno de estrés postraumático se considera un tipo de duelo complicado que tiene lugar como consecuencia de muertes no anticipadas y altamente traumáticas, como suicidios, homicidios o pérdidas múltiples. Típicamente, las personas responden con altos niveles de ansiedad debido a la reexperimentación intensa y continua del trauma, asociada con esfuerzos intensos por evitar los recuerdos intrusivos (Payás Puigarnau, 2010; Vedia, 2016).
El trauma actúa en la memoria celular repetitiva, que causa la misma contracción neuromuscular y emociones de desconfianza, miedo o soledad. En esencia, la traumatización implica indefensión combinada con abandono (Van der Kolk, 2015, citado en Bailey, 2025).
En palabras de Richard Erskine (1999), “no es el trauma lo que destruye la psique humana, sino la ausencia de una relación durante el tiempo en que ocurre un acontecimiento traumático o inmediatamente después”.
Bailey (2025) define la Psicoterapia Humanista Corporal como una psicoterapia con un marco filosófico humanista-fenomenológico y una praxis psicocorporal específica. El trabajo somático y psicocorporal retoma y sintetiza herramientas de la bioenergética, la core-energética, diferentes escuelas somáticas, el yoga, el tai chi, la antigimnasia, el método Feldenkrais, el trabajo reichiano, la anatomía emocional, la neurociencia, el trabajo con chakras, la sanación y la sensibilización somático-emocional. Este trabajo se desarrolla desde el enfoque centrado en la persona y a partir de una metodología psicocorporal, por lo que constituye un modelo integrativo y relacional.
En ese mismo sentido sostiene que para que suceda la ampliación de la conciencia que irá modificando la conducta, es necesario la creación de ambientes (físicos somáticos y psico emocionales), de seguridad relacional, es decir crear seguridad antes de procesar temas difíciles, promoviendo que el cuerpo sienta seguridad y que lo sepa, es indispensable y amoroso. Trabajar antes de haber creado dicho espacio es irrespetuoso y superficial.
Por lo tanto el vínculo terapéutico es muy importante porque es a partir de este que sanamos, permite que el sistema reprimidos, relajando, confiando, para que entonces se puedan trabajar a nivel físico o psicocorporal con los síntomas, sensaciones y recuerdos sensoriales, nivel psíquico el trabajo engloba los patrones creencias e historias, nivel emocional como sentimientos expresados o reprimidos, la voluntad con la forma de manejar las intenciones, los propósitos y el poder; y a nivel espiritual como el sentido de vida y la conexión con lo divino o sagrado (no religioso).
Sí solo se habla del trauma nos re traumatizamos, creando más desregulación en el sistema nervioso (Bailey, 2025).
De acuerdo con la propuesta del modelo de Procesamiento Dual de Afrontamiento (PDA), descrito por Margaret Strobe y Henk Schut (1999) en Payás Puigarnau (2010), en el proceso de duelo se dan dos tipos de mecanismos de afrontamiento. Los mecanismos orientados hacia la perdida, es decir, hacia el proceso de elaboración de la muerte, que se caracterizan por focalizar la atención en la confrontación de la experiencia misma. Por otro lado, los mecanismos de orientación hacia la restauración, que incluyen todas aquellas estrategias que sirven para manejar los estresores que tienen ligar como consecuencia directa del duelo, cuyo foco de atención está fuera de la experiencia de perdida. Para estos autores, la clave de un buen proceso de duelo es la oscilación entre confrontación y restauración, la idea del balance se traduce en que no podemos estar permanentemente conectados con la perdida, y tampoco sería bueno en el duelo evitar siempre todo aquello que tenga que ver con ella. Por lo tanto, tiene una función reguladora.
Propuesta de abordaje desde la Psicoterapia Humanista Corporal
Desde la PHC, el abordaje del duelo traumático requiere atender de manera integrada la experiencia corporal, emocional, cognitiva, relacional y espiritual del doliente. La intervención no se limita al relato verbal de la pérdida, sino que reconoce las señales del cuerpo, la respiración, la postura, la contracción muscular, la disociación y los recursos de autorregulación como vías fundamentales para acompañar el proceso.
- Crear un espacio de seguridad relacional antes de abordar contenidos traumáticos.
- Reconocer las respuestas de intrusión, evitación y disociación como expresiones de un sistema nervioso desregulado.
- Favorecer la oscilación entre confrontar la pérdida y restaurar recursos vitales.
- Acompañar la reconstrucción de significados, identidad y sentido de vida.
- Integrar cuerpo, emoción, pensamiento, voluntad y dimensión espiritual sin patologizar el proceso de duelo.
Regulación nerviosa de las respuestas
El organismo humano está equipado con dos sistemas nerviosos, uno el sistema cerebroespinal que coordinan la acción de los músculos voluntarios con la potencia sensorial propioceptiva y exteroceptivo, asimismo regula el tono muscular y mantiene la postura, este sistema actúa sobre los músculos estriados del esqueleto.
El cerebro nervioso autónomo o vegetativo que regula los procesos corporales básicos del cuerpo tales como la respiración, la circulación, la acción del corazón, la digestión, la eliminación, la actividad glandular y las reacciones pupilares, los músculos sobre los que actúa se denominan lisos, porque no tienen las estrías características de los músculos del esqueleto, de mayor tamaño. Su control no se halla bajo la conciencia y a su vez está compuesto en dos subdivisiones denominadas simpático y parasimpático, los nervios simpáticos aceleran la acción mientras que los parasimpáticos la aminoran.
Wilhelm Reich señala que el parasimpático está activo siempre que haya expansión, elongación, hipergamia turgencia y placer. A la inversa el simpático funciona cada vez que el organismo se contrae retira sangre de la periferia cuando muestran palidez, ansiedad, o dolor.
La división simpática a través de su inervación de las glándulas adrenales moviliza el cuerpo para atender la emergencia creada por el dolor o la amenaza de peligro. Prepara al organismo para la lucha o la huida; en el proceso los sentidos se alertan se estimula el músculo cardiaco aumenta la presión sanguínea y el consumo de oxígeno. Las situaciones dolorosas son emergencias ante las cuales la persona reacciona por medio y el sistema simpático adrenal aumentando su estado de tensión y su percepción del medio. Originando un estado de hiper tonicidad en los músculos cuando se preparan para actuar.
La voluntad sirve a la función de supervivencia frente a las que parecen posibilidades abrumadoras. Cuando se activa la voluntad, los músculos voluntarios del cuerpo se movilizan, en una emergencia no se tiene ni inclinación ni tiempo para el placer. Los movimientos involuntarios armoniosos y rítmicos que expresan placer deben dar lugar a movimientos controlados que expresan la propia determinación. Su uso implica que la persona se encuentre en una situación dolorosa que requiere una movilización de los recursos totales del organismo.
Trauma, vinculación y seguridad relacional
Sólo se puede trabajar con seguridad para darle significado y proporción al trauma y transitar desde una experiencia traumática hacia una sensación de seguridad y empatía que busca y crean nuevos caminos neuronales, permitiéndonos metabolizar diferentes sentimientos y autorregularnos como no pudimos entonces. Ese transitar es lo que integra y sana al trauma e integrarlo y darle significado y proporción. Transitar desde una experiencia traumática y sus sensaciones/emociones, hacia una sensación e imagen de seguridad/cariño, crean nuevos caminos neuronales permitiéndonos metabolizar diferente y autorregularnos.
Al reexperimentar el pasado, es importante añadir lo nuevo, la experiencia faltante, el acompañamiento, la escucha, el recurso o recuerdo distante, el movimiento somático, exhalación, la postura, la expansión, al otro: todo lo necesario para acompañar la experiencia aquí y ahora que no hubo en el pasado, Kurts (1990) citado en Bailey (2025)
Poco a poco el organismo va a ir con el corazón/mente y cuerpo creando otro paradigma para estar en el mundo. Crear espacios seguros es la base de la sanación y de la ampliación de conciencia. El organismo al responder desde el trauma está concentrado en protección hoy debido al trauma caracterológico o circunstancial y estará enfocado en la supervivencia: hoy no es momento de conexión, ya que estos no se perciben. El organismo está en un estado llamado vagal dorsal o de contracción crónica y en su reacción en expansión crónica. Estamos preparados y alertas todo el tiempo y la conexión será superficial. Si se logra el trabajo corporal se hace con el sistema nervioso autónomo.
Es claro que el trauma queda guardado en el cuerpo como parte de la supervivencia y como forma de protección, esto sucede en el sistema nervioso no en la mente racional. Nuestros músculos y fascias se quedan contraídos, creando patrones de respiración emocionales, posturales, energéticos y relacionales.
Es muy importante recordar que el trauma es un patrón de pensamiento, sentimiento, visión, conducta, y no es algo específico, sino algo múltiple, que moldea la identidad.
Una vez que el sistema nervioso central puede regularse a través de respuestas corporales adaptativas como respirar, llorar o temblar; se impide el almacenamiento del trauma. Cuando estas respuestas corporales no han sido totalmente expresadas y el sistema nervioso autónomo no completa su proceso fisiológico, el estrés postraumático se exhibe, y el sistema nervioso mantiene y repite el ciclo traumático una y otra vez, hasta que se resuelve. En cada repetición busca solucionar.
Crecimiento postraumático en el duelo
Lawrence Calhoun y Richard Tedeschi en Payás Puigarna (2010) utilizan el concepto de “crecimiento postraumático” (CPT) para referirse a la mejoría o cambio del doliente, donde además de sobrevivir la experiencia traumática opera en el un cambio positivo que lo lleva a una situación mejor respecto a aquella en la que se encontraba antes de ocurrir el sucedo.
Describen tres categorías de crecimiento:
- Cambios en uno mismo: Al haber conseguido hacer frente a un suceso doloroso y traumático, la persona se siente que ha resurgido más fortalecida, más reafirmada y con más capacidad de enfrentarse a cualquier cosa; se ve a sí misma como alguien más fuerte, más capaz, con mayor tolerancia a la adversidad, con una mejor autoimagen y estima personal.
- Cambios en las relaciones interpersonales: la red de apoyo social que rodea a la persona afectada por el trauma puede verse reforzada a partir de esta experiencia.
- Cambios en la espiritualidad y en la filosofía de vida: las experiencias traumáticas tienden a sacudir de forma radical las concepciones e ideas sobre las que construye la forma de ver el mundo. El trauma puede fomentar una reestructuración de la escala de valores, de los esquemas mentales, en el sentido de mayor madurez y plenitud.
Según Richard Tedeschi y Laurence Calhoun, la vivencia de aprendizaje o crecimiento no anula necesariamente el sufrimiento, sino que puede coexistir con él. La naturaleza del crecimiento postraumática puede ser interpretada desde dos perspectivas diferentes: como resultado o como proceso.
La teoría del crecimiento postraumático señala la necesidad de un modelo de atención al duelo en el que la sintomatología sea acogida como parte importante y necesaria del proceso, en el que los estilos se evitativos y/o negadores. Puedan ser interpretados como adaptativos si funcionan como procesos, pero si la evitación/negación se convierte en resultado serán vistos como estilos de riesgo de no resolución del duelo.
Conclusiones
El duelo traumático puede comprenderse como una experiencia de ruptura que afecta el cuerpo, la identidad, el vínculo y el sentido de vida. Por ello, su abordaje requiere una mirada integral que no reduzca el proceso a la expresión emocional o al relato verbal, sino que incorpore la dimensión psicocorporal como vía de reconocimiento, regulación y resignificación.
La Psicoterapia Humanista Corporal ofrece una vía pertinente para acompañar este proceso, ya que parte de la seguridad relacional, del contacto terapéutico y del respeto al ritmo organísmico de la persona. Desde esta perspectiva, el vínculo terapéutico funciona como una base segura que permite al doliente recuperar recursos de autorregulación y reconstruir progresivamente su experiencia interna.
El proceso terapéutico implica acompañar la oscilación entre la confrontación de la pérdida y la restauración de recursos, tal como plantea el modelo de Procesamiento Dual de Afrontamiento. Esta oscilación permite que la persona no permanezca fijada únicamente en el dolor ni evite permanentemente la pérdida, sino que avance hacia una integración más flexible y regulada de la experiencia.
El acompañamiento desde la PHC puede favorecer la reconstrucción de identidad, la recuperación de la autodeterminación y la apertura a nuevos significados. El crecimiento postraumático no elimina el sufrimiento, pero puede coexistir con él cuando la persona encuentra condiciones suficientes de seguridad, contacto, expresión corporal y elaboración simbólica.
En este sentido, la PHC permite mirar el duelo traumático no como una falla del doliente, sino como una respuesta compleja del organismo ante una pérdida que excede sus recursos disponibles de integración. Al reconocer que el trauma queda inscrito en la respiración, la postura, la contracción muscular, la memoria sensorial y las formas de vinculación, se abre la posibilidad de acompañar el dolor sin forzar su elaboración ni reducirlo a una explicación racional.
Por ello, el trabajo terapéutico requiere una presencia cuidadosa, empática y corporalmente sensible, capaz de ofrecer al doliente una experiencia relacional distinta a la vivida en el momento traumático. Desde esta mirada, sanar no significa olvidar ni superar definitivamente la pérdida, sino recuperar gradualmente la capacidad de habitar el cuerpo, vincularse con otros, reconstruir sentido y continuar viviendo con mayor integración interna.
Sobre la autora:
Mtra. Paty Herrera Rosas. Es Psicoterapeuta Humanista Corporal, egresada del Instituto Humanista de Psicoterapia Corporal, INTEGRA, donde también es maestra auxiliar del programa de Maestría.
BIBLIOGRAFIA:
- Bailey Jáuregui, M. (2025). Psicoterapia y Espiritualidad: el camino de regreso: Una Visión a partir de la Psicoterapia Humanista Corporal. Independently published
- Lagarde y de los Ríos, M. (2022). Claves feministas para la negociación en el amor. Siglo XXI Editores.
- León Vega, G., (2017). Calor, corazón y personalidad entre los nahuas de San Pedro Xolotla. Revista de Ciencias Antropológicas, 24(70), 195-223.
- Lowen, A. (1997) Bioenergética. Editorial Diana.
- Navarro, R. (2007) Psicoenergética. Pax.
- Payás Puigarnau, A. (2010). Las tareas del duelo: Psicoterapia de duelo desde un modelo integrativo-relacional. Paidós Ibérica
- Triana-Alcívar, H., Ureta-Pilligua, J., Mera-Flores, R. R., Bermúdez Cevallos, L., & Rivadeneira Mendoza, Y. (2021). CORAZÓN COMO ÓRGANO ENDOCRINO METABÓLICO|. Revista Venezolana de Endocrinología y Metabolismo, 19(1), 13-26.
- Vedia, V. (2016). Duelo Patológico. Factores de riesgo y protección. Revista Digital de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, 6(2), Recuperado en 5 de noviembre de 2025, de https://www.psicociencias.org/revista/resultados.php#

